Habana Dura (14): Brujería para Sandro

María oía la voz de un hombre, pero la oscuridad no la dejaba verlo. Al tener a un custodio justo frente a ella fue que pudo ver a un moreno más oscuro que la noche, libretica en mano, pidiéndole su nombre. María quería hablar pero el corazón le palpitaba tan rápido que hasta su nombre se le coagulaba en la garganta.13901115453_b911e58d94_b

  • ¿Además de zorra también sorda? Que, cuál es tu nombre, te pregunté. – Le dijo el custodio.
  • Me llamo María. Pero mire…
  • Ningún mire. Ya yo miré lo que tenía que mirar: una jineterita sofocándonos los clientes. Te levanto un acta y de ahí vas para la estación.
  • ¡Ay no, que estación! No me haga eso que yo soy de Holguín y…
  • Como si eres del Cosmos, aquí en Cuba la prostitución está terminantemente…
  • ¡Yo no soy prostituta! – interrumpió María. – Un cliente italiano me dio una propina en dólares americanos, que son ilegales. Yo fui a su habitación a devolvérsela. Le pedí que mañana me la diera en pesos cubanos, y si lo hace, yo le entrego a usted cada centavo que él me dé, pero no me reporte que yo aquí en la Habana no tengo ni quien me saque de una celda.
  • Ah además de zorra, cuenta-cuento, mira que bien.
  • ¡Esa es la verdad! Por favor no me reporte, yo hago lo que usted me pida.

Mientras el custodio terminaba sus apuntes en la libreta, María miraba al negrísimo panorama detrás de él. Configuraba salir corriendo y esconderse en el monte, cuando él custodio interrumpió el plan.

  • Lo que yo te pida eh.
  • Aja.
  • Mejor gusta cómo suena eso. Mi turno termina a las 2 de la mañana. ¿Qué tal si vas conmigo a un lugarcito ahí?
  • ¡Ay! ¿Será que el sexo es la nueva moneda oficial de este país?
  • ¿Qué sexo ni sexo? ¡Habla bajito, con lo fea que tú estás!
  • A donde es que hay que ir entonces.
  • Mira, mis muertos me pidieron ofrenda de mujer para un trabajo que tengo que hacer. Yo soy de Oriente y no conozco nadie aquí. Quizás tú me puedas ayudar.
  • ¿Qué es eso de muertos, a donde vamos, al cementerio?
  • A casa de mi padrino.
  • No. A mí no me gusta la brujería.
  • Instrúyete mamita, eso no es brujería, eso es Palo del Monte. Y si no vas, el Palo te lo dan en la policía esta noche. ¿Entonces?

María corrió al dormitorio con las mismas ganas que tenía de escaparse al monte. Atravesaba el portal de lado a lado, bajo el fundido bombillo, detestando el sabor del chantaje. Aprendió que el no poder protestar por una infamia era la madre de todas las infamias. Pero convencida que ir a ver a un muerto era mejor que a la estación.Luego de dos horas en eso, el escalofriante aliento de un hombre en lo oscuro le susurró: “¡María!”. Detrás del segundo de espanto que causó, una blanquísima cajetilla de dientes se echó reír en gruesas carcajadas.

  • Ay, pero que odioso. – Dijo María al lograr ver al custodio.
  • Odioso no. Me llamo Domingo, y me dicen Yoyo. ¿Lista para pagar mi silencio?

Por el ademan de su mano María dedujo que Yoyo le pedía seguirlo rumbo a la arboleda. Entretenida con la luz que destellaban los cocuyos, María no supo en qué momento Yoyo había sacado el inmenso cuchillo que llevaba en una la mano.En lo denso de la arboleda, las lejanas carcajadas de una mujer les detuvo el paso.

  • No te cagues. Que esos son muertos y no hacen nada. – Dijo Yoyo temblando.
  • Yo no le temo a los muertos, yo le temo a los vivos. – Respondió ella.

La voz de un hombre, también lejana, le dijo algo a la mujer que se todavía se reía a carcajadas. De ahí en adelante Yoyo prosiguió encorvado, apuntando firmemente el cuchillo a cada dirección de la que creía venían las voces, y así fue hasta que finalmente la arboleda desembocó en un poblado.Calles cortas que no parecían ir a ningún lado los llevaron a un trillo que los condujo a platanal tapizado en ranas.

El platanal terminó al borde de un riachuelo de agua muy viscosa y lenta. Cuando espantaba la última rana que le había caído en un pie, notó la lentitud que algo le ofrecía al riachuelo: la cantidad de excrementos que navegaban por él.

  • En cuanto crucemos esta agua de fosa ya llegamos. – Dijo Yoyo.

Al María darse vuelta a con ademan de vomitar, Yoyo le pidió se tapara la nariz para cruzar el riachuelo con ella cargada. Y ya del otro lado, el lejano toque de un tambor se convirtió en la brújula que los guió a su destinación.

Situada en el claro de una muy tupida arboleda yacía a una choza de guano, donde una música atraía espíritus. Entrando María tropezó con un hombre que convulsionaba en el piso pues se decía que estaba montando un muerto de los que había traído el tambor.

Un hombre aún más oscuro que Yoyo los recibió con una abundante escupida de ron en la cara de ambos. María cerró los ojos y se limpio el encharcado saludo, deseando que aquello nunca le hubiese pasado. Yoyo, sin limpiarse, ya había abierto sus brazos para a abrazar al hombre como hijo que regresa de la guerra y hace mucho no ve a su papá.

La media luz de un quinqué bailaba en el medio de la choza, dejó ver los músculos de las 4 sudadísimas espaldas que brillaban al tocar los tambores. Alrededor, la gente se entregaba a un baile que ella jamás había bailado. Con una mano en cada hombro de María Yoyo la dirigió a su padrino, como quien entrega una botella de alcohol al patrón de una fiesta.

  • María, este el Cheo, el dueño de todos los misterios. Padrino, esta es María, mi ofrenda.

El mismo escalofrío que sintió en el portal del dormitorio endureció el vientre de María al oír eso. Era difícil respirar con el corazón bombardeándole el pecho. Algo que no estaba vivo existía en aquella esquina y Cheo le hablaba en africano a eso que estaba muerto. María saltaba cada vez que Yoyo daba azotaba el piso, justo al lado de una gallina sin cabeza, con un bastón. Y temblaba cuando mirando hacia arriba, en español Cheo decía, “aquí tienes tu cuerpo de mujer”.

Tras el último azote, Cheo le pidió a María que se desvistiera. Prosiguió a machacar algo cuyos golpes hacían saltar los palos, pinchos, gajos y todas las cosas raras que había sobre la mesa. María sudaba bajo la ropa que no quería quitarse. Una mujer en el centro de la choza había caído al piso también y sus gritos no dejaban a Cheo escuchar a María decirle que no se la iba a quitar.

Al hacer por irse Cheo la sujetó y le pidió que se la quitara. María trago en seco preguntándose si quedar sin cabeza, como a la gallina, sería su final. En ese momento supo que hubiese sido mejor haber terminado esa noche en la estación de policía.Como no tenía sostén y casi no tenía blúmer, se quitó el short pero amarró la blusa bajo los senos a forma de sostén.Evocando a alguien en africano, Cheo llevó una vela hasta el área del vientre de María. De allí subió a los ojos de ella, y enojadamente le preguntó. “¿Y hace cuánto tú no comes mi hija?”.

Cheo no esperó respuesta para empezar a barrer un gajo de tupidas hojas por el helado cuerpo de María y decirle que a partir de ese día debía comer. Al sentirla limpia de sus demonios, le puso una piedra en la mano y le pidió a María que la pasara por todo su cuerpo, enfatizando que hasta en lo húmedo de su vagina. Le pidió que luego la escupiera y la echara en una tártara con un líquido rancio que puso frente a ella.yemaya

Al caer la piedra dentro del líquido, Cheo respiró profundo y le pidió a María que se vistiera y fuera a comer. Subiéndose María el short, Cheo agarró un afilado cuchillo, y le pidió a María que no se moviera. Antes que María pudiera reaccionar, Cheo había cortado una gruesa mecha del pelo de ella. “¡El pelo no!”, gritó ya después que Cheo revolvía la mecha en lo rancio del mejunje que acababa de hacer.

María corrió a donde Yoyo, quien al verla venir, abrió sus brazos. El empujón al pecho de Yoyo que le dio María ni si quiera lo tambaleó.

  • Tú eres un anacoreta ¡Y ese viejo es el más anacoreta de todos los anacoretas de la tierra! – Gritó María. – ¡Me cortó un trozo de pelo!
  • De todo lo que diste, nunca me imaginé que el pelo era lo que más te iba a molestar. Le diste de ti a mis muertos para una protección contra alguien que me hace mucho daño.
  • ¿Chico y con esas espaldas tú no te puedes protegerte, te hace falta mi pelo? – Replicó María.
  • Mira, sin mi “Eleggua” yo no tendría espaldas. Él es Eshun, el diablo y la tierra, el bien y el mal, el monte, la calle. Me abre los caminos y ahora tú me vas a traer suerte.
  • Qué suerte, ni suerte. ¿Qué idioma tú hablas? Ser buenos con los demás es la única brujería da suerte. Y con el trabajo ese que tú tienes, la suerte jamás te va a llegar.
  • ¿Y eso a que viene?
  • Eso viene a que tu trabajo es martirizar y chantajear a gente como yo. Yo no sé como tú duermes.
  • Mamita, hay que comer. Y si le pasa algo a alguno de esos extranjeros nos cortan la cabeza a nosotros, los custodios.
  • Los extranjeros los que nos sonsacan a nosotras. ¿Tú eres ciego? – Gruñó María.María se volteaba rumbo a la puerta de la choza cuando cayó en cuenta que debió preguntar.
  • “¿Ahora como me regreso?”.
  • “Oye yo seré un custodio pero soy un caballero.”En eso Cheo atravesó la fiesta para ir a donde ellos, y decirle a María que no se fuera, pues había registrado algo en ella.
  • Si, seguro que registró que no me gustó nada que me cortara el pelo. – Le dijo María a Cheo.
  • Mis muertos me dijeron que tu vives una gran tristeza. – Dijo Cheo entregando una semilla de ojo de buey dentro de una bolsita roja en la mano a María.
  • Tremendo adivino. Qué tal si paramos los tambores y le pedimos a todos en la choza que le aplauda por eso.
  • Yo registro abuso, mi niña. No botes esta protección. Un moreno. Fuerte. El te busca. ¿Quién es ese?Cheo no los miraba a ellos. Recibía la información de alguien que existía en la nada por encima de sus cabezas, a lo lejos. La rabia de María se tornó en asco de tan solo escuchar de lo que le hablaba Cheo.
  • El no para buscarte, mi niña. Lo veo ansioso, molesto. Yo registro a tu cuerpo desnudo luchando con miedo, pero esa serpiente te pica. Y lo hace muchas veces. ¿Eso ya pasó, mi vida, o va a pasar?

Mientras más lejos se iba Cheo, más cercano tocaba a María.

  • El tiene un muerto muy fuerte que lo ayuda. Y yo veo tu tristeza y tu impotencia. ¿Quién es ese, mi niña?Antes que el llanto le doblara las rodillas, María logró responder.
  • “Es el marido de mi tía”.Cheo alzó la cara de María con un dedo, y ella en un rato lo llegó a mirar…
  • El muerto es fuerte, pero le hacemos “Huevo de Gallo Para Enfermar” y le quitamos la vida. – Advirtió Cheo.
  • ¡No! Yo no quiero matar a Sandro. ¿Usted está loco? – Dijo María secando sus lágrimas y esquivando el dedo de Cheo.
  • El majá con cabeza, sigue comiendo. – Respondió Cheo.
  • No. Yo no quiero matar a nadie.
  • Hoy no, pero si no lo haces hoy, un día vas a quererlo. A él le gusta tu cuerpo. Lo registro abusándolo muchas veces. Podemos matarlo a tiempo.
  • ¡Matarlo no! Yo solo quisiera darle una buena patada por los huevos.ID-100235401
  • Los huevos. Como tú digas. Vamos al monte.

Cuando Cheo le entregó un palo a María, ella guardó el amuleto en el bolsillo del short. Cheo la dirigió a lo profundo de la arboleda que rodeaba la choza con la certeza del que transita el patio de su casa. María, que no veía nada, hablaba con Chao para seguirlo por la voz.

  • Cheo, cuando crees que caíste en un hueco oscuro, la vida siempre te enseña uno 10 veces más oscuro. Allá arriba, de seguro, hay un jodedor.
  • Ese hombre es tú hueco. Lo matamos y tu vida será maravilla. Queda vivo y quizás tú no.
  • Prefiero morir a vivir con cargos de conciencia, Cheo.
  • Como tú digas, mi niña. Los huevos. Por ahora, los huevos.

Diciendo eso Cheo frenó en seco y las narices de María chocaron con su espalda. Cheo hablaba de una planta que había frente a ellos. Le pidió a María que la escupiera y con el palo, que la azotara. Así la planta no le haría daño a ella. Cheo arrancó un gajo que ella no vio, y sintió el crujir de una bolsa plástica antes de entregarle una la bolsa y quitarle el palo de la mano a María.IMG_6148

  • ¿Qué es esto? – Pregunto María.
  • Es Guao. El diablo en hierba. Al que se lo des lo puedes matar.

Cheo dio una media vuelta y ella siguió la voz de Cheo para salir de la arboleda.

  • Lo trituras bien y el polvo que le saques se lo echas en el ron al marido de tu tía. Eso lo revienta por dentro, y vas a ver los pedazos del desgraciado pegados a la pared al otro día.
  • ¿No, dios mío, qué es eso?
  • Mata esa culebra o ella te mata a ti mi niña. Pero si no tienes valor, le restriegas el guao por adentro de los calzoncillos y cuando se lo ponga, se le explotan los huevos.
  • ¿Se le explotan de verdad?
  • No. Pero por las quemaduras y la picazón se sienten como si se les fueran a explotar.

Cheo agradeció a María lo que había hecho por su ahijado. La penumbra de la media luna se los llevó, pero antes de perderlos enteramente de vista, Cheo le gritó a María que fuera a verlo si algún día necesitaba concluir esa labor. En tanto Yoyo, la regresó a la finca.

  • Yo trabajo mañana y aquí estoy para lo que me necesites.
  • Todo lo que yo necesito lo llevo dentro. Pero gracias. – Respondió María regresándose  a la finca.

Continuará…

Por Jocy Medina

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7 Comentarios

  1. storm76 dice:

    En otro lindissimo capitulo… Gracias Jocy por esto . Lejend

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    1. jocymedina dice:

      El placer es mío, y un beso!

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  2. storm76 dice:

    leerlo reviví atmósferas ritos y palabras de la que fui testigo cuando se conocieron y abrazaron la religión yoruba

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    1. jocymedina dice:

      Es un mundo aparte. Difícil y bonito a la vez. Me alegro tanto que lo disfrutaste!! J

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  3. antoncaes dice:

    Cada día mas interesante se pone esto Jocy, el capitulo de hoy me ha gustado más que los anteriores si cabe, siempre he oído cosas de la brujería y del santerismo, pero no es muy fácil oírlo de primera persona, por que me dejas claro por tu forma de describirlo que sabes muy bien de lo que escribes. Abrazos.

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    1. jocymedina dice:

      Gracias Antón si! Y lo que no sabía lo tuve que averiguar. Tengo muchos amigos que saben mucho del tema.

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Los comentarios están cerrados.