Amigos del enemigo (1): Inocente Paraíso, Cuba

Día de San Lázaro – Diciembre 17, 2014 – Mi día comenzó con un “ashé papá”, un rezo y una velita. Ese 17 yo volaba a Cuba con mi hijo Dennis, a donde un sol ardiente derrite el hielo con que Canadá cubre mis huesos. Por cuatro horas, el avión volaría por encima del enemigo mortal de Cuba, por ya más de medio siglo. Nunca imaginé que al llegar allá, el curso de esa historia tomaría otro rumbo.

A las 11 de la mañana, por la ventanilla del avión ya se podía ver el verde eterno de la isla. Desde lo alto, parecía un oasis tropical aun no descubierto, y demasiado virgen para ser la tierra enemiga del monstruoso imperio americano.cropped-16324610325_15f459776f_b.jpg

Apagándose los motores del avión, se encendieron los motores de Cuba. Motores que a los cubanos les despiertan la picardía, el doble sentido, y la euforia ser ellos en su tierra. En mi corazón se encendieron además, las ganas de latirle a la música cubana, y en mi paladar, las ganas de probar la comida de mi abuela.

Una ola de calor penetró el avión y choqueó el cuerpo de todos los pasajeros. El rio de sangre densa que corría por las venas de todo el que llegaba se licuaba, pensando ¡Ay que calor!, y yo solo pensaba, ¡estoy en casa! Una capa de humedad engulló la piel de todos que cargábamos paquetes y caminábamos entusiasmados rumbo al edificio del aeropuerto.

Todo bien, hasta que entrando al aeropuerto sentimos que la guillotina del sistema cayó y dividió el mundo bajo nuestros pies.

  • Los cubanos a la izquierda mami. – Me dijo una oficial muy flaquita, vestida de un uniforme verde claro, con muchos moñitos en la cabeza, y ojitos en extremo diestros, pues de bastante lejos notó que el pasaporte que yo traía en la mano era cubano.

Mi hijo, que de pasaporte era canadiense, pudo seguir adelante con los demás extranjeros directo a las garita a las que van los extranjeros sin tener que detenerse.

Iba yo rumbo a la izquierda, cuando una oficial de un moño frondoso en el tope de la cabeza insistía en que yo pagara dinero por seguro médico. Le enseñé la tarjetica que demostraba que yo tenía seguro internacional, y estaba cubierta.

  • A ver como esta tarjetica me va a asegurar a mí que tú vas a pagar tu cuenta de hospital si tú te me enfermas aquí. – Me dijo la oficial poniendo la tarjetica ante mis ojos.
  • Esta tarjera de seguro internacional le asegura todo eso.
  • Allá afuera a lo mejor, pero aquí en Cuba es diferente. Yo necesito un papel con cuño que me asegure que…

Para que dejara ya de bambolear el moño al ritmo de todas las sandeces que explicaba, tiré un billete sobre su buró para pagar el seguro por el mes que iba a estar. Después del cuño, el moño se quedó tranquilo. Una de sus manos avisó que ya me fuera, y la otra le avisó a la cubana que venía detrás de mí, que se sentara en mi silla.

  • A la izquierda mamita. – volvió a decir la oficial flaquita señalando a la cola de inmigración marcada “solo para cubanos”.
  • ¿Y el baño de los cubanos también es la izquierda? – Pregunté con ironía
  • Sí, mira está allí. Ay, y si traes caramelo me puedes dar algunos? –añadió.

De responderle le hubiera sugerido que lo comprara con el dinero que le acababa pagar por el seguro médico, pues lo único “seguro” que tenía ese dinero era que se lo iban a compartir entre todos ellos. Por la indolencia de mis ojos, ella dedujo que no me había gustado su pregunta.

En la garita de inmigración, un oficial con modales de perro rabioso me ordenó que me ubicara delante de una cámara. “No sonrías” fue lo único que dijo en idioma humano, como si fuera de humanos sonreír en situaciones como esas. Examinó mi cara. Examinó la foto que tiró. Examinó la foto del pasaporte. Repitió eso tantas veces, que hasta yo empecé a dudar que mi pasaporte era legítimo.

Tres roñosos cuños estremecieron su bureau y destornillaron mi rodilla. Ladró un “ya puedes salir” a la vez que apretaba un botón que emitía un ruido fatal. Una puerta metálica se abrió y me puso un tanto más cerca de mí tan ansiado sol, música y comida.

Del otro lado de la puerta, la bruja de Blanca Nieves se había vestido de enfermera para desde su rinconcito del aeropuerto llamar a los cubanos. Su trabajo era pedirles el nombre y dirección donde se quedarían durante su estancia en Cuba, para tenerlos localizados en caso que trajeran dengue, cólera o Ebola o cualquier otra epidemia. Pero como los motores de Cuba ya me traían híper despierta, yo había puesto mi pasaporte canadiense encima del cubano para a partir de ahí, hacerme la extranjera.

Entre el pasaporte y la palidez que traía en el rostro no fue difícil despistar a la bruja. Seguí hacia adelante con el bulto de extranjeros y me paré al lado de mi hijo, que por suerte es alto y rubio y me hacía lucir aun mas extranjera.

La cubana que venía detrás de mí no pudo despistar a la enfermera. El mazo de cadenas de oro que traía en el cuello y sus uñas postizas “a lo gavilán” le delataron lo criollo. De ahí en adelante no hablé más, y si me preguntaron algo en el chequeo de seguridad de equipaje, respondí en un español tan malo que parecía ingles. Por eso nunca me mandaron a las pesas donde los cubanos, si se pasaban de los 32Kg de equipaje, pagaban cada Kg al precio del oro.

Cuban man washing his bike
Lavando la bicicleta Jocy Medina

La cubana de atrás de mi traía una bicicleta que según la vampira de la aduana costaba más entrarla a Cuba que lo que había costado la bicicleta en Canadá. Nunca supe si pagó o le regaló su bicicleta, porque en cuanto tuve las maletas, me colé con Dennis en el centro de la ola de extranjeros que salían por las grandes puertas del aeropuerto de Varadero.

La ola me llevó hasta el tumulto de cubanos que esperaban a sus familiares. Allí los besos y abrazos de los míos me hicieron olvidar a la del moño frondoso, a la flaquita pedigüeña, al perro rabioso, a la bruja enfermera y a la vampira aduanera. Faltaban los besos y abrazos de mi abuela que no había ido a recibirme para quedarse haciendo nuestro almuerzo allá en la Habana.

Por el camino, yo disfrutaba el viento caliente azotándome el pelo mientras Dennis le contaba a la familia sus propias anécdotas de la entrada a Cuba. Contaba que un oficial perro rabioso como el que me tocó a mí en inmigración no quería creer que él decía. Y como Dennis tenía solo 15 años, querían ponerlo en una habitación y llamar a su familia para que vinieran a buscarlo.

  • ¡Y eso fue muy “asustoso”! – añadió.

Todos en el carro se doblaron de la risa porque Dennis continuó su historia sin darse cuenta que acababa de inventar una palabra. Y más risa causó que protestaba porque una palabra tan útil como “asustoso” no existiera en Español.

Estábamos en medio de la jocosa tirantez de encontrar una palabra que reuniera todo lo que Dennis quería expresar con “asustoso”, cuando la voz de Raúl Castro se escuchó en la radio.

Continuará…

De la novela “Amigos del Enemigo”

Por Jocy Medina, para un Pedacito de Cuba

Sobre la novela:

“Amigos del Enemigo”: Es una especie de novela diario que retrata lo que se sintió en los barrios Cuba a raíz de reanudarse las relaciones entre dos grandes y viejos enemigos (Cuba y Estados Unidos). Ofrece vívidas imágenes de cubanos en medio de su lucha existencial por ser feliz, en una sociedad que se hunde en los oscuros pozos del turismo sexual, la prostitución, las carencias, la violencia, las restricciones y el auge del uso de las drogas. Son historias que a golpe de amor, ron, baile, y sexo, no solo reflejan crudas realidades de la actualidad cubana sino también la alegría, coraje, picardía e inteligencia de los cubanos para salir adelante. Es una historia que explora lo que podía pasar en Cuba a raíz de las nuevas relaciones con los Estados Unidos, a través de opiniones que se balancean entre la esperanza y desesperanza de que en Cuba la situación mejore.

 

 

 

 

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. italisama dice:

    lo mas grande,,, la vida sigue igual,, ya lo dijo villaverde al salir del hospital

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  2. Es bueno conocer las historias de Cuba por medio de tu blog. Mil gracias por compartirlas♥

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