Habana Dura (24): El hijo de Camilo

La lluvia perfecta para un aguacero de besos, los despertó. La nariz de Camilo disfrutaba despertar cerca del cuello de ella donde vivía lo más fuerte de su olor.

  • Yo creo que aquel día jugando a engancharte termine enganchada yo. Fue lindo volar.
  • Tú no eres tú la única que vuelas en esta relación.
  • Pero tengo miedo, porque te he dado tanto, y te lo he confesado todo, consiente de cuan imposible es nuestra relación. Camilo quiso pedirle a María que no tuviera miedo porque él sentía terror. Había algo que él no le había dicho que daba peso a su temor. No sabía que rodeo usar como preámbulo, así que empezó “el chiste por el final”.
  • Voy a tener un hijo. – Le dijo.

El silencio de María no disimuló el que una ola de sonido le había colisionado el pecho.

  • Mi mujer tiene 6 meses. Y quiero pedirte que te vayas conmigo a vivir a Yumurí.

María se levantó y se fue al portal con ganas de gritar, y no a Camilo. Miraba como se le hundían los pies en la arena al caminar, aún en su piyama, por la orilla del mar. Dos hombres que iban detrás de ella, pararon de chotearla con parecía que iba para rumbo al hospital de Locos, cuando Camilo se percató que lejos iba y corriendo la alcanzó.

  • Quiero decirle a Berta que aunque amo a ese niño que viene, a ella ya no. Después de ti más nunca la pude tocar, ni a ninguna mujer.
  • La respuesta es no.
  • Por que no María.
  • Yo no voy a ser la causa de tu divorcio Camilo.
  • Yo no me tengo que divorciar. Solo vente conmigo. Mira, hacemos una casita en Guantánamo. La gente allí es especial. Tenemos nuestros propios hijos. Yo puedo salir todas las noches a verte.
  • De veras son tan crueles los hombres como decía mi padre, o es que hacen las cosas sin pensar.
  • No digas eso María. Regresamos a ver a tus padres. Traemos a mi hijo de Cárdenas cada vez que podamos.
  • Ni tu mismo sabes lo que me propones.

María se sentó en la arena, dejando que el cálido mar de la mañana llegara y se fuera de sus pies, tal como parecía hacerlo todos los hombres de su vida. Y detrás de cada pedazo de plan que Camilo explicaba, como en trance, ella le repetía “tú vas a tener un hijo”.

  • Si María pero no quiere decir que lo nuestro tenga que morir. Es un buen plan. Yo te haré volar.
  • Eso no es volar Camilo. Eso es huir.
  • Huye conmigo.
  • Jamás. Jamás seré yo la causa de un dolor tan inmenso para otra mujer.
  • Otra mujer no pensaría dos veces en hacértelo a ti.
  • Discrepo. Son los hombres los que siempre me han sabido fallar.
  • No me digas eso Mariposa. Yo no te fallé. Tú eres la mujer de mi vida. Yo no sabía que existías cuando me casé, ni siquiera te conocía cuando concebí a ese hijo. Yo no sabía cómo se sentía enamorarse de una mujer. No te me vallas de entre los dedos así. Por favor, Mariposa yo te lo ruego.

Con la peor tristeza María se dejo abrazar por lo que parecía ser el hombre más triste de la tierra. Lloraban antes y después de los orgasmos. Camilo no paró de rogarle hasta que aceptando los cráteres que dejaba María en el, atravesó los de las calles de la Habana para devolverla a la casa que rentaba a guajiritas con fines de prostitución.

Ella le pidió que la dejara en el Puerto. Allí comenzaba la ciudad que llevaba décadas desvistiéndose en cámara lenta y ese día la vestía un Malecón de olas tan violentas como su dolor. Camilo quería llevarla a la entrada de la casa, pero María le recordó que él era Teniente Coronel.

  • Bajo el cielo y Cuba no se pierde ni un alfiler, María. Da igual. De proponérmelo yo encuentro esa casa en un santíamén.
  • No te lo propongas nunca. – Indicó María apuntándole con un dedo.
  • Claro que no, solo te lo digo para que sepas que aquí todo se sabe y las cosas solo se descubren cuando alguien quiere que se hagan saber.
  • Espero tu no seas ese “alguien”.
  • Mi trabajo es curar los locos y guardar a los hijos de puta que los torturan. Está lloviendo, déjame llevarte allí.

Cansada de tantos no, simplemente se bajó del Jipi y fue a la Habana que ni sesó la lluvia ni encendió las luces para que María llegara a casa de Julia bien. Esa noche, escuchando a Cindy chirriar la cama, se durmió. La mañana trajo un vacío más inmenso que las ganas de levantarse para ir a la escuela.

Después de una semana en eso, su piel olía al moho del baño. A veces se despertaba antes que el sol, y pasaba horas ante la gran ventana de su cuarto, con el pelo hecho nudos, tratando de encontrar algo solido en su vida de que sujetarse para no saltar. Y cada vez que Julia tocaba para avisarle que le quedaba menos de una semana allí, el único vuelo que contemplaba era ese.

Ya estaba casi convencida que matarse era tan solo un atajo más corto para llegar al mismo fin. Pero la frenaba asomarse y ver con cuanto se golpearía en el intento: herrajes oxidados, muros mohosos y alambres rumbrosos, para entonces llegar al colchón de basura acumulado por años en el patio de la mansión de atrás. De tirarse, calculaba llegaría medio muerta y eso no era matarse, sino lastimarse más.

Las risotadas de Cindy saliendo de su cuarto la despertaron de su insomnio un día. Acampanaba a su primer cacharro del día a la puerta y lo sujetaba bien para que no se le cayera escalera a bajo pues no había electricidad. Le dio alegría escuchar cuando cerró el portón pues no tenía deseos de salir a recoger huesos en la escalera si aquel hombre se caia. El timbre del teléfono sonaba aún más estridente cuando no había luz y la voz de Cindy corria por la casa con más agilidad.

  • Si, dígame. – Dijo Cindy
  • ¡Pronto!
  • ¿Quién habla?
  • Es Luciano.
  • ¿Cliente de quien?
  • Con María por favor.
  • ¿Cliente de María? ¡Un momentico, enseguida la llamo, no cuelgue!

Cindy voló las oscuras escaleras a donde ella y por primera vez María vio a Cindy sin aire.

  • Julia me dijo que tú estabas esperando la llamada de un italiano para algo de una renta. Es el Italiano. Te llama!

Por Jocy Medina

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