Habana Dura (20): Cubana Ilegal en la Habana

La caja de puros olía a todo lo que Luciano no tenía allá en Italia. Casi olía a María y al hotel donde en esos últimos días de viaje la había hecho suya.

  • ¿Dónde estudia María? Le preguntó Marco.

Luciano, además de decirle que María estudiaba en la Habana, le informó a Marco todo lo que había dicho María sobre las chicas del campo hospedarse en la ciudad.

  • ¡Termina de mosca el que no conozca! Respondió Marco. Yo la puedo conectar. Mi madre vive en la Habana, y tiene una mansión por la calle Obispo donde hospeda del campo sin problemas con la autoridad.

Luciano abrazó a Marco.

  • ¿Está enamoradísimo de esa cubana, no? – Le preguntó Marco.
  • No sé.
  • ¿Y entonces, cual es la preocupación?

Luciano no supo decir si fue su lado paterno o su lado humano que hablaba. Pero dejó la pregunta inconclusa para ir a decirle a María que le había encontrado una solución a su futuro inmediato.

Al otro día, llevaron sus pocos matules a un carro que Marco les consiguió para que lo llevaran a la mansión de la Habana Vieja. Esperando el carro Luciano se lamentó de que al otro día a él le tocaba estar un día entero encerrado en un avión. María lo miró con expresión del que sabe cuán suertudo es quien sabe donde estará el día siguiente, una suerte que ella, en esos momentos no gozaba.

El amigo de Marco llegó a recogerlos en un carro construido en el mismo año que Luciano nació. El escogió el anchísimo asiento de adelante, entre ella y el chofer, para ver un poco de Pinar del Rio. Saliendo de allí comentó haber estado allí dos semanas, pero nunca salió del hotel. Las palmas, las presas y los poblados embelesaban sus ojos.

Sonreía admirando las vistas tan bellas como la cubana que llevaba a su lado, pero el deleite culminó cuando el chofer a lejos detectó un policía y avisó: “punto de control”.

Inmediatamente agitó a Luciano para que cruzara por encima del asiento y se hiciera el dormido -virado de espalda- en el asiento de atrás. A María le dio las respuestas de todo lo que creía el policía les iba a preguntar:

  • Tú eres mi novia. Yo estoy casado. Soy de Pinar del Rio. Vivo en la Habana. Mi mujer vive allí. El Yuma no es Yuma. Es mi hermano. Está borracho. Fuimos los 3 a Pinar a ver a mi padre. Ah, y me llamo Carlos Menéndez.
  • ¿Y si el policía despierta a Luciano? – Preguntó María.
  • Ah, pues nos jodimos, porque con esa cara de italiano va a ser difícil pasarlo por guajiro.

Carlos Menéndez llegó a donde el policía lo más lento que pudo y frenó más lento aún. Al tener el carro delante el policía metió el cuello por la ventanilla del chofer y le preguntó a Carlos Menéndez todo lo que él figuraba que le iban a preguntar. Detalle tras detalle Carlos Menéndez construyó la historia de un pinareño casado que llevó a la querida de paseo a Pinar, con la escusa de irse con su hermano a ver al papá.

María acariciaba la cabeza del chofer metida de a lleno en el papel de queridita irresistible que Carlos Menéndez le acababa de pintar. Convencido que dentro de ese carro no había señales de ilegalidad, el policía culminó pidiendo “abre el capó”.

En el gran capó bailaban las bolsas de María. El policía revisó pieza por pieza y entre blúmeres, blusas y vestidos no encontró nada ilegal en el capó con que poderlos detener.

Al sentir el carro andando Luciano preguntó: ¿Ya me puedo despertar? Muertos de la risa, María y Carlos Menéndez invitaron a Luciano a que se despertara, y estuviera al tanto porque si pasaban otro punto de control tenía que volver a irse a dormir.

Tocaron un portón de madera cuyo sonido destilaba una nostalgia insoportable. Un sillón aún se mecía en la sala cuando una señora, bien vestida pero mal peinada, les abrió la puerta. Como ya Marco le había avisado a su madre, ella sabía quiénes eran.

Luciano destilaba alegría por haber llegado a una casa en la Habana donde poder hospedar a María. Caminando despacio a su sillón la señora les dijo que su nombre era Julia incluso antes de invitarlos a sentarse. Las persianas rotas de la ventana cerrada en la sala dejaban entrever arrugas en Julia típicas que pintaban maltratos de vida. Julia parecía haber estado en “el giro” antes de nacer y hablaba con ellos como si todos también lo hubiesen estado.

  • No tengo habitaciones como las que ustedes buscan. – Dijo Julia.

Oír a eso descorazonó a Luciano. Pero María, que había aprendido que en el “giro” el “no” es una de las muchas formas de llegar al “sí”, esperó pacientemente a que ella continuara.

  • Todos los cuartos habilitados para alquilar están ocupados. –Prosiguió monótona Julia.

La media luz dejaba a María discernir la repisa de la sala, donde una colección de botellas vacías de ron y cerveza intercaladas entre coloridas latas, trataba de disimular las carencias. Algo le decía a María que dentro de su propio “no” Julia encontraría un modo de hospedarla.

  • Pero hay uno, en la planta más alta, que es una posibilidad. No está habilitado pues ahí dormía mi madre antes de morir.
  • Cuánto cuesta – Preguntó Luciano.
  •  Alquilar a legales cuesta $10 dólares al mes. A los ilegales como esta niña que es del campo es por comisión.
  • ¿Comisión como? – Fue la primera pregunta que hizo María.
  • Pongamos el ejemplo de Cindy, la chica del otro cuarto de arriba, si ella ganara $10 por un trabajo, dos o tres veces al día, todos los días. Ella me daría un 10% ¿Sacaron la matemática?
  • No. – Respondieron María y Luciano a la vez.
  • Son brutos. Rentar fija a los legales son $10 al mes. Por comisión $50 o 60.
  • Yo le doy $60. Renta fija. Sin clientes. – Respondió Luciano.

Julia aceptó con un ecuánime gesto como si lo que le acababan de ofrecer no fuera una fortuna. Además insistió que lo hacía porque venía recomendada por Marco pues ese cuarto era especial para ella y estaba clausurado.

  • Trato hecho. – Dijo Luciano antes que Julia se auto-convenciera de no efectuarlo.

Al querer estrechando la mano de Luciano Julia dejó caer un bulto de llaves amarradas con un alambre al suelo. Luciano se las recogió y la invitó a que les enseñara el cuarto de arriba. El siglo que demoró sirvió para Julia decirle a María que había sido la verdadera dueña del negocio, de muy malos genios y que desde su cuarto en los bajos escuchaba a su madre tirando las puertas, tal como lo hacía en vida.

  • Yo no le tengo miedo a los muertos. Si se descuidan me deben tener miedo ellos a mí. – Le aclaró María descartando la posibilidad que Julia usara esos tipos de miedos para manipularla.
  • Pues yo les tengo terror. Y jamás vengo aquí arriba – Respondió Julia.

Al entrar la puerta, hileras de telarañas estrechaban la vista de un lado hacia otro. Queriendo demostrar que el ventilador ruso de tres paletas funcionaba revolvió más polvo y alborotó el vapor. Una inmensa vista de la Habana se abrió cuando Julia logró abrir los grandes ventanales. Ni una gota de aire venía con el sol.

María entregó sus ojos al más allá de los infinitos techos viendo al sol azorar a la Habana, como capataz a una esclava.

  • Este cuarto es un horno pero el más claro de toda la mansión. – Dijo Julia.

Un baño intercalado entre ese cuarto y el de Cindy, con solo una ventanita redonda explicaba el olor a moho.

  • Qué crees de esta opción. – Preguntó Luciano a María.
  • Creo que la única opción del que no tiene opción, es prescindir de su preferencia.

Luciano le pagó dos meses de renta a Julia, y sin hablarle de amor a María, regresó a la finca a buscar sus maletas. María, que nunca jugó a desear a Luciano entendió porque no sentía que lo había enganchado. En el avión, Luciano se descubrió lamentándose de tener que estar un día entero allí trancado y concluyendo que nada se comparaba con tener que dormir en aquel cuarto sucio como única opción para que un tío no te viole esa noche.

Y en cuanto el avión aterrizó se vio en el lado del mundo que para él, tenía arte para ponerle los deseos de sentirse vivo en pausa. Cavilaba que no solo regresaba de Cuba sino, de un año entero de no ver a Alessia, su mujer de toda la vida. Pero en vez de irse a Florencia a verla, se quedó en Roma. Rentó la habitación de un hotel que se cundió del perfume de María de tan solo abrir las maletas. Fue ahí que decidió que extrañaba más a María que Alessia, con tan solo un día de no verla. Fue ahí que el anzuelo de los encantos de María comenzaron a encajarse en su piel y decidir que lo que ya había decidido hace mucho, pedirle el divorcio a su mujer, era la decisión correcta.

Con María aun impregnada en sus camisas, Luciano salió al  día siguiente a rentar un carro para ir a Florencia a pedirle el divorcio a Alessia.

Continuará…

Por Jocy Medina

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. javier dice:

    Hola , lo primero felicidades por este trocito de novela , me tienes enganchado
    Quería preguntarte no se si por cultura cubana o por madurez , no crees que usas un lenguaje muy técnico y filosófico cuando escribes como Maria ,cuando se supone que es una (niña pequeña).
    Personalmente a mis 27 años jamás se me hubiese ocurrido esta frase “•Creo que la única opción del que no tiene opción, es prescindir de su preferencia”
    un saludo y espero ansioso la siguiente parte !

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