Croquetas rascacielos (Amor con dos) – Parte 2

(Inspirado en una historia real)

El gustazo con sus “cubanazos”

Apuntando con un dedo a un gran nubarrón que había aparecido de pronto sobre el mar, Sarita avisaba que por ahí venía buena lluvia. Mayito que sabía que las tormentas se sienten antes de verlas, le aseguró que esa era de las que traía fresco pero no lluvia. Sarita quería responderle que ella la había sentido cuando venía caminando por el malecón y una ola le cayó encima, pero en vez de entrar en un conflicto meteorológico, decidió entrar en paz con su ego:sarita

  • Por eso me encanta Mayi, es tan inteligente.
  • Y yo porque te gusto chica? – Pregunto Jiro.
  • Por lo chistoso. – Respondió ella acariciándole el pelo a Jiro.
  • Y los españoles, porque no te gustaron los españoles que te piropeaban en el Malecón. – Preguntó Mayito finalmente como atestiguando que al antiguo comentario de Sarita al respecto lo había molestado.
  • Si me gustaron. Estaban buenísimos. Pero más me gustan ustedes dos. Es más, a ustedes yo los quiero muchísimo. Dijo Sarita enlazando con sus brazos las cabezas de los muchachos.
  • Te lo creo, porque para venir aquí a tomar “Bájate el blúmer”con nosotros, que estamos más muertos que las croquetas de Pipa tienes que querernos mucho!—Dijo Jiro.
  • ¡Dale con las croquetas, Jiro acere…! – Interrumpió Mayito.
  • Si viejo que pesado estas hoy. – Dijo Sarita muerta de la risa y callándole la boca con un beso.

Ambas botellas iban por la mitad. La nube negra no se veía, el sol se había ido, y quedaba el fresco que había predicho Mayito que esa nube traería. Luego de besar a Jiro, Sarita buscó los labios de Mayito pero él la esquivó. Así que usoo su brazo para enganchar el cuello de Mayito y hacer que la besara.

  • Suéltame Sarita que estas media borracha y te vas a caer del alero. – Dijo Mayito desengrapando su cuello del brazo de Sarita.
  • Oye a ti se te olvido que hace falta 5 tanques de ron enteros para emborrachar a esta mujer. – Dijo Jiro.
  • Si! y 5 tanques mas para calmar los malos genios de este hombre. ¿A ver a ti que te pasa hoy chico? – Preguntó Sarita a Mayito.
  • Nada, estoy cuidándote.
  • ¿Y porque no vas y me cuidas en la camita tuya papi? – Sugirió ella muy coqueta179.
  • ¡Yo estoy listo! – Dijo Jiro.
  • Mi hermana está en el cuarto. – Respondió Mayito.
  • Ah! que hacemos entonces. – Preguntó ella.
  • Vamos al muro del Malecón un rato y viramos cuando mi hermana coja calle. – Respondió Mayito.

Recogieron las botellas para terminar de tomárselas en el muro del Malecón. Y cuando la noche finalmente cundió a la Habana de estrellas, a la Habana se le apagaron todas las luces. En vez de una ciudad, parecía un fantasma.

  • ¡Ay no! Se fue la luz. – Se quejó Sarita.
  • 100 años machucándonos en manos de los españoles, luego de los americanos, luego de los rusos, para ahora tener lidiar con esto. – Protestó Mayito.
  • 100 años más de esto y vamos a tener que nacer con ojos de cocuyos porque se va la luz todas las noches. – Dijo Jiro.

Los tres sabían que primero saldría el sol del otro día, antes que el apagón se acabara. Mayito se tomo el último buche de ron de una de las botellas, y le ofreció a Sarita el otro. Ella compartió el suyo con Jiro y le dio la botella vacía a Mayito que siempre las guardaba para en ellas almacenar aceite o luzbrillante o lo que hiciera falta.

Miraban fijo a través de las tinieblas de la avenida y de pronto, entre las luces de los carros que la transitaban, apareció una cara conocida. Era la hermana de Mayito, vestida muy bonita y perfumada. Al verlos sentados en el muro, saludó cariñosamente a Sarita y le avisó a su hermano que se iba. Ninguno le pregunto a que, pues los tres sabían. Pero Sarita le preguntó a donde. La hermana le respondió que la Marina se estaba poniendo buena, código para: hay muchos extranjeros y la seguridad está relajada. Sarita le deseó suerte. Y luego de verla parar un carro y perderse en lo infinito de la ciudad, Mayito por poco llora.

  • Qué te pasa Mayi, porque tienes esa cara. – Preguntó ella.
  • La respuesta es tan larga que el resto de mis noches no me alcanzan para dártela. – Respondió Mayito.
  • Vamos al cuarto, dale. ¡A alegrarnos la vida un poco! – Sugirió Sarita.
  • Por fin algo bueno que nos pasa en este puñetero día. – Dijo Mayito con los dedos de las manos apuntando al estrellado cielo.

Se tomaron de las manos para cruzar la avenida y adentrarse a las fantasmadas callejuelas de la Habana Vieja en apagón. Sin apenas ver por dónde iban, como por reflejo, llegaron al solar de Mayito. Jiro les decía que la escalera estaba más oscura que los huevos de un gorila y apestaba más que el espray de una mofeta. Entre falsas pisadas y las risotadas de Sarita al oir las tontadas de Jiro, llegaron al piso del cuarto de Mayito. Allí, el tufo a orine le recordó a Sarita que tenía que hacer pipi.Picture 050

  • Ay me orino Mayi. Tenemos que bajar otra vez.
  • El baño de allá abajo, un domingo a esta hora, es tremenda cochiquera.
  • Que orine en la escalera. – Recomendó Jiro.
  • No viejo, que es eso. Dale que te llevo al techo. – Sugirio Mayito.
  • A donde sea pero vamos ya, que me orino!

Antes de seguir con Sarita para el techo, Mayito abrió la puerta del cuarto para que Jiro entrara y lo esperara a allí. Jiro se tiró en la cama a esperar, pero el vapor ligado con el escandaloso perfume de la hermana de Mayito lo levantó en peso. Sentía necesidad de abrir ventanas, pero sabía que el cuartico, además del pequeño hueco al exterior en la pared de la cocina, no tenía ventanas.

Se regresó a la cama, y allí se resignó a tratar de soportar esa plancha caliente pegada a su espalda. Como no había luz para encender un radio, por primera vez noto que en el solar vivía un guitarrista. Se preguntó quién sería. Su mente quería enfocarse en la linda melodía de la guitara pero el vapor del cuerpo no lo dejaba.

  • “500 grados debe haber en el caldero este”. – Dijo Jiro, secándose el sudor de la frente con una de sus manos y saltando de súbito de la cama.

Se asomó a la puerta del cuarto a ver si alguna brisa se colaba por la escalera y lo refrescaba. Aunque no veía nada, trato de escuchar las típicas chácharas y risotadas de Sarita como señal que ya bajaban. Lo único que se oía en todo el solar era la melodía de la guitarra.

Sus genios gravitaban al hecho que a Sarita le estaba tomando más tiempo que lo debido para orinar en la azotea. La demora lo hizo presentir que Mayito quizás quería estar solo con ella. Algo en el sistema del trío lo estaba haciendo sentir que él sobraba. Y como a él había muy poco que le interesara mucho, pensó que debía irse para que Mayito disfrutara la mujer que le gustaba a solas.

Cuidando no caerse, bajó las escaleras. Demasiado seducido por la melodía que escuchaba paró en el segundo piso en busca de donde salía el sonido. Transitó la oscuridad de los pasillos, siguiendo la melodía de la guitarra, hasta llegar a unos de los cuartos donde un guitarrista tocaba a la luz de una vela.

En forma de halago, Jiro le explicó que tal bella melodía lo había traído a su puerta. Luego de hacerse amigos, el guitarrista le dijo que era nuevo en el solar y que no conocía mucha gente en la Habana. Que había venido de Camagüey a ver si encontraba un grupo musical al cual unirse y hacer un poco de plata tocando para el turismo.

Jiro sugirió que fueran a casa de la China – una amiga-novia suya – donde jamás hacía falta luz para que hubiera música y allí la vida era una fiesta. Le explicó que entre los muchos músicos que iban a descargar allí a desafiar el hambre, las tristezas y los apagones, quizás podría encontrar alguien que tocara para un grupo musical dedicados al turismo.IMG_6445

En tanto, en la azotea Sarita había orinado detrás de un tanque de agua sobre ladrillos que había en el techo. La orina había corrido por debajo del tanque, casi hasta los pies de Mayito dejando ver la reflexión del cielo en el charco.

  • Mira este charco Sarita– Dijo Mayito señalando a la reflexión de la luz en el charco de orine.– Tú debes ser una Diosa porque orinas estrellas.

Sarita se rio, y se percató que era ese el primer chiste y piropo que le había ofrecido Mayito en toda la noche. Con ambas manos sujetándole la cabeza lo besó y también notó que era el primer beso de la noche que él no le esquivaba.

  • Vámonos que te voy a quitar toda esa tensión que traes hoy papito.
  • Dime, a que viniste Sarita.
  • A pasar un domingo con mis cubanazos lindos, Mayi. A mi gustazo.
  • Es que, necesito decirte que yo no comparto ese gustazo. Yo quiero que te des un gustazo conmigo. Y solo conmigo.
  • No Mayi, ya hablamos de eso mil veces, y este fue el arreglo en qué quedamos.
  • ¿Por qué no te basta solo conmigo Sari?
  • Ya te lo dije. Una vez que pruebas con dos, siempre te falta uno.
  • Yo jamás he visto una relación parecida a esta.
  • Esto no es una relación Mayi. Es un gusto que nos damos.
  • Bueno pues yo no quiero seguir más dándome este gusto Sari. Al menos no contigo. Es demasiado duro para mí.
  • Ay no te pongas tenso otra vez Mayito, dale vámonos, que Jiro nos espera. – Dijo Sarita halándolo por un brazo.
  • Espérate…- Dijo Mayito halándola hacia él.

Y dentro de un inmenso abrazo la besó con la pasión que palabras no podrían expresarle. Sarita aceptó devolviendo un beso que desovilló las ataduras de Mayito. Justo después le recordó que debían regresar, pues Jiro los esperaba.

Pero al regresar al horno de cemento donde vivía Mayito, se percataron que ya Jiro se había ido.

Al ver que Jiro no estaba, Sarita voló sobre las penumbras de las escaleras para ir a buscarlo. Luego de vociferar su nombre 3 veces en la oscuridad de la entrada principal del solar, escucho que desde los escalones más bajos y esquinados del portal, una quebrada voz le hablaba. Sarita fue hasta allí. Noto que era un joven muy borracho, tirado allí.

  • Jiro. Se fue. – Le dijo el joven con sumo trabajo.
  • Para donde cogió?
  • Para allá. – Dijo el borracho sin fuerzas en el brazo para señalar a ningún sitio.
  • Para allá para donde.
  • Ven aquí. Te digo. – Dijo el borracho tanteando repetidamente con sus sucísimas manos el sucísimo mármol del escalón donde estaba tirado.
  • Para donde cogió chico. – Volvió a preguntar Sarita con tono algo impaciente.
  • A los chinos.

Sarita sabia que los chinos era una pequeña esquina de la Habana que a la vez era gigante. Por allí vivían muchos cubanos descendientes de chinos, donde el juego y las fiestas desafiaban cualquier apagón que impusiera la Habana. También sabía que allí habían más de 10 mujeres que se morían por Jiro, y como Jiro siempre decía, el también se moría por ellas.

Marcando media línea por debajo del nivel de enfurecida, Sarita regresó a doble escalón, esta vez sin tambalearse, al cuarto de Mayito.

  • ¡Coño Mayito, te saliste con la tuya viejo! – Dijo Sarita.
  • ¡Vaya! Finalmente alguien que escucha los deseos de uno!
  • ¡Hay que calor hay hoy aquí por tu vida! ¡vámonos de aquí que se te van a salcochar los huevos y a mí la cabeza!
  • ¿Pero tú no dices que querías venir para el cuarto?
  • No, yo lo que quiero es que tú hagas que me venga.

Y como a eso Mayito jamás fallaba, se la llevo de regreso al “Paraíso de la Habana”, donde la noche y el mar de frente invariablemente prometían, como mínimo, una agradable brisa para que Sarita disfrutara. Distendió una de las sábanas que el mismo había tendido esa mañana en la azotea, y con ella cubrió un pedazo del áspero cemento a no más de un metro del alero.on-the-beach-2-1384640-m

Ya en el suelo, desabotonó el apretado short mezclilla de Sarita y con sus dedos alcanzó el pequeño botoncito con que el siempre echaba a andar la maquinaria de ella. Ya complacida, ella gemía con placentero alivio.

El esperaba que ella gimiera en demasía, para cuando le pidiera que por fin la penetrara, el seguir haciéndola gemir con sus diestros dedos, cuidando sagazmente que no se viniera hasta que él no quisiera que pasara.

En vez de su común pedido que la penetrara, esta vez Sarita le hacía otra pregunta:

  • ¿Cómo te gustaría tenerme? – Pregunto Sarita, percatándose de que le había hecho la misma pregunta a Mayito que ella le hacía a sus clientes antes de satisfacerlos.
  • ¡Como mas te guste Sarita!–Respondió él, lo que coincidentemente era lo que respondían muchos de los clientes de ella.
  • Esta noche te voy a cabalgar yo. –Sugirió ella como mismo siempre sugería.
  • Y como a él había muy poco que le interesara mucho, se fue para que Mayito la disfrutara.

Dudando que esa conversación hubiera ocurrido si Jiro estuviera allí presente, Sarita se entregó a su tarea. Pensó que la mitad del gustazo era mejor que ningún gustazo en lo absoluto. Mayito la besó con la pasión que no la besaría nadie, pues por mucho que los hombres deseaban su cuerpo, él era el único que realmente la habría querido.

Ella se subió encima de Mayito. En tal cima, su pelo volaba furioso al mismo ritmo con el que el viento batía las sabanas de las tendederas. Y allí estuvo hasta que las estrellas del “Paraíso de la Habana” cayeron una por una sobre el charco de sudor en sus espaldas.

Al finalmente saciarse, cayó contenta al lado de Mayito, devolviendo las estrellas al cielo de la Habana. Justo Mayito la puso a la merced de una titubiante pregunta, que de haberla pensado bien, nunca debía haberle hecho a Sarita.

  • ¿Y entonces Sari, extrañaste a Jiro?

Por primera vez en los años de conocerlo, Sarita quiso mentirle a Mayito. Pero sintió que para fingir mejor se hubiese ido con los españoles. En vez de herirlo con la verdad, ofreció un cambio de tema, lo cual dejó que Mayito dedujera la respuesta.

  • Mira Mayi. – Dijo Sarita con un gesto panorámico.- ¡Que cielo más bello el de esta isla!
  • Si. Qué pena la cosa aquí abajo esté tan fea.
  • ¿Tú crees que allá arriba quizás se viva con menos agonías?
  • Yo no sé, pero allá nos vamos todos, así que ten paciencia.
  • No todos. – Respondió rápidamente ella.
  • Sí, cuando nos morimos, todos.
  • Todos, menos los cubanos.
  • ¿Y a donde vamos los cubanos, al infierno? – Preguntó Mayito.
  • No, los cubanos, cuando nos morimos, nos convertimos en croqueta.

Por enésima vez en la noche, Mayito sintió ganas de llorar, pero optó por reírse con ella.

Se quedaron por rato en el “Paraíso de la Habana” desarreglando filosofías. Y ya cuando el áspero cemento les raspaba las espaldas a través de la sábana, se regresaron al horno de cemento donde vivía Mayito. Se acostaron en la cama de él, donde el vapor se proponía con ímpetu no dejar dormir a nadie, pero venció el cansancio del día al finalmente martillarles el cerebro y dejarlos dormir unas horitas.

Lee el Final del cuento en: Parte 3. O en la compilación de cuentos “Habana en Especial”

Por Jocy Medina para Un Pedacito de Cuba

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