Habana Dura (23): El reencuentro con su militar

María iba montada en una guagua típica de un viernes por la tarde. Iba rumbo al Hotel Nacional, tratando de divisar lo poco de ciudad que podía ver entre el amasijo de gente. Delante de ella, un andrajoso, muy barbudo, con ojos llenos de cataratas, gritaba cosas. Hablaba sobre su carrera como piloto.

  • Yo quería que ir al cosmos. Yo era amigo del mismísimo Arnaldo Tamayo, y de haber sido comunista hubiese ido al cosmos con él y con Yuri Romanenco. Ellos que eran mis amigos.

La peste de su aliento hacía a la gente apretarse lejos de él. Lo loco, hacía a la gente reírse.

  • Pero me botaron por no ser comunista. Yo también quería ir al cosmos.
  • Oye viejo, cállate ya y lávate los dientes. – Gritó uno que ya no tenía para donde moverse.

El andrajoso siguió hablando de Tamayo y al María bajarse de la guagua, ese nombre se le quedó campaneando en los oídos, más alto que los aretes. De meter la mano en el fondo del bolso encontró el papel que había sacado del un calzoncillo de Sandro. En su puño llevaba los datos del teniente coronel, Camilo Tamayo, y en cuanto llegó al Hotel Nacional le rogó al chico de la recepción que le pasara la llamada a Guantánamo.

  • ¡Cosmonauta! – Dijo María en cuanto lo localizaron.
  • María Mariposa. No lo creo que seas tú ¿Dónde estás? ¿Cómo estás? ¿Dónde te metiste? Yo fui a la Habana a verte. Me dijeron que no estabas. Te busque por todos lados en ese laberinto de ciudad que tu escogiste.
  • ¡Cosmonauta! Déjame hablar.
  • Si, dime, dime.
  • Yo he crecido a demasiada velocidad aquí en la Habana.
  • ¿Pero eso es lo que tú querías, no? ¿Cuándo te veo María?¿Dónde tu estas? ¿De dónde me estas llamando?
  • ¡Cosmonauta! Déjame hablar.
  • Sí. Disculpa, es que estoy nervioso.
  • Creo que voy a regresar a Holguín. Creo que no voy a poder volar. – Dijo María tratando de no romper en llanto.
  • No, María. Mira, yo fui a tu casa. Tu padre está vuelto loco. Te quiere matar, y hasta a mí por haberte ido a buscar. Le cayó atrás a mi Jipi en un caballo.
  • ¿Tú fuiste a mi casa?
  • Si. Estaba desesperado por verte. Yo me aprendí tu dirección el día que me enseñaste el carnet de identidad en Santa Marta. ¿Recuerdas?
  • No sé qué hacer Camilo. No logro decidir que es peor, si un padre que mata o un tío que viola.
  • ¿Un tío que qué?
  • Aquí no puedo hablar.
  • Háblame en claves, pero dime.
  • Estoy en la recepción de un hotel y esta llamada se la están cobrando a la habitación de un cliente. Tengo que colgar.
  • Necesito verte María. Necesito hablarte.
  • Estoy bailando en el Hotel Nacional hasta el domingo. ¿Tú puedes venir?
  • No me toca salir, pero puedo pedir un permiso. Hablando contigo huelo tu perfume. Allí estaré el domingo María Mariposa, después del show.

El domingo, el Jipi voló desde Yumurí hasta la Habana y Camilo entró al Hotel Nacional como un perro husmeando los huesos de esa mujer. Le mostró un carnet al guardia que le dio libre acceso a todas las premisas. Encontró una mesa desde donde ver a María bailar y las dos horas de show pasaron sin el percatarse del vaso de agua que le habían traído a la mesa. Si antes se sentía atraído, el verla cabriolando el papel de india lo envenenó de algo para lo cual no había antídoto.

Al María verlo en una de las mesas, aún vestida en harapos y dos trenza en la cabeza, corrió a besarlo al final del show.

  • Bailas bello indiecita. – Dijo Camilo después del beso.
  • Dale, dame más besos que hace mucho no te veo. – Respondió ella jalándolo de nuevo hacia a él.
  • Y tú no tienes idea cuanto yo he pensado en ti.– Dijo el después del otro beso.
  • Vámonos a algún lugar antes que le quite ese uniforme aquí mismo “Compañero, Teniente Coronel”. No lo puedo creer, ¿es verdad que eres eso?
  • ¿Por qué, no lo parezco?
  • Eso suena un poco politiquero comunista, cara de eso no tienes.
  • Nunca te olvides que para arreglar un carro tienes que tener tu mano adentro.

María se deshacía los nudos que apretaban sus trenzas a la cabeza mientras a él trenzaba sus manos a las de ella. La llevó a Tarara, a una casa de militares que había rentado por una semana.

  • Tengo tanto que decirte y preguntarte. – Le aviso Camilo entrando.
  • Pero no quiero que hablemos. Quiero que me hagas el amor como aquel día que me hiciste mujer. Quiero olvidar todo lo que aprendí de mujer, y empezar otra vez como si fuera niña.
  • Creo que nunca te dije, pero fue magnífico concederte ese deseo de hacerte mujer.
  • Y dilo Camilo, de no haber sido así, todo lo que paso después hubiese sido funesto.

Camilo abrió una botella del mismo ron de la noche de Santa Marta. María fue directo a la ducha, y de allí llamó a Camilo para que él también se fuera a bañar. El se desnudó y más hirviendo que el agua se la robó a la ducha. Así mojada la llevó a la cama dispuesto a hacerle el amor, con amor.

  • Allá en Santa Marta, yo quería sexo sin amor. Quizás para tener algo que comparar si un día lo tenía con amor.
  • ¿Y la diferencia es?
  • Sin amor, los terremotos del orgasmo hacen temblar los genitales. Con amor, los terremotos te hacen temblar completa.

En las mañanas una preciosa playa les servía de portal. Las salidas a comer y ricoy los almuerzos que Camilo le cocinaba a María, le reponían las libras que perdían durante las intensas tandas de intimidad. La casa les brillo hasta que un día Camilo le recordó que tenía mucho que decirle y preguntarle.

  • Empecemos por ti, que ha pasado contigo María.
  • Que no me ha pasado, sería mejor pregunta.
  • En teléfono hablabas de un tío que te viola. Lo que yo me estoy imaginando es verdad.
  • Si. Dos veces. – Dijo en voz muy baja María.
  • Me lo temía. Lo intuí cuando él me habló. No me miraba de frente, titubeaba. No parecía estar hablando con un hombre.
  • Porque es un puerco. Con el respeto que se merecen los puercos.
  • Me dan ganas de ir ahora mismo y partirle hueso por hueso de las costillas.
  • Con eso no resolverás nada.
  • Claro que no. Pero yo sé como lo voy a resolver. Yo tengo gente en la Habana. Y por lo que sea que sepan de él, el va a pagar.
  • No te creas. Sandro es listo y sabe sacar la patica.

Por desgracia en este país, sacarle la patica a la revolución es un delito mayor que violar a una mujer. Pero en tu caso, por primera vez en toda mi carrera me alegro que sea así, porque violar es un delito muy difícil de comprobar en la corte, pero los negocios ilícitos no. Con una buena condena por esos delitos yo me encargo que los demás presos se enteren de la verdadera razón por la cual Sandro cayó ahí.

  • No Camilo. No le hagas nada a Sandro, que mi tía lo ama.
  • Quizás sea a tu tía a quien le esté haciendo el favor María. Su marido violó a su sobrina.

La salada brisa del mar refrescaba el rojo que punzaba en las mejillas de ambos. El camino del silencio lo llevó a mundos diferentes, donde María se defendía de sus miedos y Camilo maquinaba su venganza.María abandonó el portal para ir a enrollar su cuerpo en un ovillo sobre la cama. Camilo la siguió, y al apretarla con su la abundancia de su pecho, María sintió que los miedos se ahuyentaban. Y la mente se le vaciaba con las historias de Camilo de un viaje que había hecho al Rio Yumuri, su lugar favorito en Guantánamo. Y en su viaje en el barquito le contó que el rio llegaba a un cañón cuya grandeza terminaba en el momento exacto en que el rio desembocaba al mar. Le hablo del sendero que van a unas cascadas cercanas y a piscinas naturales donde nadar.

  • “Nadie en este mundo debe morir sin ver Yumurí. Ojalá que un día te pueda llevar – Concluyó Camilo.

Con Yumurí en la mente María se durmió. Como el que quiere raspar los restos de veneno, en vez de sexo, Camilo quiso ahondar un poco más en la bóveda donde María escondía sus trastornos. Pregunta a pregunta la ayudarla a desenterrar sus tristezas que ni siquiera ella misma se había permitido admitir vivió.

Camilo llegó a sacarle detalles como el de cuando Sandro la violaba por segunda vez, para resistir el asco, ella cerró los ojos imaginándose que era Camilo. Eso tornó el terror en un grotesco deleite por los cual aún sentía una profunda vergüenza y una culpa brutal.

Camilo aprovechó el ejemplo para hablarle a María de los grandes poderes de nuestra mente para protegernos de los traumas. Le aseguró que ella es una mujer valiente, que logra sobrevivir traumas que destruirían por siempre a otra persona.

Los alicientes de Camilo, rasparon cucharada a cucharada los pedazos de vergüenza y de culpa de adentro de su corazón.

Continuará…

Por Jocy Medina

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