Habana Dura (11): Una ampolla en el alma (Violento y vívido, por favor no leer si es sensible)

El perfume de María, aun vivo en la sala, recibió a Sandro como con una bofetada. Dio tumbos hasta el baño y al encender la luz para entrar, el oro de la piel de María le dobló el cuello y lo atrajo al cuarto del fondo. Aunque ella yacía inerte sobre el colchón, su brillo destellaba con la media luz que llegaba del baño ante los ojos de Sandro.

A los bajos del vestido se asomaban la mitad de dos nalgas doradas retando a Sandro a hacer algo por verlas completas. Al Sandro alzar el vuelo del vestido con la punta de sus gruesos dedos, vio que una tanga dorada delimitaba ambas nalgas y se ajustaba fiel a las caderas de ella. Ver eso empuñó un cañón en los pantalones de Sandro, que lo hizo saltar al colchón sobre ella.

María se despertó con la cabeza atrapada dentro de un peludo sobaco, con lo agrio de Sandro endrogándole la respiración. Dos piernas aprisionan las suyas contra la cama y por mucho que María quería no se podía mover.

El susto de no ser aquello una pesadilla, la hizo dar un salto, pero su cuerpo no se elevó ni media pulgada. Forcejear no la dejaba ver bien bajo quien estaba, pero el mismo tufo a alcohol de los bajos mezclado con la voz de Sandro ordenándole que se estuviera quieta, lo delató.

  • Desde que llegaste a mi casa estás sonsacándome. Entras y sales con esos vestiditos cortos, chorcitos apretados, la barriguita afuera, las teticas al aire. ¿Tú crees yo estoy hecho de goma mijita? – Dijo Sandro rompiendo el hilo que separaba las nalgas de María.
  • Ay, suéltame Sandro. – Gritó María desde el sobaco.
  • Ya estoy reventándome aguantando las ganas y tu tirada aquí así.
  • ¡Se lo voy a decir a tía!
  • ¿A tía? Yo soy el que le va a decir que tú me estás sonsacando. Con ese perfume que le para la pinga a un muerto, tirada aquí con el culo al aire y la puerta del cuarto abierta para que yo te la viera.
  • ¡Mentira!
  • ¿Ahora es mentira? y cuando bailas vestida de esclavita, tirada en el suelo ensenándome todas estas cosas ricas. ¿Eso también es mentira?

Las manos de Sandro manosiaban puntos que provocaban gritos en María, no palabras.

  • Tú estás loca por mí mamita, tú crees que yo no me doy cuenta.
  • ¡Suéltame Sandro!

De un giro María cayó bocarriba, otra vez inmóvil bajo las manos y las piernas de él. Mientras una inmensa dureza violaba a María, Sandro ilustraba lo que él creía ella sentía, con palabras que apuñalaban, dichas al ritmo de un funesto vaivén.

  • Ahora no grites, si desde que me viste en Buenaventura, tenías ganas de esto. De chiquitica te sentabas en mis piernas y me decías al oído que yo era tu novio. A mí no se me olvida mamita. Y cuando llegaste a mi casa, “¿Tío Sandro me dejas vivir en tu casita?” El placer es mío María. Ahora gritas porque te gusta. ¡Los vecinos van a oírte gozando y se lo van a decir a Belinda!

Justo al Sandro reventar sus acumuladas ganas dentro de María, no era ya en sus pies sino en el alma de María donde grandes ampollas habían quedado en carne viva. Antes de resbalarse completamente de su carnada, Sandro ultimó las reglas del juego.

  • Te voy a dejar que te cojas el cuarto del puerco. Es tuyo. Pero en esta casa no se vive gratis. A partir de hoy se acabaron las llegaditas tarde. Te quiero aquí temprano, a más tardar a las 11. Y antes de irte a tu cuarto, pasas por el mío y esperas allí encuerita por mí.
  • ¡Hijo de puta! – Respondió María llorando.
  • Y cuidadito con abrir esa boca. Si Belinda se entera, te mando a arrancar la lengua, como le hacemos a los chivatones del barrio.

Luego de chupar bien los labios con que María aún lo insultaba, Sandro se fue a su cuarto. El llanto que dejó en María hacía al asco en su garganta quererse convertir en vómito. Ni escupiendo, ni tomando agua, ni llorando con la garganta, dejaba de brotar los borbotones de asco de adentro de su ser.

Toda la noche, las manos de María quisieron arrancarle la piel al cuerpo. A un punto quiso salir corriendo pero un terror inmenso la inmovilizó. Necesitó una ducha pero acercarse al cuarto donde dormía Sandro no era una opción. Un ápice de alivio llegó casi las 6 de la mañana cuando el traquetear de las llaves de Belinda interrumpió el volcán que saltaba en los sesos de ella. Quería salir a abrazar a su tía pero un pesar que picaba entre horror y vergüenza paralizaron sus ganas también.

Dos horas después de Belinda dormir junto a Sandro, María escuchó la ducha abrirse, olió el perfume de hombre con que él salió del baño, y tembló con el tirón que Sandro le dio a la puerta al salir del apartamento. Fue entonces que María logró abandonar su inmovilidad, dejar que sus aún temblorosas manos pudieran empacar sus bolsas.

Pensó en dejarle una nota a la tía para decirle que se iba, pero no sabría que escribir. Sus uñas, que aun dolían de tratar de quitarse a Sandro de encima, quisieran haber podido arrancarse la piel, para dejarla sobre las sucias sábanas antes de irse. Como no pudo, salió del apartamento y del edificio, oliendo a él.

Corrió a todo dar para que ese olor quedara detrás, pero el olor corrió a su par. Sin aire llegó al mar, el imán de los que lloran, al agua que limpia. Un mar rocoso como el corazón de los habaneros, y salado como las lágrimas que aun le corrían por el rostro, la invitó a saltar.

Tiró sus bolsas en las rocas y sin desvestirse se entregó al mar. Pero allá dentro las olas rompían más altas de lo que ella pudo haberse imaginado. Los arrecifes no tenían fuerzas para controlar los deseos que traían las olas de inundar los barrios de la Habana.

Y tratando de encontrar paz se vio en una nueva pelea. El mar se la quería tragar. Un mundo de agua le tapaba la cabeza cuando ella quería respirar. Y al chocar contra las rocas los cuchillos de los arrecifes aún mas picudos que los de afuera, raspaban sus rodillas. No había forma de vencer ese vaivén.

María se vio jugando a morirse. Y en ese juego sintió que no le interesaba ni ganar ni respirar. Un desplome mitad natural y mitad permitido por ella no la dejaba luchar. Pero la traición del reflejo de no morir, la obligaba a saltar por encima de las olas para respirar y gritar. Mientras menos ayuda quería más su cuerpo se lo pedía, porque el misterioso silencio de morir aun no quería dejar que ella callara.

Sus gritos despertaron a un desahuciado que dormía en el único banco de esa rocosa playa. Despegando los ojos, el hombre se preguntó si ver a María ahogándose era una pesadilla o resacas de su borrachera. En cuanto concluyó que era una desgracia más que la vida le ponía delante, le siguió la pista a los gritos para llegar a ella.

Ya en los arrecifes que la incrustaban, el desahuciado aprovechó un segundo libre de olas para, bien sujeto a una roca, agarrar uno de los brazos de María que quedaban al aire antes que ella se hundiera otra vez. Lo que demoró la última ola en retroceder para dejar que la próxima rompiera, fue el tiempo que le tomó al desahuciado robársela al agua.

Dando rápidos tumbos de héroe borracho, la llevó hasta el banco que tantas mañanas le había servido de cama. Fue allí que el beso del hombre más apagado del mundo le devolvió a María sus colores. Los ojos aún le lloraban, su nariz aun tosía y la frustración de no lograr morirse se acrecentaba en sus ganas para gritarle al desahuciado un inmenso “¿Por qué?”.

El desahuciado, al saber a María viva se lo dijo todo con sus aliviados ojos. María lo vio alejarse desde la neblina de mar que aun flotaba en sus ojos. Ella estiró la mano aún queriendo gritar su “¿Por qué?”, pero su voz externa se había quedado en el fondo del mar.

Dejó que por horas el banco secara la sal que de por siempre ardería en sus heridas y le devolviera la voz. No sabía si contar ese día como la tercera vez que había querido quitarse la vida, o la primera que el mundo quería quitársela a ella. Sin idea de a donde ir abandonó el sol y se fue a otros rumbos.

El impulso a la nada la condujo a su escuela. Al entrar, les fue evidente a todos que a María le faltaban pedazos de alas. El elenco respetó cuanto el cuerpo de María pedía a gritos a todos que se alejaran. Bailó sola toda la mañana. Pedazo tras pedazo de baile auto-repararon un poco las alas y lo vivo de esa casa la ayudó a revivir.

Al medio día, el hambre la tumbaba de sus propios pies. Con miedo que cayera al suelo sobre sus aún sangrantes rodillas, la instructora le ofreció un vaso de agua con azúcar y le pidió a María que se fuera a descansar. En vez de ir a almorzar, el cuerpo le pidió quedarse en el piso del salón para un intento de siesta.

La acababa de rendir el sueño, cuando tres hombres con cascos de construcción entraron al salón con un debate que finalmente le explicó por qué esa casa se sentía tan viva. Hombre 1 sugería demoler la escuela, apuntando con un dedo a las grandes quebraduras de la estructura. Hombre 2, con una mano en el corazón, opinaba que la casa merecía convertirse en reliquia del patrimonio nacional. Hombre 3, pinchando su libreta con un lápiz decía que su Ministerio no tenía fondos para restaurarla con fines de escuela. Hombre 1, enfocado en las rajaduras, insistía que había que demolerla. Hombre 2 rebatió la idea indicando que eso sería demoler la historia de la española que vivió y murió en esa casa. “Sus padres la obligaron a venir a Cuba durante la colonia. Ella murió aquí a causa del dolor que causó haber dejado a su amor allá en España”.

Hombre 1 y 3 lo miraron con cara de estar escuchando a un marciano. Recomendaron hablar con un tal Hombre 4 encargado en restaurar reliquias coloniales y habilitarlas para el turismo internacional que generaran devisas a la economía cubana.La algarabía de las chicas regresando del almuerzo interrumpió la charla. Kendra, la más rubia de todas las bailarinas del elenco venía directo a hablar con ella.

  • Acabo de escuchar la historia de esta mansión. ¡Quieres oírla! – Dijo María con la primera media sonrisa del día en sus labios.
  • No. Pero lo que te perdiste anoche por haberte ido a dormir, ¡monga! – Dijo Kendra.
  • Esta casa es un patrimonio nacional. – Dijo María.
  • Hablando de “patrimonio nacional”, nos fuimos con el alemán a su suite en el Hotel Nacional: allí comimos, tomamos, bailamos, y después de unos polvos ya no nos acordamos que más hicimos. Pero nos acordamos del bulto de billetes con que salimos de allí esta mañana. El alemán nos quiere de regreso esta noche. Y nos pidió específicamente que no dejáramos de traer a “la India”. Así que prepárate.

María buscaba una forma respetuosa de preguntarle a Kendra si los habaneros tenían otro concepto de “patrimonio nacional” que los holguineros. Pero la Directora de la escuela entró al salón dando repetidos aplausos para avisar que el Jefe de entretenimiento de una finca turística en Guanabo había pedido a la escuela un elenco de 8 bailarinas para que bailaran en las noches durante las próximas dos semanas.

La directora calmó a gritos la algarabía que generó su noticia, y prosiguió a leer los nombres de las chicas que había elegido para el proyecto. El nombre de María encabezó la lista, seguida de las 3 chicas que tenían cita con el alemán esa noche. Esas 3 declinaron la oportunidad por lo que la directora escogió al azar otras 3 de las no elegidas.

  • Dile que no María, el alemán te quiere allí esta noche. – Le dijo en secreto Kendra al ver que María no había declinado la oferta.
  • No. Yo quiero irme a la finca.
  • ¡Qué monga! En una noche con el alemán vas a 10 veces lo que te van a pagar en 2 semanas en una finca, llena de mosquitos y alacranes.

Para María la oferta era 2 semanas lejos de casa del alacrán que vivía en  casa de su  tía, por lo cual regresó la atención a la Directora de la Escuela, que explicaba la audiencia serían “compañeros extranjeros” que venían a Cuba a un encuentro cultural, por lo cual, el show además de fenomenal, debería ser educativo. Advirtió que las 8 chicas que tenían solo esa tarde para preparar el show y hacer las maletas, pues saldrían para la finca al día siguiente.

Continuará…

Por Jocy Medina

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