Habana Dura (39): El colmo de la desesperanza

Llegando al edificio de Belinda, María escuchó las voces de los hombres que jugaban dominó bajo el foco de la entrada y eso la incitó a recoger cuanta piedra vio en la acera. Al llegar al edificio, les mostró sus manos llenas de piedras y les advirtió: “Si alguno abre la boca cuando yo entre por esa puerta, se lo juro por mi madre, que les voy a partir la cabeza a todos”. Ni ellos le respondieron, ni ella tuvo que tirar una piedra. No fue hasta que llegó al tercer piso que María escuchó los hombres resumir el juego.

Al caer todas las piedras al suelo, Belinda corrió a abrir la puerta de su casa. Por la postura con la que María entró, la tía dedujo que venía sin alma.

  • ¿Se pelearon? – le preguntó Belinda bajando el noticiero para poder escucharla.

María abrazó a la tía y en los tramos que le permitían los sollozos le decía “No sé. En su país dan anillos y diamantes y que este hombre no pueda darme ni una esperanza”

  • Bueno, mi niña, tranquila. No me asombra. Un hombre de treinta y pico de años que no haya soñado con casarse es porque no es del tipo.
  • ¡Es, que yo no sabía que habían del “tipo”! Yo pensaba que uno se enamoraba y hacía todo lo posible por estar juntos y ya – protestó María.
  • ¡Ay, hija, hay dos tipos de hombres! Unos son como los piratas. Esos saben usurpar, conquistar y adueñarse de lo que les gusta. Esos se casan. Todos los demás, son como los mambises: mueren luchando por su libertad.

Consiente que David era del tipo como los mambises, Belinda abrazó a su sobrina.

  • Con ese tipo de hombre se sufre mucho María, porque aman más su libertar que lo que pueden amar a una mujer. Pero si no se decide, no te olvides que tienes a Luciano loco porque vayas a Italia. Ese es un pirata. Ese sabe lo que quiere y hasta parece que se está divorciando por ti.
  • No es por mí, tía. Él me necesita para para sentirse vivo y para todas las rarezas esas de las que habla. Él quiere que vaya para que su divorcio sea menos trágico. Él no me ama.
  • Pues mira, hace más que David, que se va de Cuba y no quiere darte ni una esperanza. Luciano ya gestionó hasta tu pasaporte.

María se quedó mirando a Belinda como quien cree que no escuchó bien la última palabra.

  • Sí, María, lo gestionó todo conmigo. Me llamó mil veces a casa de la vecina. Pagó tu Carta de Invitación para que vayas a Italia. Solo falta que pases a buscar tu pasaporte y que pongas fecha de salida.
  • Yo no voy a usar a Luciano, tía.
  • Bueno, María, usar a alguien cuando es mutuo nunca es malo.
  • Yo no quiero eso.
  • ¿Qué quieres entonces, María? ¿Tú has pensado cuán alto vas a “volar” en un país donde uno no puede ni soñar con tener alas?

La electricidad se fue. Además de robarle la luz a La Habana, le robó las palabras a María. El apagón, además, silenció la fiesta de todos los vecinos. Ahogándose de calor, la tía salió a coger aire al balcón. María cayó desplomada en su colchón, donde la mente dio tantas vueltas como las dio su cuerpo.

Al día siguiente María se levantó con la palabra “matrimonio” trabada en la garganta. El batido de mamey que su tía le llevó a la cama para enjuagar un poco el sabor a congoja.

  • Nunca me imaginé que casarse fuera tan complicado – dijo María a la tía al aceptar el vaso de batido.
  • En Cuba es simple. La gente se casa por las cinco cajas de cerveza que te da el gobierno y se divorcia al mes siguiente. Pero, allá en el hotel donde yo trabajaba, los extranjeros me contaban la tara con que vive el mundo con relación al matrimonio. Mira, el canadiense de Mila lleva tiempo diciendo que quiere casarse, pero dice que ella solo quiere la Visa para irse de Cuba.
  • Yo también quiero la Visa. No para irme de Cuba, sino para irme con David.

Y antes que María empezara a llorar otra vez, la tía le pidió que la acompañara a la panadería.

  • La cola del pan me transporta a Buenaventura – comentó María estando allí.
  • Mi cabeza vive en Buenaventura. No pasa un día sin que yo quiera regresar – respondió Belinda.

Una viejita muy flaca, de la que solo se veía un pañuelo rojo amarrado en la cabeza, collares de colores y una sonrisa inmensa, se acercó a ellas con ayuda de un bastón. “Ay yo también soy de Buenaventura”. La noticia creó abrazos e intentos de ver si conocían gente en común. María no le quitaba la vista a los collares y le comentó que el de cuentas azules y blanco transparente se veía muy bonito.

  • Yemayá, la Diosa del mar – dijo la viejita – Te llama la atención porque en tu camino hay un viaje. Ponle flores blancas para que te ayude, porque hay algo en ese viaje que no funciona, mi hija.
  • Viste tía, te lo dije. Ese es el viaje a Italia. Mire abuelita, mejor no ocupo a Yemayá. Lo mejor es que yo no vaya a Italia – dijo María.
  • Es obvio María – dijo Belinda – Claro que si Luciano te pide matrimonio y le dices que no, algo no va a funcionar. Espero que no seas tan tonta.
  • Haz lo que dije, hijita, porque a mí Yemayá me dice que tú viajas – insistió la viejita.

Belinda, que no había dejado de mirar el collar negro y rojo de la viejita, le preguntó qué le decía Ellegua de su marido, Sandro, que estaba preso y le querían dar 15 años de prisión.

  • Si hija, – respondió fruñendo todas sus arrugas la viejita – me dice que ni estando preso el doble de ese tiempo paga por todo el daño hizo.
  • ¿Pero qué daño? – preguntó Belinda con cara de horror.

Espinas nacieron en los nervios de María. La señora llevó su mano a los collares y miró al cielo buscando qué más decirle, pero María impidió que prosiguiera. Le recordó a la tía que se hacía tarde para irse a la escuela. Por los horrores que traían las visiones, la viejita entendió por qué María no quería que ella hablara. La viejita se despidió con un “Dios las bendiga” y con la ayuda del bastón dio vuelta para irse.

María y Belinda no hablaron hasta llegar al apartamento. Para almorzar, la tía frió dos croquetas y las metió en los dos panes que le habían dado en la panadería. Almorzaron juntas pero conversaron poco. María llegó a la escuela sin ánimos de nada, pero una gran alegría casi paraliza la croqueta que almorzó en su estómago, cuando en medio del ensayo escuchó a la Directora avisarle a la Instructora que venía a buscar a las dos chicas que irían al viaje a México.

“Quizás ese era el viaje del que hablaba la viejita” pensó María. En una nube de esperanzas, calculó que su nombre sería uno de los que la Directora llamaría, pues, que ella supiera, ninguna otra bailarina de ese elenco se había ganado una Carta de Reconocimiento por levantar la mano cuando Tropicana, en medio de un huracán, le pidió ayuda a la escuela.

María se convenció que a veces la vida te quita cosas para darte otras mejores.

La Directora fue al fondo del salón a hablar con dos chicas que jamás habían seleccionado para bailar en ningún lugar, pues no sabían ni bailar. Y escuchó que al pasar la Directora con las chicas por delante de ella, hablaban de un papeleo que había que comenzar. María se unió a la fila y las siguió a la oficina de la Directora.

  • Que yo sepa yo no te llamé – dijo la Directora al ver a María entrar a su oficina.
  • Y que yo sepa, usted no llamó el nombre de la única bailarina que, según usted, se ganó Carta de Reconocimiento por ayudar al país a recaudar divisas en tiempos de huracán.
  • ¿De qué carta tú hablas? – preguntó la Directora.
  • Ah, si en esta escuela hubiera papel, ahora mismo le podría enseñar la carta de la que yo hablo. Pero, además de no haber papel, parece que en esta escuela tampoco hay vergüenza, porque estas dos chiquitas, que ni siquiera vienen a clase, ahora van a viajar.
  • Bueno, María aquí hay que darle oportunidades a todo el mundo – respondió la Directora.
  • ¿Y a estas dos se les dio esa oportunidad basada en qué? En que las dos tienen padres fuera de Cuba que le están pagando a usted para que las saque ¿Así es como usted le recauda divisas al país?

Si los ojos de las bailarinas fuesen uñas, las ropas de María se hubieran vuelto harapos. La Directora fue hacia ella y, enfurecida, no vaciló pedirle a María que saliera de su oficina.

María salió a caminar y regresó justo en el momento en que la Directora acuñaba una Carta de Suspensión Temporal para ella. Se la dio antes que María fuese a decir algo y le dijo que por un mes no podría regresar a la escuela. María tiró la carta en dirección a las muchachas que viajarían y saliendo de la escuela.

  • Yo no quiero suspensión temporal yo no he hecho nada más que decirle la verdad en su cara – respondió María más roja que la blusa que traía.
  • Pues yo bien que te advertí que para la próxima indisciplina ibas expulsada de la escuela. Ven a recoger tu Carta de Expulsión a fin de mes – respondió la Directora con un dedo apuntando a la salida de la escuela.
  • ¿Para eso si hay papel, eh? – dijo María y antes de salir, escupió delante de los pies de la Directora.

La brisa de la Habana la empujó hacia el Malecón. Se entregó al áspero muro deseando que el calmado vaivén del mar contagiara sus nervios. Aquel “Expulsada de la escuela” martillaba en su cerebro. Ante esas palabras, nada apaciguaba el desespero del vaivén del aire entrando y saliendo de sus pulmones.

Regresó a aquello que decían sobre la vida, que te quita una cosa para darte otra mejor. La escuela es lo único que era suyo realmente. Quitarle eso era quitárselo todo. “¿Y cuando la vida lo quita todo, qué viene después?” Pensaba ella. Se acostó en el muro del Malecón y lloró al saber que al irse su inglés, a ella no le quedaría más que un áspero muro donde ir a llorar por él.

Esperó a que detrás de La Habana el sol se escapara al mismo infinito que en unos meses se robaría a su David. La brisa le fue secando las lágrimas y en cuanto el azul del mar oscureció con todas sus ganas, salió rumbo a Siboney, a ver si en David quedaba alguna esperanza.

Continuará…

Por Jocy Medina

HavanaDura_Prelaunch v2Lea ésta novela cubana, una historia de amor duro.

 Habana Dura  relata las aventuras y desventuras de una holguinera que huye a la Habana a hacerse mujer, sin imaginarse cuán difícil la Habana se lo haría. Explora la sexualidad de una joven cubana, que buscando hacerse mujer pierde a borbotones su inocencia. Explica como funciona las relaciones en Cuba, como conquistar una cubana, y cuanto trabajo se pasa para que en relaciones entre cubanos y extranjeros, venza la confianza y el amor. Es un retrato de Cuba en los 90s, pero los pasajes son también un paseo por la cultura cubana en la actualidad. Es un homenaje a una idiosincrasia donde solo a golpe de amor, rabia, ron, sexo y mucha picardía, se sobrevive. Una oda al arte del cubano para -a pesar de las piedras que le tira la vida-, siempre salirse de un problema, victorioso.

En el blog leerla es GRATIS. Pero eres de los que gusta tocar, oler, y abrazar los libros, la novela saldrá en libro en el verano del 2016.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Dario dice:

    En los próximos 15 días estaré de turista en Cuba y quisiera encontrar a una mujer que me lleve a conocer las distintas atracciones

    Me gusta

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