Habana Dura: contada por el violador

Yo forcé a una mujer. Dos veces. Ahora júzguenme y si quieren, paren de leer. Para los que quieran saber la verdad, esta esta mi versión de la historia.

(Esta carta tiene contenido violento y sexual, si es sensible no siga leyendo… Por Sandro, Habana Dura)

Yo conocí a Belinda en uno de mis viajes a  Holguín, una india bella de Buenaventura, pelo que bamboleaba por encima de sus nalgas. Una mujer caliente, de esas que levanta burbujas del suelo cuando camina de tanto vapor que trae. Nos enamoramos. Ella me llevó a conocer a su hermana Estela, la única que me aceptaría en la familia pues yo soy mulato. Mis padres son guajiros del corazón de Cienfuegos. Y aunque a ti te lo nieguen, en mi islita, cundida de negros hay tremenda discriminación.

Estela me dio entrada a su casa. Incluso, allá nos quedábamos Belinda y yo los fines de semanas que yo iba verla de Cienfuegos a Holguín a verla.

El problema no era ni siquiera Juan Manuel, el marido de Estela, un guajiro mal parido que nos daba gritos a todos. El gran problema era María, la niñita de la casa, a la que todos llamaban Mariposa porque decía que cuando fuera grande quería volar. Esa vejiga de verme se enamoró y vivía convencida de que ella era mi novia. Ella dormía en el cuarto que daba al portal. Y a veces yo me sentaba allá afuera a darme sillón y a fumarme el tabaco con que me gustaba terminar el día. A través de su ventana yo la escuchaba jugar con sus muñecas. En su juego, la madre era ella, el padre era yo, y en su mundo de princesas nosotros teníamos sexo.

Yo tenía diecinueve años. Ella ocho. Aquella chiquita  sabía que cosa era el sexo. Una vez me asomé por su ventana y efectivamente, un muñeco se revolcaba con una muñeca y María  actuaba los detalles con su pequeñita voz. La muñeca hembra le pedía al muñeco macho que la desnudara. Ahí dejé de mirar. Me dio terror contarle a Belinda porque a mi nadie en esa casa me iba a creer.

Yo le huía a aquella tarada. Más que nada porque su padre llevaba un machete colgado en el cinto hasta para sentarse a comer. A veces, cuando estábamos en familia, la niña se me sentaba encima y susurraba a mi oído que ella era mi novia. Era una fresca. Su padre por suerte enseguida la regañaba porque yo no sabía como quitármela de encima. Y no les voy a contar lo que hizo un día que yo recogía guayabas en el fondo del patio de Juan Manuel. Pero les voy a decir que lo que hizo me causó una erección  que tuve que correr al cuarto donde Belinda todavía dormía y hacerle el sexo de forma bestial.

Para casarnos yo y mi esposa tuvimos que irnos de Buenaventura. El padre de Belinda no solo se opuso a la relación, sino que tachó a mi mujer de su lista de hijas por haberse casado con un mulato. Pasamos un tiempo en Cienfuegos, pero mis hermanos se habían acomodado en la casa que mi padre nos dejó cuando murió y ahí ya no había espacio para un matrimonio nuevo. Así que vendí mi yegua, que la tuve casi que regalar porque era puro hueso, diente y melena. Y con el dinero compre dos pasajes de tren para irme con mi mujer a La Habana, una ciudad que todos miran con un lente diferente. En mi caso, yo solo veía una ciudad donde no hay tierra donde sembrar por lo cual tenía que servir para hacer dinero.

Llegando me asocié con un loco inventor y con un marino mercante en un barrio que infectado de edificios de microbrigadas que levantaron los rusos. El loco creó una gran máquina para fabricar chancletas y el marino se robaba el la materia prima del puerto con que hacerlas. El día que la policía intervino para deshabilitar aquella producción clandestina y llevarse a los comerciantes presos, yo estaba en la calle vendiendo chancletas. Me puse de suerte.

En esos tiempos por poco nos morimos de hambre, porque Belinda consiguió trabajo en una cafetería de Alamar y traía para la casa más hamburguesas que la que vendía al pueblo. Y cuando llegó el Período Especial de los 90, que se desapareció todo de las tiendas, ahí fue que empecé a hacer dinero yo.

Empezaron a llegar los turistas cargados de maletas repletas de ropas, todos feroces detrás de nuestras criollitas. Empecé a venderle ropas a las misma que me compraban chancletas. En esa onda conocí a mil chiquitas que buscaban turistas y a través de esas chiquitas conocí a otros turistas que me traían ropas. Me hice maceta.

Una clienta me presentó a Mila, una flaquita de Buena Vista, de abuelos Chinos. Ella volvía loca por mulatos de serias dimensiones. Jovencitica. Ni se que edad tenía cuando la conocí. Ella iba hasta Alamar a buscar ropa para que su papá las vendiera allá en Buena Vista. Con esa excusa se me colaba en casa mientras mi mujer trabajaba. Y tanto dio que al fin mesensual1 aflojó carne. Aquella niña hacía más maravillas en una cama que cualquier temba. Le gustaba que le dieran nalgadas mientras ella te saltaba en cima. A veces me decía “ahórcame” pero hasta allá yo no llegaba porque una mano mía le daba la vuelta al cuello de ella y de un descuido se lo partía.

Pero a mí la que me gustaba era Belinda. Para quitarme a Mila de encima se la cedí a Marc, un canadiense que traía ropa todos los meses. Al principio ella se embabucó y me amenazó con decirle a Belinda y tal. Pero en cuanto volvió loco al canadiense, se hizo dueña del negocio, y se dio cuenta que esa era la forma de mantenerme a mi agarrado por los huevos. Siempre “a cuenta gota” como excusa para verme. Ella era la que traía las maletas a mi casa y como Marc le dejaba dinero yo era su comisión. Aquella China ya ni me gustaba. Con tanto ajetreo entre Marc y yo se puso más flaca que la yegua mía allá en Cienfuegos. Yo no sé cómo no se partía en dos con los saltos que daba sobre mi pene.

Cuando Belinda consiguió un trabajo en un hotel del Vendado, Mila misma nos consiguió permuta para un edificio en Buena Vista. Y en eso del turismo las horas laborales de mi mujer se doblaron. Yo diría que se triplicaron. La cercanía y la falta de Belinda hicieron que las visitas de Mila se convirtieran en un descaro, valla. Parecía que Mila era mi mujer y Belinda mi querida. Cuando Marc venía de Canadá, Mila hasta nos invitaba a cenar con ellos. A mi me daba pena con el tipo porque él se veía enamorando de esta China. Por eso me fui alejando.

Enfriándose esa relación, cogió auge un arrebato con la vecina del apartamento 4, una mulatica de ojos color miel y nalgas todo terreno. Pero ella, además de preciosa era una mulata muy brujera. Estuvimos unas cuantas veces pero ninguna de las brujerías que me echó me entraron. Yo tengo un negro taita mambí que me cuida, y me da la luz de todo el daño que me viene encima. Ese taita entró en mi vida en cuanto mi padre murió , yo creo que era mi bisabuelo. Un negro esclavo muy jodedor que tenía mucha fama en las barracas de Cienfuegos. Lo vendían de una finca a otra porque hacía hijos a todas las esclavas y todo el mundo en el batey pariendo a la misma vez era problemático para los amos.

Cuando la del 4 vio que mi taita no la iba a dejar que jugara sucio también me dejó tranquilo. Yo feliz, que aquello no se convirtió en una Mila nueva. Y más feliz cuando la mulata se convirtió en mi nuevo punto para llevar a los turistas buscando criollitas con curvas de revistas. Los extranjeros pagaban cualquier cosa por una noche con ella.

Yo extrañaba a Belinda. Que a pesar de los años me hacía feliz y ella decía que yo la hacía feliz a ella. Yo le daba todos los gustos del mundo. Ella era muy caliente. Tal como Mila, pedía que yo le diera golpe. Al principio me daba miedo, pero ya de cuarentipico de años, entendí que era solo un juego. Una vez dio tantos gritos que nos llamaron a la policía pero ya después aunque ella gritara diez mil veces “Auxilio” nadie venía a rescatarla. La gente sabía que eran gritos de placer.

Todo se volvió patas arribas cuando ese demonio de Buenaventura se apareció en Buena Vista. En primera se hizo del cuarto que yo tenía acomodado para engordar el puerquito del 31. Yo había tenido un año por todo lo alto y quería hacer una fiesta a los santos y a todos los que no eran santos que me ayudaron a tener el mejor año, en todos los sentidos, de mi vida. Fíjate que cuando nadie tenía transporte en la Habana, a mi se me dio poder comprarme una moto que,  estaba prohibido adquirirla oficialmente, pero pude pagar un traspaso de un viejo que  la tenía y murió. El hijo no quería la moto y para salir de ella casi me la regaló.

Lo único que yo no pude darle a mi mujer fue un hijo. Un pene tan grande y con tanta leche y ni uno de sus gusanitos les llegaban a los ovarios a ella. Yo no entendía. En eso no me parecía yo a mi bisabuelo. Quizás fue por eso que cuando el diablo de María llegó a casa, haciéndose la Mariposa, mi mujer se las quería dar de madre ejemplar. Lo que ella no sabía es que esa niña que desde el día que me vio, quiso volarle el marido.

Llegó haciéndose la olvidadiza, con una flor en la cabeza y un par de tetas que parecían toronjas bajo una blusa blanca sin sostén, diciendo: “tío Sandro me dejas vivir en tu casita”. Ahí mismo debí haber dicho que no, pero esos ojos de Belinda de “atrévete si tú eres hombre” me lo prohibieron. Supuse que se quedaría una semana, o a todo dar un mes. ¡No! Vino a vivir con nosotros.

Como mi mujer trabajaba de más, yo tomaba de más . Como la sobrina estaba en la casa, Mila ya casi ni venía. El día que vino Mila, la muy intrusa entró al apartamento sin avisar y nos agarró a punto de tener sexo. Por suerte no le dijo nada a Belinda.

Después de eso, yo traté de doblar la hoja y más o menos acercarme a ella, siempre con cuidado. Pero la muy bicha entraba y salía de mi casa con aquellos chorcitos remolcados hacia arriba que no importa de qué ángulo tú la miraras siempre le veías la punta de las nalgas.

Un día, le dio por ser bailarina. Ensayaba día, tarde y noche adentro de la casa, justo frente a la cara de su tío borracho. Daba unos brincos que parecían ballet pero marcaba un ritmo que parecía una conga.  La música que ponía despertaba a mi taita. Algo incontrolable pasaba cuando ella ponía a moverse como una esclava oyendo música de Síntesis. Y para colmos, se echaba un perfume de jazmín que hacía que mis huevos fritos olieran a ella, que el pan oliera a ella, que mi ron oliera a ella. Y en los momentos de mayor erección de mi pene, Belinda no andaba por todo eso. Dijo que practicaba para una audición.

En esos meses, en casa había que tener sexo bajito, porque la chiquita dormía en el otro cuarto y por alguna razón a Belinda le daba vergüenza tener sexo normal. Inconcebible Me By Marta Syrkoaquello. Un día, invité a unos socios a tomar a casa a ver si se enamoraban de la sobrina y se la llevaban pal carajo de ahí, pero ella ni los miró. Ni siquiera saludó cuando entró y nos vio en la sala. Mal educada de mierda que se creía que, porque Juan Manuel y Estela se lo daban todo, nosotros en Buena Vista teníamos que continuar los tratamientos de princesa.

Se me llenó el jarro y le pregunté que cuando se iba. Me dijo que en cuanto pudiera despegar el vuelo y volar con alas propias. Le pedí que repitiera todo eso en español que ella a mí se parecía más a una víbora que una mariposa. Me dijo: “por lo pronto, nunca”. Le pedí que pagara renta. Me preguntó: “cómo quieres que te pague si yo no tengo trabajo?” y entonces se me ocurrió una idea. Una idea tan macabra como ella: llevarla a donde Mila que en esos días andaba buscando alguna chiquita con quien hacer “cuadros de tortilla” entre ella y Marc. Mila me había propuesto hasta darle un cuarto a cambio que ella mantuviera la casa limpia. Por el sexo con ella y Marc ganaría buen dinero.

Era diciembre, pero había tremendo calor. El ron bajaba súper bien por eso fui a jugar dominó con unos amigos para que me ayudaran con la botella. Esa noche María llegó pasada la media noche. Un tipo en un Lada la dejó en la entrada del edificio. Como siempre, pasó y ni miró a donde los vecinos jugábamos dominó, haciéndose la larga.

En cuanto terminé mi trago subí a hablar con ella. Bueno, ella se había acostado a dormir, con la puerta de su cuarto abierta. Se había dejado el vestidito dorado que traía puesto, se había tirado en la cama con las nalgas al aire también pintadas de un brillo dorado, y enterrada entre sus nalgas, una tanga del mismo color. Ya eso último me voló la tapa de los sesos.

No sé ni en qué momento le arranqué la tira de esa tanga, el único recuerdo que tengo es de cuando que ya la tenía más ensartada que una aguja sobre el colchón. En ese momento, la muy zorra dejó de hacerse la dormida. Mi pene gigante entraba y salía de adentro de ella con una facilidad genial y yo sé que nadie me va a creer esto, pero la muy puta se vino con más leche que yo.

Fue ahí que se me ocurrió una idea el doble de macabra. En vez de con Marc y con Mila, la Mariposa pagaría renta directamente, teniendo sexo conmigo. Le expliqué clarito cómo sería toda. Todos los días, a más tardar a las 11 de la noche, ella tenía que entregarme esas nalguitas.  Me dijo que a esa hora ella trabajaba, que ella era bailarina y que a esa hora es que empezaban sus shows.  Y yo le dije, “mami, bájate de esa mata, que tus bailecitos no pagan renta, ahora por lo menos tiene un trabajito que pone un techo sobre tu cabeza”.

Después de eso, se perdió de casa por dos semanas. Yo pensaba que se había regresado a Buenaventura. Y quería enfocarme en mi matrimonio pues desde que ese diablo llegó a nuestra casa todo había sido un infierno. Hasta negocié el puerquito que iba a matar el 31 y por poco hasta lo traigo para el cuarto de María. Pero durante esas dos semanas, el poco rato que Belinda pasaba en casa se lo pasaba llorando por su sobrina, toda preocupada y en la bobería. Tan dramática que ni siquiera podía tener sexo conmigo. Me hacía llevarla en la moto a todas las escuelas de baile de La Habana para buscar a su sobrina. Y alguien allá arriba escuchaba mis rezos porque nunca la encontró.

Hasta que un día, solita, María regresó a casa. Ya yo me iba a dormir pues mi botella iba por la mitad y no quería emborracharme. Belinda llegaba a eso de las 4 de la mañana y yo quería esperarla fresquito para tener sexo con ella. Sexo como antes, lleno de pasión, locura, gritos y golpe. Pero no, María no pudo quedarse desaparecida pal carajo por ahí. Llegó a la casa encharcada en agua porque esa noche llovía a cántaros. Adivinen a qué hora toco a la puerta. A las 11. Lo demás, ya lo leyeron en Habana Dura. La llevé a mi cuarto y se lo hice de maravilla, esta vez por detrás. Y se quedó tranquila, sin chistar. No se vino, pero le gustó. Para que se fuera de mi cama la tuve que cargar y llevar a su cuarto y le dije “no preocupes Mariposa, mañana a las 11 nos volvemos a ver”.

Al otro día no regresó. No saben cuanto yo me alegré. Pero me las vi mal porque la muy hija de puta, antes de irse, echó Guao en cada uno de mis calzoncillos y acabé en el hospital patas arribas con los huevos ripiados. Por poco largo hasta el rabo.

Un mes después, la casa se me llenó de policías para hacerme un registro. Yo pensé que había sido Mila la que me chivateó, pues hacía rato que ella trataba de metérseme en la casa y yo esquivando y esquivando. Pero no fue Mila. El cabrón que me escoltó a la celda me dijo lo cantó bien claro en el oído: “esto es para que aprendas a guardarte el rabo en tu portañuela”.

Me echaron quince años por las ropas, dólares que me encontraron en casa. La cascarilla que yo guardaba en la gaveta para las limpiezas espirituales de mis muertos y tal, como era un polvo blanco, la anotaron como drogas. Ni pruebas le hicieron. En el tanque habían corrido la bola que el que entraba era un violador. Los precios recibieron con el título equivocado y muchos largaron los dientes por tal equivocación.

Yo no soy de esos que se esconden en las esquinas para caerle arriba a las mujeres y meterle nada adentro en contra de su voluntad. Primera, no tengo necesidad de eso. Segunda, si una mujer no me sonsaca no tengo ni media erección.

Yo no soy un violador. Yo fui el violado.

Esa chiquita violó mi hogar, mi matrimonio, mi negocio, mis huevos y mi mente. Ella se aprovechó de la bondad de mi mujer y a mí, me embotó los sesos con todo su ingenuo pugilateo. Yo soy un hombre. Quizás débil, quizás bruto, quizás idiota. Pero, ¿quién no lo es ante la carne? La verdad es que, la violadora es ella.

Y si algo que me enseñó la prisión es a vivir sin nada. Y ahora que salí que no tengo casa, ni esposa, ni reputación, ni amigos, ni negocio, ni nombre, es como vivir en otra prisión. Yo no tengo nada más nada que perder. Más que la comida, a mi me alimenta la idea que hay más tiempo que vida, y en ese tiempo, la Mariposa va a pagar alita por alita, cada cosa que ella violó. Da igual si estoy vivo o no. Pero todavía no me puedo morir porque me faltan dos cosas por hacer , una es matar y la otra violar a una mujer.

Sandro Salinas

Por Jocy Medina

(Esta carta es un texto asociado pero, no es parte de la novela, Habana Dura) img_5224

Si quiere leer la novela:

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