Boda por cerveza (Cuba: un cuento de amor y sexo) – Parte 1

(Inspirado en una historia real, un cuento sobre esas cosas que solo pasan en Cuba)

La Chica Mermelada

Dalia era preciosa, y a pesar de lo sensual, no tenía novio. Vivía con su abuela en una modestísima casita en Buena Vista. En el barrio le decían La Chica Mermelada. No tanto por lo dulce, sino porque su abuela hacía mermelada para vender y su piel siempre destilaba un suave olor guayaba.

Había cumplido sus 18 años y según su abuela tenía que darle curso a su vida. Muchas chicas en el barrio habían conseguido un extranjero para casarse e irse del país, pero ella no concebía que casarse era la forma de darle curso a su vida.

A ella le gustaba el voleibol y competía en el equipo provincial de voleibol de la Habana. Últimamente no había combustible para el equipo ir a las competencias y los estadios no encendían las luces para que equipos de ligas menores entrenaran. Se había matriculado en un curso de computación, el cual no le gustaba para nada pero según su abuela, eso sí tenía futuro.

No tenía hermanos, ni sabía quién eran sus padres. Pero tenía un muy buen amigo y vecino, Pedro, con quien a veces discutía temas de vida y de deporte. Como no tenía temas de conversación en común con las chicas del barrio, no tenía a nadie a quien pudiera llamar amiga.

Cuba contra Brasil

Era noviembre del 91 y la Copa Mundial de voleibol femenino ya había comenzado. Ella disponía de un televisor en casa donde podría ver los juegos, pero los persistentes apagones tenían su arte para coincidir con la hora en que se transmitían los juegos.

Sabiendo que el voleibol era lo único que apasionaba a Dalia, Pedro, que trabajaba para un hotel dentro de la Marina Hemingway en la Habana, habló con el de seguridad, para que le permitiera entrar a Dalia al bar a ver el voleibol los días que Cuba jugara.

El de seguridad, que estaban ahí para asegurarse que los cubanos no entraran a los hoteles destinados única y exclusivamente para el turismo, le negaron el pedido a Pedro. Pedro le rogó y les dio su palabra que Dalia era no causaría estragos. Le dijo que era como su hermana, y que no iba a ir al hotel para ‘jinetear’ o molestar a los extranjeros.

El día 13 de noviembre, las cubanas se las verían con las brasileñas al voleibol. Pedro llevó a Dalia al bar del hotel en la Marina a ver el juego. Dalia se sentó en la barra, justo frente al televisor, y allí disfrutó en pura tensión las dos horas que duró el juego. Cuando Cuba hacía punto o un buen remate ella subía alzaba sus dos brazos en victoria y aplaudía por Cuba con orgullo.

Un cliente brasileño del hotel, Joao, también había ido al bar a ver el juego. El se había sentado en una mesa que quedaba justo detrás de Dalia. Pero el pelo largo trigueño de ella, que caía justo sobre lo que a él le parecían ser la cintura y nalgas perfectas de una mujer, saboteaba su poder de enfoque. Por dos horas, a Joao le fue difícil mantener su atención en el juego. Había quedado hipnotizado por las curvas de Dalia y le encantaba ver su devoción por el deporte.

Y cuando ganaron las cubanas, Dalia subió sus dos brazos en victoria y aplaudió con alegría por Cuba. Joao aprovechó la coyuntura para ordenar un Mojito y llevárselo a Dalia.

–¡Felicitaciones! – le dijo Joao en Portugués.
–¡Ay gracias! – respondió ella coqueta.
–¿Cómo te llamas?
–Sabes qué amigo, – susurró ella sonriente- si hablo contigo puedo meter en un lio al cantinero. El trabaja aquí y me trajo a ver el juego. Además, yo no ando buscando extranjeros, ¿tú entiendes lo que yo digo?

Joao no entendió ni una palabra de lo que había dicho ella, pero como se lo había dicho con tal dulzura y una bella sonrisa en los labios, nunca se hubiera imaginado ella le estaba diciendo que se espantara de al lado de ella. Así que jaló una silla y se sentó en la barra justo al lado de ella.

Cuando Pedro vio que Dalia tenía un extranjero sentado al lado, voló a donde ellos, y le pidió al cliente gentilmente, pero también susurrando, que se separara de su amiga, señalando al de seguridad, y explicándole que ella es una chica buena, y que de hablar con ella podría meterla en un problema.insatiable_by_sandymanase-d4tgen4

A Joao no le quedaba claro si es que ella tenía problemas con el seguridad o si es que le iban a llamar a seguridad por hablar con ella. Algo si entendió, y es que debía alejarse de ella. El regresó a su mesa, pero aun sentía en su nariz el aroma dulce que emanaba de la piel de aquella chica.

Dalia se bebió el Mojito casi de un golpe. Y justo antes de bajarse de la silla del bar para irse a casa, le cruzó una mirada fascinante a Joao, seguida de un guiño de ojos –a modo de “muchas gracias por el Mojito”. Joao quedó perplejo con ese gesto, y le dijo adiós a Dalia con la mano, a lo que ella respondió con otro adiós y una bella sonrisa. También de lejos, Dalia le sopló un beso a Pedro, y le dio las gracias al de seguridad por haberla dejado entrar al bar a ver el juego.

Dalia salió del bar meneando sagazmente sus nalgas, enamorando a Joao no solo de su olor y su mirada, sino también de la ricura con que caminaba.

Brasileño flechado

Esa misma noche, Joao, que no había podido dejar de pensar en aquella chica, regresó al bar a ver a Pedro y en mitad cubano, mitad portugués, hablaron.

    –¿Quién es tu amiga? – Le fue al clavo Joao.
    –¿Dalia? ¡Ah, no es bobo usted Señor!– respondió jocosamente Pedro.
    –¡Yo quiero verla! ¿Dónde la encuentro?
    –Amigo, ya le dije, Dalia es de las buenas. No es de esas. – le advirtió Pedro señalando a una bella cubana que almorzaba con un gallego que tenía el triple de la edad de ella.
    –Yo no quiero de esas. ¿Dónde encuentro a Dalia?
    –¿A Dalia? Usted ve ese elefante detrás de aquella palma. – Le dijo Pedro a señalando a una de las palmas en la piscina.
    –¿Un elefante?, no.
    –¡Ah, ya ve que bien se esconden! Bueno, Dalia se esconde mejor que ese elefante. Ella es mi vecina. Pero como jamás sale de su casa, ni yo la veo.
    –¿Dónde vive?
    –A ver, usted es persistente amigo. Yo voy a darle su recado hoy a Dalia y si ella quiere verlo entonces le digo donde vive. ¿De acuerdo?
    –Yo la puedo ir a visitar con sus padres para que no tenga problema.
    –Aquí el problema no son los padres, amigo, es la policía. ¿Sabe que es un lio salir con extranjeros? ¿O no sabe?
    –No entiendo.
    –¿Es primera vez que viene usted a Cuba?
    –Primera vez. Vine a una reunión pero quise quedarme de vacaciones unos días para ver a Cuba y esa mujer me ha flechado como ninguna antes lo había hecho.
    –Bueno mire, si va a salir con chicas aquí, entérese como es la cosa. A las que salen con extranjeros le dicen jineteras, y hasta pueden llevárselas presas por eso.
    –No entiendo amigo. Avíseme que dice Dalia.
    –Si, ¿y cómo se llama usted?
    –Joao. ¿Cuándo me da respuesta?
    –Pase por aquí a verme pasado mañana. Pero no se haga esperanzas, que ella es…
    –¡Yo vengo a verlo pasado mañana!

Al regresar a casa, Pedro fue directo a casa de Dalia. Ella estaba pelando guayabas para que su abuela hiciera mermelada.

    –Oye Chica Mermelada, te traigo noticias internacionales de último minuto.
    –A ver cuéntame.
    –Lo mejor en el canal 6, ¡pero de afuera!
    –¡Habla viejo!
    –¿Te acuerdas del cliente brasileño que te compró el Mojito?
    –¡Si claro!
    –¡Se comió una escuela de locos entera! Está loco y dice quiere volver a verte.
    –¿Cómo qué? ¿Qué me dices? ¿se fijó en mí el tronco de “trigueñazo” ese?
    –No, no se fijó, lo embrujaste con tu mermelada. Está muerto. – le respondió Pedro ahogado de la risa.
    –¡Claro que me encantaría Pedro! Pero ya sabes cómo es eso de andar con extranjeros. No sé, me da miedo. ¡Y si me cogen? ¿Y si después me deja plantada y quedo yo en el barrio con el cartelito de jinetera? ¡Con ese cartel me sacan hasta del voleibol para siempre!
    –Pero chica ¿qué almorzaste hoy, arroz con pesimismo?
    –¡Es verdad Pedro! ¡Tú sabes bien que es así!
    –Además, olvídate de ese voleibol Dalia, que aquí ya en este país no hay recursos para esas boberías.
    –Bueno eso me mantiene entretenida la cabeza.
    –Pues ya tú estás en edad para dejar la tontera del voleibol y poner tu cabeza en otras pelotas.
    –¡Ya, está bien! Tráelo entonces. Hazlo pasar por un amigo tuyo o algo para que no haya chisme con los vecinos.

El apagón en Buena Vista

Pedro, aunque bromeaba entendía lo serio del riesgo del que hablaba Dalia. Planificó todo para que con mucho sigilo su cliente viniera a verla la próxima noche. Pero como llegaron justo en el momento en que se acababa de ir la luz en el barrio, los vecinos aunque quisieran chismear, no veían que era un extranjero el que había ido con él a casa de Dalia.

Hicieron la visita en la salita de casa de ella, a luz de una vela, lo que hacía ver las paredes de la modesta casa menos descascaradas. A Joao le dio mucho gusto ver a Dalia, y aunque fuera a media luz, conocer a su abuela. No entendía ni una palabra de lo que decían Dalia o la abuela, pero le encantaba como ambas sonreían. Pedro, que más o menos entendía el portugués, a veces les traducía.falling_high_by_sandymanase-d4mre13

La falta de luz hizo a Joao notar el intenso aroma de guayaba en la casa de Dalia. Rápido conectó lo dulce que había olido en la piel de ella en el bar, con aquel aroma y le preguntó a Pedro que era ese olor tan rico que él sentía.

    –Mermelada de guayaba. – Respondió Pedro.
    –Pregúntale si quiere mermelada Pedro, que la hice esta mañana. – Sugirió la abuela.

Joao aceptó pero Pedro no. Los tiempos estaban muy malos y Pedro sabía que de eso vivían en esa casa. Joao comentó que la mermelada de la abuela era una delicia, lo cual llenó de orgullo a su abuela.

    –Se come con queso crema, pero no hay queso crema! – Le explicó la abuela
    –No entiendo. ¿Queso crema? – respondió Joao
    –¡Explícale Pedro, que es queso crema! – le pidió la abuela

Pedro trató de explicarle pero Joao tampoco lo entendía. Así que se terminó de comer el plato de mermelada, dio las gracias y reiteró que era una delicia.

La velada fue corta. Joao y Dalia hablaron poco pero se miraban con deseos. De regreso a su hotel Joao sentía en su pecho el flechazo del que siempre hablaban los enamorados. El recuerdo de ella lo desadormeció toda la noche.

Al otro día, sin permisos y sin tantos protocolos, Joao regresó a casa de Dalia. Todos los vecinos vieron que un extranjero fue a visitar a la chica.

Fue a decirle que esa noche se iba y no quería irse sin decirle que era la mujer más bella que había visto en su vida. Dalia, algo tímida, le dio las gracias. Él le dejó su dirección y su teléfono. Ella le explicó que de Cuba no llegaban cartas al extranjero y mucho menos salían llamadas. Ella le dio su dirección, advirtiendo que no enviara regalos dentro, solo papel, para que no le abrieran las cartas. No le dio su teléfono pues en su casa no había. Ella usaba el de la vecina para casos de urgencia, perlo la vecina no dejaba darle el número a amistades o novios.

Enamorado de su cubana

Joao regresó a Brasil y por mucho que trataba, no dejaba de pensar en Dalia. El olor a guayaba de casa de Dalia estaba impregnado en sus ropas, en su piel y ya casi le corría por la venas.

Durante los próximos meses, Joao le escribía cartas bellas, las cuales ella no entendía, pero le encantaba leerlas. El cartero le traía cartas cada dos semanas y esperar la carta del “trigueñas brasileño” se convirtió en una de sus grandes alegrías. Todos en el barrio sabían que Dalia recibía cartas de aquel que le había hecho la visita.hello_sunshine_by_sandymanase-d4u7cbj

En tanto ella seguía yendo a su curso de computación. Ya hacía mucho que no pelaba guayabas para la mermelada, pues rara vez entraba el gas de la calle para encender fogón, y muchas de las guayabas que abuela compraba se perdían. Abuela se angustiaba porque venían los clientes a buscar mermelada y la mayoría de las veces ella no tenía que venderle.

Paso el frio diciembre, el húmedo enero, el caluroso febrero. No había de comer, ni nada que hacer. Parecía que la única alegría de Dalia era recibir las cartas de Joao. Ella había estado sacando libros en portugués de la biblioteca y por eso iba entendiendo un poco más las cartas de Joao. Además, Joao parecía también estar sacando libros pues cada vez las cartas traían más frases en español.

Había poco dinero en casa. La abuela se quejaba de no tener gas con que hacer la mermelada. Los clientes protestaban pues la abuela no podía decirles cuando había mermelada. Dalia se estresaba con todo eso. A veces para despejar y liberar tensiones Dalia iba a casa de Pedro a conversar, pero como Pedro trabajaba tanto y en sus turnos libres se iba a disfrutar con sus mujeres, nunca lo encontraba.

A principios de marzo, Joao le escribió a Dalia una carta diciéndole que había reunido dinero para ir a verla por dos semanas. Joao llegó a Cuba a finales de Marzo y por alguna razón a Dalia no le había llegado esa carta con la que el le avisaba su pronta llegada. Joao compró su pasaje, y el día que llegó fue directo a casa de Dalia. El barrio estaba apagado y no había luz en ninguna casa. Así mismo el taxista encontró la dirección y Joao reconoció la casa. El tocó la puerta.

Dalia ya estaba acostada. Ella creyó que era un cliente hambriento buscando mermelada así que dejó que la abuela abriera la puerta. Al escuchar la voz de Joao preguntando por ella, Dalia dio salto de su cama y se aventó a la puerta a recibirlo. Como si lo conociera de siempre, Dalia se le prendió del cuello y con el deseo de los pasados 6 meses sorprendió a Joao con un beso en los labios. De los más dulces y apasionados que él hubiese jamás sentido.

Ese fue el primer beso de Dalia y Joao.

La novela brasileña en la Habana

Dalia se olvidó de los requeridos prejuicios con relación a lo que pensarían en el barrio con relación al extranjero que la visitaba. Como todos la creían lesbiana, las visitas de Joao solo le cambiaria el cartelito de lesbiana a jinetera.

Durante esas dos semanas, pasearon y se conocieron todo lo que pudieron. No fueron a muchos lugares turísticos, pues aunque Dalia le había perdido el miedo a los chismes no le había perdido el miedo a lo que podría hacerle la policía si la acusaban de jinetera. Así que, en vez a tiendas y restaurantes, ella lo llevó a cuanto parques y playas locales había. De los más recluidos, a donde solo los cubanos sabían que existían, y como no había extranjeros, no había policías.

Paseando con Joao, Dalia se sentía en una de esas telenovelas brasileñas que transmitían en Cuba, excepto que sin la parte trágica. Era todo alegría. Joao era un hombre como los que le decía su abuela que ya no existía en Cuba desde hace mucho tiempo. El la respetaba y había venido a conocerla mejor. A confirmar si aquella idolatría que sentía era real y a verificar si ella era, como el ya se estaba imaginando, la mujer de su vida.

La trayectoria de Dalia andaba demasiado desorientada como para arriesgarse a planes. Ella se conformaba con vivir los momentos de intensa aventura que ofrecían dos semanas justo a su “trigueñazo” brasileño. Era como un sueño y ella no se atrevía a soñar con nada más allá del día que estaba viviendo. Y por ende, a donde quiera que fueran, no perdía oportunidad para comérselo a besos.

Sexo en el bosque de la Habana

Una vez lo llevó a un paseo a lo más recóndito del suntuoso bosque de la Habana, donde, a diferencia de los humanos, los pomposos arboles cubanos parecían estar vivos. Estaban todos adornados con plantas enredaderas que se veía les colgaban desde hace muchos años. Era como haber cruzado una calle repleta de carros que emitían un humo apestoso y haber caído en un oasis de limpieza tropical.

    –¡Qué bello este lugar! –Comentó Joao.
    –Este es el pulmón de mi asfixiante ciudad.
    –Aquí no hay nadie.
    –El hambriento no admira la naturaleza Joao.
    –Es una pena.
    –Mira a tu alrededor. Si te fijas es donde único quedan pajaritos.
    –¿No hay pajaritos allá afuera?
    –Habían muchos, pero las gentes se los comen. Ya no quedan.
    –¿Las gentes comen pajaritos?
    –Joao, cuándo hay hambre no hay pajaritos.

Joao no respondió, no sabía cómo explicarle a Dalia la tristeza que le daba oír eso de los pajaritos. Dalia prefirió no tratar de explicar la parte inexplicable del hambre. Sería como tratar de explicarle a un ciego la intensidad del color rojo.

Ella detuvo el paso, y juntó sus labios a los de Joao bajo un árbol que podría tener 200 años. Lo recostó al tronco, detrás de las enredaderas que colgaban como cortinas. Se desabotonó la blusa y las manos de Joao gravitaron por primera vez a lo frondoso de los senos de Dalia. Las manos de Dalia navegaron a lo durísimo de Joao.

Los besos se agitan, y con ellos se mas frotaban las manos de Dalia a los deseos de su brasileño. Los dedos de Joao acariciaban la delicia húmeda entre las piernas de su cubana. Y justo en ese instante, la chispa de los besos se convirtió en sexo a fuego vivo, sobre una alfombra de materia muerta, en el oasis del bosque de la Habana.warm_my_soul_by_sandymanase-d51utal

Parecía que todo alrededor prendía fuego y ellos retozaban dentro. El extasis los condujo aun desnudo abrazo. Y con la emoción del que no ha amado a mucha gente, pero que se siente de pronto enamorada de lo poco que tiene, le dijo:

    –¡Te amo brasileño!

Joao a pesar de también sentirlo, no compartía el entregamiento del momento. Él de hecho, le respondió pidiendo mil disculpas por haberse dejado llevar por las circunstancias, por haberle faltado el respeto, por haber tenido su primer sexo con ella en el bosque. En un portugués-nervioso le pidió a Dalia que lo perdonara inmensamente por haber perdido el control de tal forma.

Por primera vez Dalia sintió que la novela brasileña había estado viviendo se había vuelto melodramática, igual de raras que las del televisor.

    –¿De qué tú hablas papito? – le preguntó ella.
    –Yo no sé. Me dejé llevar. No quiero pecar. En la iglesia eso esta mal.
    –Que iglesia. Esto es un boque.
    –¿Aquí hay iglesias?
    –Creo que si. Debe haber.
    –Quiero que contigo todo sea perfecto Dalia. No quiero arruinar nada.

Joao no paraba de explicar. Nada de lo que decía tenía sentido para Dalia. Le pareció que él tenía prejuicios raros con relación al sexo, a las relaciones, a la iglesia y muchas otras cosas de las que en Cuba, solo hablaban los abuelos. Ella lo dejó que él se desahogara por un rato, mirándolo como un bicho traido del planeta Marte y cuando le pareció que había terminado equanimizó a golpe de más besos.

Después del bosque de la Habana, Dalia se dio a la tarea de llevarlo a cuanto parque recóndito ella conocía para devorarse al brasileño. A él parecía gustarle más la taza del veneno de ella que el agua bendita de sus ideas con relación al sexo. Y concedía a cada uno de sus deseos.

Alineando las estrellas

Luego de dos semanas de amor joven y magníficos pecados, ese capítulo de novela brasileña se acababa. El, cada vez más engullido en el apetito insaciable de Dalia, sentía que había comprobado todo lo que sintió durante los últimos meses en Brasil: esa cubana era la mujer de su vida.

De regreso al barrio, Dalia días pasaban y Dalia escuchaba a su abuela lamentarse de que ya no entraba azúcar por la libreta, ni tampoco por la libre. De que si había gas no había azúcar. De que si había gas y azúcar, no había guayabas. De que alinear las estrellas para lograr hacer la mermelada era cuestión de magos. De que cuando finalmente se alineaban las estrellas y había mermelada, los clientes acostumbrados a regresarse con las manos vacías para sus casas, ya no venían a comprarla.

Había días que la abuela, en vez de lamentarse, simplemente lloraba.

Para Dalia, la Habana se oscurecía. La única alegría en su vida era recibir cartas de su amado pero un día se dio cuenta que habían pasado 2 meses y no había recibido ni una.

Dalia fue a buscar a Pedro, para contarle la aventura que había vivido con Joao, a preguntarle como es que después de haber vivido algo tan lindo con él cuando estuvo en Cuba, pudo olvidarse así de ella. La honesta opinión de hombre de su amigo la hubiese ayudado mucho. Pero no encontró a Pedro. Siempre que iba a su casa, le salía una mujer diferente y le decía que Pedro estaba trabajando.

A veces mientras la abuela lloraba por la mermelada, Dalia lloraba por Joao. Pasó otro mes en eso, y de todos los dolores, ver a su abuela llorar, era el que más la torturaba.

El nuevo negocio en Cuba

Un día decidió que debía escuchar a su abuela y hacer algo de su vida. Debía sobre todo enfocarse en algo que ayudara a traer dinero a casa. Dejó la escuela de computación, que quizás tenía pero no ayudaba el presente. Pensó quizás en un curso de peluquería. Según un ella, para pelar a la gente solo hacía falta una cabeza y una tijera, no había que alinear la cantidad de estrellas desordenadas que tenía que alinear su abuela para hacer la mermelada.it__s_like_a_fairytale_by_sandymanase-d4bctt9

Un día de regreso de la escuela de peluquería Dalia vio a Pedro, y corrió con mucha alegría a saludarlo. Pedro le dio mucha alegría verla también. Enseguida Dalia le comentó del fiasco de la mermelada y de su nuevo proyecto de montar una peluquería clandestina en su casa.

    –¿Peluquería clandestina? Dalia, eso dura menos que un bistec en medio de la calle.
    –No, pelo a conocidos nada mas aquí en el barrio
    –Dalia ¿Tú has visto a alguien con hambre que le importe su cabeza? – responde Pedro.
    –En serio Pedro, aunque no sea mucho, es un dinerito que entra, ¿tú no crees?
    –Si claro, a ver, saca la calculadora, 5 pesos dos veces por semana. ¿Ya calculaste?
    –Pero Pedro entonces ¿qué hago? Lo de la mermelada ya no camina, ahorita abuela si no cae presa con lo de la mermelada pierde la cabeza.
    –Yo lo sé, no hay nada. Ni con dinero se encuentra comida.
    –Si. En el televisor si hay comida. Hoy mismo estaban hablando de la sobreproducción de caña de azúcar y de los quintales de papa. ¿No se para donde lo mandan todo?
    –Esto está peor que ajustador de teta, apretando a los de adentro y engañando a los de afuera.
    –¿Qué hago Pedro? Si yo soy monga a eso de buscarme novios y aquí el que no se casa con un extranjero está en la ruina.
    –Bueno, quizás no con un extranjero pero, sabes que, ahora el mejor negocio es casarse.
    –¿Casarse?
    –Sí, pero mira, con cubanos.
    –¿Con cubanos? ¿Estás loco? Los cubanos tienen más hambre que yo.
    –Oye, te compro a lo que vales, te vendo a lo que crees que vales y con la diferencia me compro un Roll Royce.
    –No Pedro no es cuestión de valor. Uno se casa por amor, y trabaja por dinero. Yo necesito trabajar. Con esta hambre no tengo cabeza para amores.
    –¡Está claro! Pero lo de la boda con cubanos te lo decía en serio. Es tremendo “negociazo”.
    –¿Y cómo funciona el negociazo?
    –Mira, cuando la gente se casa el gobierno le ofrece 5 cajas de cerveza a la pareja. Te cuestan 25 pesos la caja en el punto de venta. Y lo que tú no sabes es que la cerveza por la calle anda mas perdida que el chicharrón de los tamales.
    –No. No lo sabía.
    –La la gente te comprar una caja a lo que tú quieras. Hasta 200 pesos te pueden dar solo una caja y te dan 5. Saca la cuenta.Mil pesos. 2 meses de abuela haciendo mermelada.
    –Pero además, le dan derecho a estadía en un hotel a la pareja. Que por debajo de la mesa a alguien por 200 pesos la noche. Ah! Y en la tienda “Fin de Siglo” creo que tocan o una toalla o una sábana por pareja. Desde cuando tú no ves una sábana o una toalla en la tienda Dalia? Eso tú lo vendes a lo que tú quieras. Saca la cuenta.
    –¿De verdad que eso es así Pedro?
    –¡Ya te dije que estas enfocada en las pelotas equivocadas!
    –Pero, ¿con quién me caso?
    –Yo no sé, pero yo tengo un socio que te compra las 5 cajas de cervezas al palo. Y él mismo va en su carro a buscarla al punto de venta.
    –Pedro, y… ¿Qué tal tú?
    –¿Quién, yo? ¿Estás loca? ¡La palabra matrimonio a mi me da alergia! – Respondió Pedro nervioso.
    –Dale herma. Te lo ruego. Yo no conozco a nadie de confianza. Necesito dinero.
    –Oye, pero ¿tendré cara de escaparate yo que me siempre termino yo con comején?
    –Pedro me hace falta. Tú eres mi único amigo.
    –¡Las cosa que me pasan a mí chico!, respondió Pedro mirando al cielo.
    –Si se enteran mis mujeres, que están locas todas por casarse conmigo, ¡me quedo sin huevos!
    –No se lo decimos a nadie Pedro, dale. Ni a mi abuela.
    –Ya, dale, está bien.
    –¿De veras? – Preguntó Dalia lanzándose a abrazar a Pedro.
    –Ya suéltame ya, Chica Mermelada, que nos ve mi “jevita” y me mata.
    –¡Nos vamos a mitad con todo! 500 para ti y 500 para mí por lo de la cerveza.
    –No Dalia, la ganancia es tuya. A mí con las propinas en el bar me sobra.
    –¿Y después de casados como hacemos?
    –Te vienes a vivir conmigo a oírme roncar todas las noches.
    –¡No! ¡Tú estás muy feo! – Respondió ya más risueña ella.
    –Tienes razón. El divorcio cuesta 100 pesos. Como está el cambio ahora a 1dollar por 100 pesos, con una propinita yo mismo cubro eso. Tú encárgate de averiguar lo del proceso.

Así fue que la idea del curso de peluquería murió una muerte natural. Dalia se motorizó para averiguar cómo era el papeleo para un casamiento y a los 15 días ya lo tenía todo listo y averiguado. Faltaba encontrar a Pedro para avisarle los detalles. Pedro cumplió con su palabra de ayudar a Dalia, y un día que tenía libre fue con ella a hacer una cola 10 horas fuera del bufete.

Firmar un casamiento duró no más de 10 minutos. El proceso era poner una nota en el carnet de identidad de cada uno, indicando el nombre y número de identidad del nuevo cónyuge. Así de fácil se casaron Dalia y Pedro.

Tres días después, Dalia fue a hacer otra cola inmensa en el punto de venta de cervezas y consiguió las 5 cajas que le asignaban a los recién casados. Tal como le había avisado Pedro, su contacto del Moskovish vino a buscarlas justo al punto de venta. Dalia se fue a casa con 1000 pesos en la cartera y se los entregó toditos a su abuela.

A pesar del aliciente que sintió por el dinero que había entrado a la casa, el diablo le entró al alma de la abuela cuando presintió que la proveniencia del dinero había sido el cuerpo de su nieta.

    –¿De dónde lo sacaste mi niña?
    –De un negocio nuevo abuela.
    –¿Un negocio como cual?
    –Ni tan legal como ser doctora, ni tan arriesgado como ser jinetera.

Al otro día, desde la mañana Dalia se fue a hacer las colas de la tienda “Fin de Siglo”. Entre sábana para la cama y toalla para secarse, Dalia escogió toalla, pues sábanas, aunque rotas, habían en su casa, pero toallas no habían. Y no la vendió. Se quedó con ella para tener algo con que secarse ella y su abuela.

La estadía en el hotel se lo ofreció a un vecino para que fuera con su mujer. El vecino lo compró pues según él nunca tenía donde ir a dormir con su querida. Pagó el hotel a 500 pesos, y adicionó 100 pesos para que Dalia guardara bien el silencio pues según él en ese barrio todo se sabía.

Continúe leyendo el cuento en: Boda por Cerveza (Parte 2)

Parte de la compilación de cuentos “Habana en Especial”

Por Jocy Medina

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