Habana Dura (21): El divorcio del italiano

Por los pasados 20 años ese viaje de Roma a Florencia lo regresaba a casa de algún viaje  de negocios. Un trayecto aburrido y liviano. Pero ese día, Luciano manejaba cargado de los plomo de las últimas veces. Con aires de guerra.

Al Alessia, la mujer de Luciano, ver que el carro que parqueaba en su villa traía a Luciano, corrió a donde él, a abrazarlo.

  • Pero que sorpresa, no sabía que llegabas hoy mi amor.
  • Traté de avisarte anoche, pero no me comunique.
  • Oh la la, y no sé si te sientes vivo, pero apuestísimo si estas. – Le dijo después del abrazo.

Ella quiso ayudarlo a entrar las maletas, pero el colgó en su hombro la única bolsa que había traido.

  • Tengo un vino especial para celebrar tu regreso. ¿Trajiste jamón Español? – Le dijo Alessia en camino a la puerta.
  • Es que pasé por Cuba y me lo quitaron en la aduana al entrar.
  • Cuba ¡No sabía que estabas allá! A qué fuiste a Cuba?

Luciano dejó que ella abriera la puerta y el olor a hogar robo su enfoque para contestar. La cálida piel del sofá, donde hacía tanto no dormía la siesta, lo invitó a cobijarse en el. Alessia iba en busca del vino, contándole que la piscina ya estaba terminada y que ni aunque hubiera piscina en la casa, Estefanía, la hija de ellos venía. Pero que a él le iba a encantar.

  • No vengo a quedarme Alessia.– Dijo Luciano.

Al oir eso, ella sintió que debió abandonar la encomienda del vino, darse vuelta, y sentarse en butacón cercano a escuchar lo que decía a él.

  • Me voy mañana en la mañana. – Continuó Luciano.
  • ¿Qué dices mi amor? Si acabas de llegar. ¿A dónde vas ahora?
  • Me quiero divorciar.

Como el que quisiera que alguien des-diga lo que acaba de oir, Alessia tapó su boca. Luciano percibió como la noticia desfiguraba el semblante de su mujer y le dio todo el tiempo que ella necesitó para contestar.

  • Cómo puedes decirme algo así Luciano? Cuál es la razón de la barbaridad que me estás diciendo?
  • La razón, tú la sabes hace mucho.
  • Por el fervor de tu cara presiento que la razón es una mujer.

Luciano tenía claro lo que quería, pero no la razón por lo que lo quería. El mismo fue al desván a buscar un vino para alivianar la conversación.

  • No dejes que una ilusión pasajera arruine un matrimonio de 20 años Luciano. – Dijo Alessia siguiéndolo al desván.- ¿Por qué vez de refugiarte en otra mujer no te enfocas en satisfacer a la tuya? Hace 1 año que no nos vemos…
  • Y diez que no tenemos sexo.
  • Cinco. Siempre te olvidas el viaje a Marbella.
  • Y como esto puede ser culpa de otra mujer si hace cinco años que tú yo no tenemos sexo.
  • Tú trabajabas día y noche, y estabas deprimido. Diciendo que ya no te sentías vivo. Yo te di el tiempo necesitaste para que te encontraras y regresaras con ideas de cómo revivir nuestra relación. En tanto, tú regresas pidiéndome el divorcio porque tienes otra mujer. La respuesta es no.

Los gritos llevaban la conversación a esquinas donde Luciano prefería no estar. Se sirvió su vino pensando que responderle.

  • Yo estoy seguro que quiero el divorcio, Alessia. – Le dijo.
  • Y yo estoy segura que yo no. Absolutamente no

Dos copas de vino después, Luciano fue a la ducha que él mismo había instalado para deshacer los nudos que dejaban los días de gran tensión en su espalda. El vapor del agua empañaba todo aún más y dentro de esa nube no le quedaba claro si quizás debió haberle pedido el divorcio a Alessia por teléfono y si era buena idea dormir esa noche allí.Pero al abrir la puerta, la nube disipó el valor, y poniendo un pie fuera del baño, todas sus dudas de Luciano recibieron sus respuestas.

El cuerpo desnudo de Alessia sobre la cama de ellos, pegó dos planchas de electricidad sobre el pecho de Luciano. Lo poco que quedaba muerto dentro de su ser, en ese instante revivió.Luciano fue a donde ella, como quien se acerca a libro. Cada estría marcaba una página de la vida de Luciano, cada curva lo llevaba a mundo donde él vivió. Alessia tomó una de las manos de su marido, dejando que la otra acariciara su pelo. La química de las caricias los unió en un beso.

Y recordando la única lección que María le dejó, le pidió a Alessia que le enseñara todo lo que en 20 años él no sabía de su cuerpo. Esa noche, más que su propio orgasmo, fue el de Alessia el que contó.

Pero la mañana siguiente, al ella darse vuelta para decirle cuan maravillosa noche había tenido con él, su desnudo cuerpo no encontró al de su marido. Por la cabeza de Alessia pasó “en la cocina haciéndome un café“, pero al asomarse al frente de villa y no ver el carro de Luciano supo que no había adivinado.

El sofá de la sala hundió a Alessia, y desde allí ella vio hundirse su casa, sus bienes, sus fotos, su todo, en una separación. Las dudas de “quién sería la otra mujer” y “será más joven que yo” doblaron su cuerpo en el sofá.

Las manos de Luciano no dejaron de sudar hasta que entro a un apartamento que rentó en Roma. Una semana pasó y aunque no encontró una buena razón porque la cual quería el divorcio. Se pinchaba y aún se sentía vivo. Para Luciano, eso era razón suficiente.

Con esas energías, para lograr contratos de trabajo solo tenía que pedirlos. Y de sus noches solitarias en el apartamento en Roma, nacían poemas impregnados de María en sus versos.

Tú me abriste las alas

Y te posaste entre ellas diciendo te quiero

Hiciste de mi un ciervo diminuto

y de ahí despegamos al más alto de todos los vuelos…

 Dejándose se llevar por la gracia de la permanencia, cambió el carro rentado por su propio coche, amuebló un poco su espacio a su gusto masculino, y se compró una máquina de hacer expreso tan moderna que de mirarla, en vez de café parecía que le iba a salir caminando.

Todo fluía genial, menos su vida amorosa, que parecía llevar demasiados plomos como para salir a flote. Cada una de las próximas veces que llamó a Alessia para pedirle el divorcio, ella se lo negó. Y cada vez que pensaba llamar a María no sabía que iba a decirle.

A veces a Luciano le parecía que poner en orden las fortunas de un vivo daba más trabajo que poner en orden las de un difunto. El mayor de sus desordenes sucedió el día que Alessia le regaló una cesta repleta de quesos y jamones al consejero de banco de la familia, y así consiguió la dirección del apartamento de Luciano en Roma.

Un domingo en la tarde fue a visitarlo. Al Luciano abrir, Alessia entró al apartamento y dejó caer su bello sobretodo blanco al piso. No traía nada debajo.

Los ojos de Luciano se escondieron tras sus dos párpados bien apretados, y sus tensos puños se tiraron al piso a recogerlo el abrigo. Luciano cubrió el cuerpo de su mujer y la llevó a un barsito que dividía la sala de la cocina, para ofrecerle una copa de vino y pretender que aquello no había pasado.

  •  ¡Seme honesto Luciano! – Le dijo Alessia. Después de esa noche tan linda que tuvimos cuando fuiste a Florencia. ¿Cómo me puedes seguir pidiendo el divorcio?
  • Hay razones que para entenderlas hay sentirlas y explicarlas parecen en vano.
  • Yo necesito saber la razón. Déjate de hablar boberías. Necesito entenderlo para poder ponerle el punto final que tú ya le has puesto. Tienes que decirme.

Luciano pensó en dos de las posibles razones y le habló de la que le parecía más cercana a lo que sentía para explicarle a su ex mujer porqué quería el divorcio.

  • Fui a Cuba a tratar aprender a vivir sin nada, y regresé con todo lo que quería.
  • Qué diablos quiere decir eso Luciano, a ver, dímelo en italiano. Dímelo en un idioma que una mujer entienda.

Luciano supo que ella no entendería, así que le dijo la que ella hace rato quería haber oído.

  • Una mujer. Es una mujer. – Dijo Luciano.

Alessia también le fue muy honesta con sus sentimientos. Empezó arrojando el vino tinto que Luciano acababa de servirle, en la cara a Luciano. Luego voló hacia la entrada, pero no para irse sino para desde allí darle todos los gritos quiso. Allí recordó el porta-retrato de madera que le había traído de regalo a Luciano, con una bella foto de la familia. Lo sacó de su bolsa y se lo lanzó a la cabeza. Con tan mala suerte, cayó donde las copas y solo tumbó la botella de vino.

Al otro día, en vez de ir a trabajar Luciano tuvo que ir al mecánico a ponerle un cristal parabrisas nuevo a su carro nuevo. Al querer pagar por el arreglo, su cuenta de banco aparecía milagrosamente vacía.

En vez de vivo, había días que prefería estar muerto. A veces pensaba que sólo  esa era una buena razón para llamar a María, pero no se decidía pues sabía que no tenía respuesta a ninguna pregunta que pudiera hacerle ella.

Continuará…

Por Jocy Medinamujeres cubanas

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