Habana Dura (26): Bellezas cubana de la Habana

Un extranjero vino a donde María y le avisó “Yo no vine a lo mismo que ustedes”. Sin pedir permiso se sentó en el banco junto a ella y dejó que el humo de su cigarro nublara el ánimo tranquilo que hasta entonces, reinaba en el parque.

  • ¿No viniste a lo mismo que quién? – dijo María rompiendo la nube de humo con su mano.
  • A lo mismo que tú, tu amiga y que mi amigo. – Respondió el hombre.
  • De que tú hablas ¿Y a que vinimos nosotros? si se puede saber. – preguntó María.

El extranjero se demoró en contestar lo que demoró inhalar la próxima cachada de cigarro. Dejando otra nube de humo entre ellos, le respondió:

  • Mi amigo acaba de llegar a Cuba. Lo traje a la Habana Vieja a que viera las bellezas de esta ciudad. Pero una belleza de la ciudad se lo llevó para su casa. Tú amiga. Dice que lo trae en una hora y que los esperara aquí contigo.

María achinó ambos ojos para preguntarle: “¿Y qué te dice a ti que tú sabes a lo que yo vine?

El azul de los ojos del extranjero conectó su intensidad al negro brilloso de los ojos de María. Bajó la vista directo a los pies, y la subió leyendole la vestimenta cubana: sandalias plásticas, piernas largas, short corto, blusa sucia amarrada a la barriga, brazos cruzados, labios sin pintar, pelo bello pero desgreñado, ojos de “te voy a estrangular”.

  • Realmente no sé a qué viniste. – Le respondió el extranjero.
  • Pues déjame decirte hombrecito anacoreta: Yo vine a este parque a ver como los turistas vienen a buscar “bellezas en la Habana”, para luego maltratarlas con su órgano sexual.
  • Los extranjeros no maltratamos a nadie. Ella fue la que vino y le propuso…
  • 10 dólares una singada ¿no? – interrumpió María. – ¿Fue eso lo que propuso? Eso no es maltratar a una mujer, es solo pagar por ella. Vergüenza les debía dar. Y ahora con tu permiso, voy un momentico a la esquina a vomitar.

El hombre la vio levantarse y dispararse rumbo a la esquina. A María, más que sudor le corría ácido por su piel. No había decidido a donde irse, pero claro le quedaba que sería rumbo opuesto al de casa de Julia. Con un azul casi apenado en los ojos el extranjero fue a la esquina para hablarle a María.

  • Disculpa joven, no quise ofenderte.

María lo miraba hielo fijo del que de pronto no entiende el Español.

  • Mira, puedo invitarte a un trago a algún lugar? – añadió el extranjero.
  • No. – resondió ella.
  • Claro, entiendo. Pero… ¿Puedo volverte a ver?
  • Por supuesto que si. Mírame– Dijo María recorriendo sus manos a lo largo de su cuerpo. – ¿Ya me viste? – le preguntó satírica.

Diciendo eso se lanzó a la gran avenida y como no miró para cruzar, los carros maniobraron para no chocar con ella. Un fina vena de la Habana la succionó y se la llevó a lo lejos. El extranjero que desde la esquina del parque la miraba irse, quisiera haber tenido un lazo en los ojos para regresarla.

María dobló y el azul cuchillo de los ojos del hombre dejaron de pincharla. En cuanto se le acabaron las razones para seguir doblando en cada esquina, la Habana puso delante de ella unas bien conocidas escaleras de mármol blanco. Era su escuela. Entró al salón de ensayos como quien entra a su casa.

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Se sentó en una esquina del salón para no interrumpir y allí notó las grandes ampollas que traía bajo las tiras de las sandalias. En el centro del salón estaba Fermín, su amigo, que bailaba un típico danzón. Mirándolo soñó con un día poder bailarlo con él, sintió que su escuela era lo único en la Habana que la regresaba a sus sueños. Cerró los ojos y llenando sus pulmones de la energía viva de la casa, extrañó no haber estado venido a clases por tanto tiempo. Al abrirlos, tenía a la instructora delante de la cara de ella.

  • Por tantas ausencias injustificadas la Directora te quiere expulsar María, yo tu voy directo a su oficina a hablar con ella. – Le dijo la instructora.

La noticia colorió en su alma una desilusión mas fiera que la que ya traía. Su cara se tornó tan  blanca como el mármol de las escaleras. Dejó a su cuerpo caer sobre la pared que tenía detrás y mirando al techo le dijo a la españolita que la iba extrañar.

Fermín terminaba el danzón y algunos ya aplaudían. Detrás de los aplausos, se escucharon nacer vientos que de pronto mecieron la casa. Un súbito azote a los ventanales de la escuela rompió cristales y los tiró justo al lado de Fermín.

El elenco entero corrió a la esquina donde estaba sentada ella, a recoger sus bolsas para irse. Nadie, excepto Fermin, notó la presencia de María.

  • ¡María recoge y vete, que hoy el mundo se va a acabar mi amor! – Le dijo Fermín al verla aun sentada.
  • ¿Acabarse por que?

La Directora aplaudía en el umbral de la puerta del salón tratando de aclamar la atención del elenco. Al ver a María, la Directora ofreció una cara de “¡Y tu que haces aquí!”. María regresó la vista al techo pidiéndole a la españolita: “Ay amiguita, que no me expulse, que no me expulse”.

  • ¡Silencio por favor! – Pidió la Directora tratando de romper la algarabía del elenco. Como saben, hay anunciado huracán.
  • Y dicen que viene en grande, así que vamos echando. – Respondió Fermín con todo ya recogido.
  • Y como todos saben, en nuestra revolución, hasta en huracán hay que dar el paso al frente. Porque los turistas siguen viniendo al país y hay que seguir recaudando divisas para que la economía se levante. – continuó la Directora.

Todos los bailarines la miraban con ojos de “a ésta se le olvidó su pastilla”. Se alineaban como para quedar en punta para salir en cuanto ella despejara la puerta.

  • La Dirección de Tropicana “El Paraíso bajo las estrellas” nos ha hecho un pedido importante. Dicen que necesitan 4 bailarinas para que cubran el show a partir de mañana. Fermín miraba a la Directora con cara de “a una pila de gente se les olvidó su pastilla”.
  • Tropicana es al aire libre compañera, con este huracán, van a volar las bailarinas, los extranjeros y todas las estrellas. – Dijo Fermín con aras de que eso hiciera a la Directora descartar la idea y despejara la puerta.
  • ¡A Tropicana la cierran cuando llueve! – Añadió otra bailarina.
  • Pues este año no la van a cerrar. – Respondió la Directora. – Estamos en Período Especial y el país necesita recursos para que nuestras escuelas y nuestros hospitales continúen funcionando. Hace falta divisas y Tropicana genera muchísima.

Ignorando la lluvia de protestas, la Directora pidió que levantaran la mano las 4 que pueden. Al ver que no se levantó ninguna, se quitó de la puerta y cuando salieron todos, en el fondo del salón, aun sentada en una esquina, vio que la mano de María estaba en alto y que María, con lánguida voz dijo “yo puedo”.

  • Tus semanas de ausencias injustificadas ha causado serios daños a la escuela que como ya ves carece de talento. Todas las bailarinas o se van del país o van por ahí con extranjeros. Y aquí eso no se tolera. Ya tengo todo listo para expulsarte. Pero por ser la única “estrella revolucionaria” que ha dado el paso al frente en tiempos tan difíciles como estos, voy a reconsiderar.
  • Ay, no sabe cuánto me alivian sus palabras.
  • Yo sé que es huracán y que es peligroso andar por la calle en esas condiciones. Tu dedicación es un acto revolucionario. Y si tuviéramos papel con que hacerte ahora mismo una carta de reconocimiento por esto, te la hiciera.
  • Gracias, no hace falta.
  • Esas cartas son buenas para si alguna vez piden un elenco para algún viaje afuera.
  • Bueno, como no hay papel, acuérdese de esta carta cuando haga falta.

En lo que la Directora fue a buscar los detalles del show en Tropicana, María miró a donde la españolita.

  • Oye, te pasaste, hasta huracán mandaste para salvarme. ¡Te debo una amiga!

La alegría puso a María de pie. Y la directora le entregó una notica que decía, “en Tropicana mañana a las 8, ”

Al María poner un pie fuera de la escuela una lluvia de huracán que comenzaba la bañó. El viento que a cada rato la empujaba a favor de casa de Julia le hacía el camino mas rápido. Pero de todo lo que la sacudía, lo que más choqueada la traía era que no la habían expulsado de la escuela y para colmo, había acabado integrante del elenco de Tropicana, el gran sueño de toda bailarina.

Llegó a casa de Julia más empapada que la misma lluvia. Al entrar, los ojos azules de un hombre que hablaba con Julia en la sala se voltearon para verla. Al lado del hombre, el oji-verde que se había ido esa tarde con Cindy la saludaba. La cara de María no inspiraba preguntarle cómo estaba.

  • Vine aquí a guarecerme de la lluvia.– Dijo el hombre frunciendo sus ojos azules.
  • María, el Señor David vino a verte.– Dijo Julia.
  • Imposible. El señor David a mi no me conoce.
  • Claro que te conoce, ya le hice tu historia. – respondió Julia.
  • ¿Qué historia Julia, que historia mía usted se sabe? Si usted y yo nunca jamás hemos conversado. – Preguntó María.
  • La tuya y el italiano, que pagó la renta, y te dejó aquí tirada y más nunca pagó nada. Que en una semana debes irte si alguien no paga tilín estancia y que no tienes donde ir aquí en la Habana.
  • ¿Y la privacidad Julia, esa no estaba incluida en la renta? – respondió María.
  • El Señor David puede ayudarte a pagar la renta hija.
  • Usted solo piensa en su renta. ¡Su corazón está más vacío que las botellas que adornan su repisa!

María dejó a los visitantes con Julia y voló escaleras arriba a trancarse en su cuarto. Llegando a su piso, vio que Cindy salía de la ducha en blúmer con sus jeans rojos en la mano.

  • María, viste al inglés mi amiga.
  • No sabía que era inglés. Más bien creía que venía de Anacoretolandia.
  • Oye que es diplomático. Trabaja en la embajada inglesa. Se llama David. El Yuma mío tiene un nombre raro. Algo de Cherlo pero yo le digo Chuli, que es más fácil. Y es de en un país con otro nombre raro. “Erlan, Irlan”, no sé. Lo único que sabe en español es “mañana”, y me lo repitió mil veces. Así que creo que viene “mañana”.

Por primera vez en todo el día María se rio a carcajadas.

  • Pero el tuyo habla español perfecto, – prosiguió Cindy- cuando yo regresé a Chuli al Parque Central hizo que lo regresara aquí porque quería volver a verte.
  • ¡Ay no ves que es odioso!
  • Oye tienes la “Guajira” de guardia hoy. ¡Qué arisca! Si tú ves el carro que tiene, se te quita eso. Yo los dejé con Julia porque tengo que regresar a lo mío, pero tu deberías ir a conversar con ellos y …
  • Cindy! Cindy! Para. – interrumpió María. -Te tengo una buena noticia.
  • ¿Qué cosa?
  • Voy a bailar en Tropicana. ¿Tú sabes lo que significa eso?
  • No. Ni idea.
  • Bueno, yo tampoco. Pero allí bailan las estrellas. Es lo mejorcito que puede aspirar una bailarinita de mierda como yo.
  • ¿Cómo que bailarinita de mierda? A las estrellas no les llaman estrellas por casualidad, le llaman así porque brillan, aunque ellas mismas no lo vean. Si no fueras una estrella, no te hubieran escogido amiguita linda.
  • No me escogieron, es que faltaba personal por lo del huracán y yo levanté la mano.
  • Si no fueras buena no te hubiesen dejado sustituir a una estrella María. Míralo así.
  • Cindy, yo quiero llevarte a Tropicana. Voy a coordinarlo todo bien mañana. En el tiempo que he estado aquí no te he visto alejarte ni un metro de esta pesadilla de casa.
  • Ni quiero hacerlo. El día que me aleje es para irme Caibarien a buscar a mi Julito. Yo no quiero más hombre que ese. Ya lo veo tan cerca, mi amiga. Tú ve, baila, disfruta, y cuéntame luego de todas esas estrellas.

La cercanía de Cindy hizo que esa noche la Habana, desde la ventana, le pareciera más cercana a María. De todo lo que Cindy le dijo, la palabra que palpitaba era “amiga”. Nadie nunca la había llamado así.

Esa noche, a pesar de los tirones de puertas que daba el fantasma de la madre de Julia al batirse contra la amenaza de huracán en la Habana, María durmió con paz.

Continuará…

Por Jocy Medina

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