Amigos del enemigo (10): La moda de la Piedra en Cuba

Las ganas de ver a Janet se triplicaron al doblar en la calle 13 y ver de lejos el Cine Metropolitan. En mi mente, ese el punto en que se acaba a lo que yo le llamo mi barrio y empieza el de Janet.

El viento de un frente frio que decían que entraba ese día soplaba en dirección a casa de Janet y como si la acera no estuviera hecha trizas, mi paso tomó una mejor cadencia. Al Amigos del enemigoletrero del Metropolitan le quedaban bastantes letras. Y a pesar de la confusión de pintura que descascaraba su fachada, a la mente me vinieron recuerdos de cuando estaba pintado de azul decente. Allí íbamos yo y Janet a ver películas y sin falta salíamos protestando porque durante el filme nos caía una lluvia de semen en la cabeza. Los hombres solos se intercalaban entre los amantes que iban a besuquarse y las amigas que iban a ver películas.

Los recuerdos alumbraban ante mis ojos con tal intensidad que no me había percatado de los 20 años de churre que se acumulaban en las escaleras, ni del hombre que había sentado en una silla de hierro en la entrada del cine. El me miraba con fijación pero su vista no se conectaba con la mía.

  • ¡Jocy, que linda! – dijo el hombre.

Su llamado apagó la luz los recuerdos ante mis ojos, pero mucho que lo miré ni siquiera me parecía conocido. Normalmente las arrugas no me impiden reconocer viejos amigos, pero llegué a donde él sin lograr adivinar quién era.

  • Tú y yo fuimos novios cuando teníamos 13, 14 años, algo de eso. ¿Te olvidaste de mí? Sus ojos verde-intensos me recordaban a los ojos del amigo de Roky el rockero, que tenía pelo largo, usaba pantalones apretaditos y unas botas inmensas. Su nombre no me venía a la mente. En cuanto sonrió confirmé que era él, y me acordé de la noche en que nos hicimos novios en una fiesta a la que había ido con Janet y otros amigos. Nos dimos un beso infinito mientras todos los demás cantaban la letra de la canción “hotel california” en un inglés que era más bien lo que parecía que oímos no lo que sabíamos que decía.
  • Pero poco después del beso, terminamos fajados porque al final de esa noche él insistió en echar una pastilla de Parksonil en mi vaso de ron.
  • Soy Marcos. El amigo de Roky. ¿Te acuerdas? – me dijo.
  • Creo que me acuerdo. Pero no recuerdo haberte visto después de aquella noche. – le respondí.
  • Caí en un correccional de menores y después en el tanque. Fuera del tanque me empastillaba por gracia, en el tanque me convertí en pastillero de primera.
  • ¿Eso te debe haber jodido el coco, no?
  • Un poco. Pero hay algo que nunca olvidé Jocy. Es algo que me dijiste esa noche y por mucho tiempo fue mi lema.
  • ¿Yo? No recuerdo haberte dicho más nada que haberte mandado a freír tuzas.
  • Pues mira, me dijiste: “nunca juzgues a nadie por su pelo”. Tú traías puesta ropa de hippy, collares de hippy, y pelo de hippy. Por eso te ofrecí una pastilla. Pero me dijiste que te gustaba la rumba y odiabas a los pastilleros. Sus piernas ayudaron a inclinarse hacia atrás y balancearse en las dos patas traseras de su silla de hierro. Sus ojos sin embargo me miraban como queriendo dar un salto al frente para acercarse a mí.
  • ¿Y por eso te cortaste el pelo? – le pregunté.
  • Me lo cortaron en el tanque. Porque aquí todo el mundo juzga a la gente por el pelo Jocy. A la escuela ya no te dejan entrar si tienes pelo largo. Hasta llaman a los padres a contar por eso. De pastillero de primera me metí a yerbero, y como eso si es candela me dejé mi pelo corto para que nadie sospechara.
  • ¿Yerbero? ¿Cómo un brujero?
  • Marihuana Jocy. Das una muela rica. Flotas todo lo alto que en este país podrás flotar. Pero tuve que sacarle el pie un poco, pues se puso de moda, y le andan detrás a eso.
  • Entonces, ¿la dejaste?
  • La yerba no se deja nunca. Pero ahora vendo y con lo que saco fumo un poco.

Las dos patas de la silla cayeron al suelo. Y su mano fue a donde el bolsillo. Me enseñó el fajo de billetes que traía, pero detuve sus intenciones de enseñarme el fajo de yerba que decía que tenía en el otro.

  • ¿Y con tanto dinero que haces aquí en este cine destartalado?
  • La secundaria suelta temprano. Los chiquitos compran cuanto salen. Y aquí estoy yo para vendérsela.
  • ¿Salen de la escuela a comprar marihuana? Oye como ha cambiado esto.
  • Y piedra. Nosotros con lo de las pastillitas éramos bebecitos de teta, Jocy. Los niños de ahora jalan más polvo que 3 aspiradoras. Las jevitas por una piedra se te encueran.
  • ¿Cuándo dices piedra, dices cocaína?
  • Bueno, bicarbonato con rayitas de cocaína, que es lo que hay aquí. No es como la que tú conoces de allá afuera. Es la moda nueva. Pero una pila de vendedores son policías así que ten cuidado. Lo mismo comprar que vender es candela.
  • ¿Y ese consejo Marco? Si yo no tomaba pastillas a los 15 años, tú crees que voy a jalar piedra a los 40.
  • Yo sé que tú eras una niña buena, pero pensaba que esa enfermedad se quitaba.
  • Yo creo que la tuya es la que no se quita. – le respondí.
  • Ah, no te imaginas que rico es ligar la piedra con un taco. El arrebato es lo máximo. El sexo es de primera.

Su miraba brillaba cuando ciertas palabras salían de su boca. Quizás el brillo del vicio, o quizás el brillo del que miente. Quizás Marco trabajaba para la policía y era parte de algún operativo antidroga. Quizás me estaba sondeando a ver si yo compraba o decía que había traído algo de afuera. Quise irme para no tener ni que indagar más en ese tema, pero Marcos agarró mi mano para impedir que ya me fuera.woman-584300_1280

  • Discúlpame. La verdad es que, no sé para qué te dije eso. Quizás porque desde que te conocí quería empastillarte y revolcarme contigo.
  • O quizás porque te metiste a policía y andas detrás de quien trafican. Y si te metiste a policía no te voy a adorar, pero si andas tratando de limpiar este barrio de la epidemia de las drogas, ahora mismo te doy un beso.
  • Pues dame un beso. – me dijo Marco.

Zafé mi mano, pues la mano de Marco se sentía más empegostada que las sillas del Metropolitan. El viento batió mi pelo y lo dejó apuntando en dirección a casa de Janet. Mis dos manos fueron a abrir un espacio para que Marcos viera mi cara, y decirle que me iba.

  • Yo quiero ese beso. Y tú también. Se te ve que también estás loca por terminar lo que no pudimos aquella noche. – me dijo.
  • No vuelvas a juzgar por el pelo, Marco. – le dije antes de seguir mi camino.

Continuará …

Jocy Medina

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