Habana Dura (17): Reventando huevos

Arrastró su alma hasta el apartamento 4, desde donde ella pensó podría llamar a Luciano. Nadie abrió la puerta. Siguió bajando y llegó al barrio en medio de un domingo inerte, donde los únicos despiertos parecían ser los perros callejeros.

Esquivando las pilas de basura que el sábado le había dejado a la ciudad, y los charcos que la lluvia nocturna le había regalado a Buena Vista, María salió en busca de algún teléfono público donde llamar. Caminaba con los puños bien hundidos en los bolsillos del short, oprimiendo el dinero que le había dado Luciano en una mano, y el amuleto que le había dado Cheo en la otra. Pero al teléfono que no le faltaba el orificio de la moneda, le faltaba el auricular completo. Había algunos de los que solo quedaba un cuadrado sin pintar en la pared pues alguien lo había arrancado.

Ya el sol empezaba a evaporar los charcos y el arrastrar de los pies de ella comenzaba a alzar polvo de las calles. Algún que otro niño lloraba en las casas, pero por lo demás, la Habana guardaba luto total.

Su mirada al cielo, en vez de a las esquinas donde podría haber un teléfono, delataba que ya María empezaba a desistir de encontrar uno que sirviera. Sus pies se habían dado vuelta de regreso a casa de la tía y sus puños apretaba el amuleto con la fuerza del que lo quiere partir.

Las calles By Jocy Medina
Las calles
By Jocy Medina

Pensó que detrás de ella solo venía su sombra y el alma que se le arrastraba, cuando escuchó la voz de una señora muy negra, de sonrisa tan blanca como el pañuelo que llevaba en la cabeza, que le habló.

  • Dios te bendiga hija, eres muy bella. – Le dijo la señora.

María se dio vuelta pensando que halagos genuinos y sin motivos, no era algo que la Habana le ofrecía muy a menudo.

  •  ¿Yo entendí mal, o usted me acaba de halagar? – Preguntó María.
  • No temas hija, que yo no echo mal de ojo. – Respondió con gracia materna la señora.
  • Yo no creo en mal de ojos. Pero gracias. Es curioso cuan sutiles son las cosas que nos hacen extrañar a nuestro pueblo. Tanto que creo que, ahora mismo, si no consigo un teléfono para llamar a quien me puede salvar, salgo para allá.
  • Yo también extraño mi pueblo. Me llamo Nieves. Aquí estoy para servirte. Y si lo que necesitas es un teléfono, yo tengo uno, hija, entra y desde ahí puedes llamar.

La reja de la señora se abría mientras María le explicaba a Nieves que la llamada era a una finca en Guanabo y podría ser larga distancia pero aseguraba que ella pagaría lo que costara.

  • No me pagues nada. Ve y usa el teléfono. Y ojalá esa sea la llamada te salve.

La mayor de todas las sorpresas no fue que alguien en la Habana le dijera “aquí estoy para servirte” y le sirviera, sino que Nieves no la escoltara al ella entrar a la casa. Buscando un teléfono vio que además de unas maracas verdes y una muñeca negra, no habría muchas razones para escoltarla. Entre las telarañas sobre el teléfono pudo marcar el número que Luciano le dio. De la primera vez, comunicó, y la recepcionista le informó que Luciano no estaba en la habitación, pero que había dejado instrucciones precisas para que si alguien lo llamaba lo encontraran donde quiera que estuviera.

El pie de María daba nerviosos golpecitos sobre el piso, lo cual detuvo cuando notó que las pataditas sacaban inmensas nubes de polvo de las capas de suciedad que vestían el piso. Su cuerpo entero se detuvo cuando escuchó acercarse a alguien corriendo del otro lado de la línea. Y no tuvo otra que suspirar su alivio al escuchó que era Luciano el que hablaba al otro lado de la línea. Después de saludarse, Luciano le propuso ir a la Habana. Según él se moría por verla.

  • Ven hoy mismo por favor. – Le pidió María.
  • Listo. Donde nos vemos.
  • Déjame pensar. Tiene que ser un lugar central, como para que un taxi lo encuentre, pero bastante nacional, como para que no hayan policías. ¿Qué te parece La escalinata de la Universidad de la Habana? Está en el Vedado.
  • Perfecto. Allí estaré a la 5.

Colgando el teléfono, el luto de la Habana parecía menos negro. Calzó 40 pesos debajo el teléfono de Nieves, y salió a darle las gracias. Pero Nieves ya no estaba. Le cerró la reja y se fue meciendo sus brazos de regreso a casa de la tía, pero regresaron al fondo de los bolsillos cuando al entrar al apartamento lo primero que vio fue a su tía y Sandro desayunando en la mesita de la sala.

  • ¡Pero mi niña, qué alegría, estás de regreso! – Dijo su tía brincando con sus brazos abiertos.Las manos de María salieron de los bolsillos para abrazarla, pero dentro del abrazo no sabía cómo responderle las preguntas.
  • ¿A dónde te metiste? ¡Qué susto nos has dado! Llevamos dos semanas buscándote por todos lados.
  • Eso mismo le dije yo cuando le abrí la puerta anoche. – Dijo Sandro aún en la mesa.
  • No me hagas esto más nunca, mi niña. Yo fui a buscarte a todas las escuelas de baile que encontré en la guía telefónica. Hasta me puse a oír Radio Martí pensando que te habías tirado al mar.
  • ¡Como que al mar, tía!
  • Aquí en la Habana todo el mundo está en eso mi hija. Hasta pensé que habías venido a mi casa como un puente para irte del país. En Radio Martí dicen que miles y miles balseros han llegado a Miami este año, y otros miles que se han tirado sin llegar.
  • Discúlpame tía.
  • ¿A ver a donde tú te fuiste mi niña?
  • A trabajar. A bailar en una finca lejos de aquí.
  • Lo cual está bien, pero si te tienes que ir a trabajar, está bien déjame una nota María, o mira, llámame por teléfono. Déjame un recado con la vecina del 4 para saber que estás bien. ¿Me lo prometes mi niña?

María le dio su palabra. Esperó tener el papel en el que su tía apuntaba el teléfono de la vecina, para irse a su cuarto. Sandro no dejaba admirar a María por cuán bien guardaba los secretos.

  • Hoy Sandro me pidió que fuera con él a casa de una amiga suya, casada con un canadiense. Van a venir otros canadienses. Hombres de negocio. ¿Quieres venir con nosotros, mi niña? – Preguntó la tía caminando rumbo al cuarto de María.
  • No, vayan ustedes, gracias. – Respondió María.
  • Dale vamos María, que ellos traen ropas de uso muy lindas. A lo mejor te regalan algunas.
  • No tía, yo no necesito ropa.
  • Quizás ropas no, pero un marido canadiense no te vendría mal. Vamos, que seguro los clientes de verte, se enamoran.
  • Hoy no puedo tía. Gracias. Otro día.

Procurando que Belinda cesara la insistencia, Sandro agitó a Belinda para que fuera a vestirse ya. Belinda se dio una ducha fría, pues no había electricidad para encender el calentador. Antes de irse, tal como haría su madre, le explicó a María punto por punto lo que podría desayunar y almorzar. María la abrazó con todo lo que daban sus brazos, como quien, más que las gracias, quiere pedir disculpas por algún daño que causó.Sintiendo demasiado acercamiento, Sandro fue a zafar a Belinda del abrazo avisando que ya tenían que irse.

Se lo dijo todo a María, cuando salió del cuarto guiñándole un ojo y un dedo en la boca como recordándole que nunca dijera nada. Con esa imagen machacándole los sesos, en cuanto Sandro y Belinda salieron de casa, María voló a la repisa de la cocina a buscar un mortero con que machacar el Guao de Cheo.

De rodillas en su colchón, echaba hoja a hoja de Guao en el mortero para machacarla. Los azotes sacaban sus lágrimas y las razones porque lo que lo hacía rápido se la secaban. La savia del Guao dio una mezcla cáustica que después al rato se tornó en talco perfecto. Ya con el veneno listo, por primera vez María coincidió con su padre en padre en algo: en las ganas de arrancarle los huevos a Sandro.

Un estridente escalofrío se coló por entre todos su poros de su cuerpo. Supuso se debía al enojo del mambí y alzando bien el mortero como quien quiere hacer un brindis de veneno con un muerto, le dijo: “¡Salud taita mambí, pero aquí en la tierra somos los vivos quienes mandamos!”

Enseguida el valor regresó a sus poros, y en la primera gaveta que abrió encontró todos los calzoncillos y pares de medias de Sandro. Con un cepillo de diente viejo, ralló Guao en la huevera en cada calzoncillo tornándolo casi invisible. Pero abriendo el último calzoncillo, María encontró los datos de un tal Camilo. Debajo de ese nombre, en mayúsculas, decía Teniente Coronel, seguido de números de teléfono y una flecha que llevaba a un recado que decía: “por favor dile a María que me llame”.

Al caer en cuenta que Sandro le había ocultado que Camilo había ido a verla, uso el poco Guao que quedaba en mortero para rayarle un poco dentro de algunas medias.

El agua de la ducha acabada de calentar por el sol que ya quemaba a la Habana se sintió bien en su piel y al salir del baño supuso que se había ido la luz por las gritos que le daba una vecina a su marido para que desconectara los efectos eléctricos que se les iban a romper todos si la luz venía. No había música, pero dentro de ella cantaba la venganza. Casi bailando salió de casa de la tía, y antes de cerrar la puerta detrás de ella, le guiñó un ojo al mambí, tal

La juventud Por Morguefiles
La juventud
Por Morguefiles

como le había hecho Sandro, y con un dedo en su boca le pidió al muerto que no dijera nada.En los bajos del edificio, María echó un escupitajo en dirección a la mesa de dominó donde ya tomaban y jugaban dos hombres.

  •  Niña tan linda pero tan asquerosa. – Dijo el más viejo.
  • Oye, cuídate esa tuberculosis. – Dijo el menos viejo.

La mata de Mar pacifico de los bajos le regaló a María la flor para su húmedo pelo. Y la avenida, le ofreció el carro del siglo anterior que le daría botella a su próximo capítulo de vida. Entrando al Vedado, una retahíla de policías acosando muchachitas le rayó el disco de alegría que traía María.

  • Ay qué bueno hay recogida. – Comentó el chofer al notarlo.
  • ¿Cómo que “qué bueno” chico, eso terrible. – Respondió María.
  • No. Cuando andan detrás de las jineteras nos dejan en paz a nosotros los choferes ¡Eso una tranquilidad flaquita!

María no pudo negar que lo magnífico para unos nunca lo es así para todos. De seguro no lo 14820704309_dd716d44de_bera para esa cantidad de chicas que parecían sardinas apretadas en la parte de atrás de un carro de policía.

  • Mira, de ahí las llevan para el campo a recoger tomates. A ver si se les quita las ganas de ser jineteras.

María se bajó del carro del siglo anterior con ganas de decirle algo a su chofer, pero no sabía qué cosa. No eran ganas de darle las gracias, por eso tiró la puerta detrás de ella y salió caminando por las calles del siglo en que la Habana se quedó sin alas.

Se alegó pensado que le tocó tragar lo seco del que no tiene nada con que bajar un comentario tan repugnante. Unas dos cuadras más hablaba sola tratando de sacarse de adentro lo que debió haberle contestado al hombre: “¡Anacoreto! nadie se levanta en la mañana con ganas de ser jinetera, ni la pobreza se alivia después de recoger tomates”.

Por Jocy Medina

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