Habana Dura (19): Satisfacer a una cubana

Los tragos condujeron a una fiesta en la habitación del italiano. Pero tanto alcohol durmió a María. Luciano aprovechó para irse a la esquina de la habitación, y bajo una tenue lamparita escribir poemas de las huellas que hasta entonces María había tatuado en él. Al día siguiente, al leerlo, supo que era una nota de amor.

  • Yo no tengo idea que dice esto. – Dijo María
  • Es un poema.
  • Ayer te pregunté que querías de mí y me hiciste una historia. Después de una borrachera, amanezco con un poema que ni idea que me dice.
  • Solo quería hacerte feliz en la mañana.
  • Esto me confunde, como confunde todo lo que no dice las cosas por lo claro.

Por la mirada de Luciano, María supo que había hablado duro. Se disculpó y salió de la cama a la piscina. Las tumbonas dando vueltas a su alrededor le sugería que quizás había tomado mucho el día anterior. El agua tibia en la piscina le hizo bien, porque en la cabeza se sentía mucho mas fria que sus pensamientos. Luciano llegaba a la piscina y ella lo invitó a venir a nadar con ella.  Entrando Luciano sintió un ciclón se creaba en la piscina cuando  María lo esquinó a darle besos. Por poco se ahoga cuando María sugirió “vamos al cuarto”.

Quitarle el bikini a María fue fácil, lo fue fácil para Luciano fue entender el cambio de luces de María. Pero su piel tocaba la piel con la que él había soñado por tanto rato. Ella olía a un jazmin maduro. Y las maduras manos de el navegaron los finales donde María guardaba sus tensiones.

Salio del cuerpo de María satisfecho, y el humo del tabaco en la esquina de la habitación parecía salirle de mucho mas adentro de sus pulmones. Desde su esquina miraba el cuerpo de María desnudo con sus ojos mirando al techo.

  • Y tú qué quieres de mi María. – Preguntó Luciano desde la esquina en que fumaba.
  • Ante el semblante apagado de María, Luciano casi podía apostar que la respuesta de ella iba a ser “no sé” o “nada”. Para su sorpresa, María respondió con una oración algo más larga.
  • Quiero aprender. Quiero que me enseñes las mil maravillas que dicen que le gusta a los hombres que les haga una mujer. – Respondió ella.
  • Y a cambio. – Respondió Luciano espantando la nube de humo que dejaba entre ellos su tabaco.
  • Yo no tengo mucho que ofrecer, pero puedo decirte lo que creo es el secreto que satisface a una mujer.
  • Luciano dejó el tabaco humear solo en la esquina de la habitación. Llegó al círculo donde las dudas de María parecían hacer mas humo que su tabaco.
  • Quieres aprender. Y quieres enseñarme. Nunca nadie me ha ofrecido ambas cosas. Empieza tú. – Dijo Luciano.
  • El secreto de satisfacer a una mujer es admitir el no saber hacerlo. Los hombres pueden llevar 50 años de vida sexual asumiendo que saben, y creyendo que de sus camas todas salieron satisfechas. Pero si no empezaron el acto admitiendo que no saben cómo, no lo van a terminar sabiendo.
  • Según tus historias has tenido pocos hombres. ¿Cómo sabes eso? – Preguntó Luciano.
  • Te pongo ejemplo. Tú, con tantos años de casado y hoy a mi no me hiciste venir.

El latigazo devolvió a Luciano a su tabaco.

  • Quizás no te viniste por lo que has pasado María. – Dijo Luciano.
  • O quizás porque no hayas sabido cómo hacerlo y no lo quieres admitir. Ustedes creen que todas las mujeres somos copias de un libro escritas por el mismo escritor. El día más feliz de mi vida fue el día que un hombre admitió que no sabía, y se dedicó a aprender la fórmula exacta de cómo darme un orgasmo.

Luciano sintió necesidad de cambiar el tabaco por un trago de ron. Masticando los pocos pedazos de ego que María le había dejado intacto, la invitó a salir de la habitación e ir a comer algo. El vapor ahogaba tanto como las respuestas de María.

Por el resto de los días allí, Luciano se dedicó a admitir que no sabía nada y con esa cubana, mitad de su edad, aprenderlo todo. A cambio del secreto de ella, le enseñó lo que él sabía del mapa de los hombres. Las mil maravillas que tanto le decían sus amigas bailarinas que había que hacerle a los hombres resultaron no ser más de 10.

Y Marco, que tenía puntería para aparecer en medio de los temas más candentes, tocó la puerta de la habitación en medio de una de las lecciones.

  • ¿Los señores necesitan algo, un paseo a caballo, o salir fuera del hotel? – Preguntó Marco desde la hendija que dejó Luciano al abrir la puerta.
  • No, estamos bien, gracias Marco. – Le dijo Luciano haciéndole seña para que no los molestara otra vez.

En los tramos de noches que separaban las lecciones, a María le gustaba sentarse afuera del hotel. En lo oscuro los grillos y el olor a campiña eran como su pueblo en medicina. A Luciano le gustaba sentarse junto a ella, a sentir como sanaba, y disfrutar el fuerte olor a jazmín que siempre emanaba de su pelo.

  • Tengo que confesar, hace mucho que no me sentía vivo. – Dijo Luciano.
  • Yo no sé qué quiere decir eso.
  • Esos son los vacíos de los que tienen todo, supongo.
  • En Cuba que no tenemos nada no tenemos de otra que sentirnos vivos. Si nos hacemos los muertos alguien viene y nos entierra. – Añadió María.
  • Yo tengo una mujer que no me ama como yo quiero que me amen. Ella sabe todo de mí pero no sabe nada. Cuando quiero alejarme ella me deja ir. Tengo una hija que dice regresará a vivir a casa el día la herede. Tantos años que pasé cuidándola y hoy temo que ella nunca haría lo mismo por mí. Es rara la vida fuera de Cuba María. No hay “Periodo Especial” como lo hay aquí, pero hay otras escaseces que nos vacían igual.
  • Yo creo que con todo eso que tu dices que tienes un cubano sería feliz.
  • No lo sería. Créeme. Yo tengo tanto y tan poco a la vez. Ustedes son felices porque tienen cercanía, humildad, hermandad. Su gran falta es que viven enfocados en las carencias y se olvidan de sus riquezas.
  • Es que tan frustrante para el desdichado ver a los dichosos maldiciendo tanta suerte.
  • Interesante María, porque eso mismo te diría yo a ti. Un día Marco lo vio en la piscina y pasó a preguntarle si podía hacer algo por el señor. Por primera vez Luciano le dijo que sí.

Todas las conversaciones entre ellos empezaban y terminaban en paralelo hasta que la noche finalmente llevaba a María a dormir, y a Luciano a una banqueta de la piscina a fumar tabaco y pensar. Hacía días que en la cama no podía dormir.

  • Dos cosas. Una caja de puros para llevarme a Italia. Y que me ayudes a hospedar unos meses a María aquí.
  • Con lo de la caja no hay problema pero cubanos solos, sin extranjeros, no están permitidos en el hotel. – Respondió Marco.
  • Yo me voy en dos días, y tengo que encontrarle a María un lugar a donde ir.
  • Bueno, yo vivo cerca, en la finca de mi tío, el tiene muchos cuartos, le puedo preguntar.

La respuesta le regresó el sueño a Luciano, y no podía esperar porque llegara el próximo día para darle la buena noticia a María.

  • Mi escuela está en la Habana Luciano. Yo no me puedo quedar aquí. – Respondió ella.
  • Yo arreglo todo en Italia, me divorcio y regreso aquí contigo María, pero a casa de tu tía no debes regresar.
  • El futuro de mi carrera no puede depender del futuro de tu matrimonio Luciano. Pierdo lo escuela si hago eso. Yo quiero ser bailarina. Bailar es lo más cerca que estado a poder volar.
  • ¿Qué tal si regresas a tu pueblo María, con tus padres?
  • No. Prefiero que me violen todos los días a nunca en la vida ser feliz.

Esa misma tarde, pagando por la caja de puros, Luciano le avisó a Marco que lo del hospedaje en la finca de su tío no iba a resultar.

Continuará…

Por Jocy Medina

_No hay motor de un avión que nos lleve (3)

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