Paraíso (2): Voces del apagón


A la cama de Dalia le nacieron pinchos cuando de pronto escuchó la voz de Justina que, desde el portal de la casa de Pedro, gritaba groserías y pedía: “¡Ábreme la puerta! ¿Desde cuándo tu pasas el pestillo!” Dalia dio el mismo brinco en su cama que Pedro en la suya. En menos de diez segundos, por la ventana de su cuarto, ella vio cuán ágiles los brazotes de Pedro, ayudaban a un flaquísimo culo de mujer a cruzar el muro del patio.

Dame Fuego cayó en casa de Dalia con sus jeans[1] blancos embarrados de verde mohoso y corrió a la puerta de la cocina a pedirle permiso a Rosa para salir a la calle a través del apartamento.

Los gritos de Justina se escuchaban por toda la cuadra. “¡Esta casa huele a puta!”, decía. Y Pedro le respondía: “¿Cómo puedes decir eso, mami? …si yo estaba durmiendo!”

Dalia corrió a la cocina, pero no logró ver la cara de Dame Fuego. Pero cuando llegó, de la chica no quedaba ni el perfume. Ella se tuvo que reír de la cara de azoro con que había quedado su abuela. “¿De qué te asombras?”, le preguntó.

—De lo revoltoso que es este muchachito.

—Si. Así mismo jugaba él a los escondidos cuando éramos niños, a base de trampas.

—¡Pues mira! ¡La trampa se paga con el órgano que la piensa!

—Y yo creo que yo conozco a esa niña. La he visto en alguna parte.

—Ni trates de acordarte, que a él no es fácil seguirle la cuenta. Pedro no define sus diagonales y su balón siempre termina en cualquier cancha.

—Yo no sé para qué trae a las mujeres a vivir con él a su casa. ¡Pero ese cambia! Porque cuando a un hombre le gusta una mujer, sus pelotas enseguida apuntan a ella.

Dalia echó mermelada caliente en un vaso casi lleno de agua, para tomarse la mezcla como un jugo. Cargó un saco de guayabas que había en la cocina y lo vació en la mesa de la sala. Con un cuchillo de poco muy filo se puso a pelarlas.

—Si a una belleza de mujer como Justina le pegan los tarros[2], ¿qué no harán a mí? ―reflexionó Dalia.

—No es a lo de afuera que un hombre pone cuernos, es a lo que falta aquí adentro ―le dijo Rosa, dándole palmaditas a su nieta sobre su pecho― ¿Tú crees que sus mujeres no saben que él anda en algo? Ellas están ahí por la casa, por la moto y por los paseítos. Mientras a ese niño no le llegue el amor, él seguirá poniendo cuernos.

Una pirámide de guayabas peladas sobre la mesa creaba un aroma intenso. A esa hora, el sol ya casi no se colaba por las ventanas, pero el vapor del apagón y el hambre sacaban a la gente de sus casas. Dalia fue al butacón de las flores rosadas, en el centro de su sala, a apuntar en una libretica los pedidos de los clientes que llegaban a la puerta. Cuando el día le apagó del todo su luz, ella encendió el quinqué para seguir sus apuntes.

Las noches, para ella, siempre terminaban con su abuela dando zapatazos contra la pared de la cocina, matando a las intrusas cucarachas que aprovechaban el apagón para darse banquete con los pedacitos de azúcar que la producción de dulce dejaba sobre las locitas. Justo a esa hora, el loco–sordo del apartamento cuatro sintonizaba el programa radial Nocturno. A un volumen tan alto, que a veces a ella le parecía que el radio estaba en su cuarto. Al hombre lo llamaban loco por los raros ropajes que vestía y sordo, por lo alto que ponía la música. Dalia, en cambio, le hubiese puesto “El mago”, pues él conseguía lo que nadie en La Habana: baterías para un radio.

Esa noche, Nocturno comenzó con: “reloj, no marques las horas…” Rosa la cantaba a toda voz, mientras mataba las cucarachas. Dalia, que a veces sentía que las horas no avanzaban, quería levantarse y darles vueltas a las manecillas de su reloj para que la noche se acabara.

Al día siguiente, no fue el sol, ni el chisporroteo del cable que sujetaba el bombillo del techo, lo que despertó a Dalia. Fue la batidora rusa de su abuela, que, en vez de guayabas, parecía que batía piedras y hacía temblar la casa.

Tal ruido la zumbó al televisor, a ver La Comedia Silente[3], un programa para practicar el arte de entenderlo todo sin escuchar palabra. En cuanto salió Charles Chaplin, una leve sonrisa se le pegó al rostro. Escena tras escena el tono de su risa iba incrementando. Ella se maravillaba al ver con qué gracia un hombre de mirada tan triste hacía sonreír a alguien que hacía tanto no se reía a carcajadas.

En cuanto se calló la batidora, Dalia se dio cuenta que su abuela hablaba con ella.

—Un amor ―decía Rosa―. Eso es lo que tú necesitas, mi hija. Acuérdate que ese es “el pan de la vida”. Dile a Pedro que te saque, a ver si consigues un novio. Él va todas las noches con amigos al malecón o la discoteca. Ve con él.

Como el programa que miraba era silente, a Dalia le costó un mundo pretender que no la oía. Logró mantenerse callada mientras Chaplin hacía gracias, pero cuando una chispa blanca en el centro del televisor dejó la pantalla a oscuras, todo quedó más silente que la misma comedia. Rosa dejó de hablar cuando escuchó los manotazos que ella daba sobre los brazos del butacón de las flores rosadas, pero pronto dijo: “Si tuvieras la cabeza entretenida, esos diablos no te entraran”.

El callejón sin salida de aquella queja tumbó la cabeza de Dalia contra el espaldar del butacón. Si de diablos se trataba, solo había que mirar alrededor. El sol que se colaba por la ventana acentuaba lo deprimente del color rosado que un día fue esa sala. Las cascadas de telaraña que nacían desde el techo casi tapaban el reloj de pared. Y los santos de la abuela, en la esquina de la sala, tenían cara de “a mí ni me preguntes, que este apagón lo mandó el infierno”.

A cada rato, Rosa sacaba la cabeza de la cocina buscando descifrar las señales del cargadísimo silencio de Dalia y ante la impotencia, se puso a cantar una canción que a veces animaba los ánimos de la casa: “Ay, ay, ay, ay… Canta y no llores… Porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones”.

En medio del Cielito Lindo, apareció Waldo, el vecino de enfrente, a buscar tres litros de mermelada que había encargado. Entró sin pedir permiso y se sentó en el sofá de abajo de la ventana, donde los rayos del sol le ofrecían una vista clara y directa hacia Dalia. Peinó su bigote, estiró su ajustada camisa y sonó su garganta con firmeza, intentando que ella lo mirara o dijera algo.

—Ese olor a guayaba se huele allá enfrente ―dijo Waldo―. Yo estaba en mi cuarto vistiéndome y olí que ya estaba lista. ¿Tú puedes creer eso?

Ella miró hacia él, pero sus ojos dictaban un claro el mensaje: “Noté tu presencia, pero no me interesa hablarte”.

—Los tres litros que encargué son para unas amiguitas. Yo soy un hombre muy generoso, ¿tú sabes eso?

El dato revolvió las pupilas de Dalia, pero no lo suficiente como para despegar los ojos del techo.

—¿Y qué tiene tan circunspecta a la compañerita Mermelada? ¿Boberías de jovencitas? ¿El apagón?

Dalia se moría por responder: “¡Los malditos apagones!” Pero como Waldo trabajaba para la Seguridad del Estado…. Apretó sus labios con fuerza, para que de su boca no saliera una palabra.

—¿O tal vez, lo que te advertí el otro día? ―continuó Waldo.

—¿Qué cosa? ―disparó finalmente ella.

—Sobre la lista que llegó a mis manos, en la que vi tu nombre. ¿Te acuerdas? La lista de las lesbianas del barrio.

—Mira Waldo, a mí me importa un pito[4] en cuál lista pongan mi nombre. Y por mí, se la pueden mandar a Fidel Castro.

—No digas eso, Mermelada. Mira que ahora que asumí el cargo de Vigilancia[5], tengo que reportar esas cosas…

—Ay, no… ¡Ahora sí se desgració la cuadra!

—Al contrario… Con ese cargo se me hace aún más fácil ayudarte.

—¿Ayudarme cómo, precisamente? ―preguntó Dalia, cruzando los brazos.

—Bueno, damos unos paseítos por el barrio en mi Lada, por ejemplo, y enseguida se te quita esa famita que estás cogiendo. ¿Qué prefieres, el cartelito de desviada sexual o de novia de Waldo?

Una de las cejas de Dalia subió muy alto, y de súbito. Ella estaba a punto de hablar machetes, en vez de palabras. Pero, por suerte, Rosa llegó a la sala con los pomos de mermelada que Waldo había ordenado.shadow

—Gracias, Rosa. Yo sé que soy tu cliente preferido… ―dijo Waldo, posando con sus más carismáticos ademanes.

—Sí, el mismísimo rey de esta cuadra ―le respondió Rosa.

—Y el más apuesto también, ¿no?

En cuanto Waldo salió de la casa, Dalia murmuró: “¡Chivatón[6] de mierda!” Rosa, apuntando con un dedo a la cara de su nieta, le advirtió: “¡Cuidado muchachita! Las abejas, cuando las espantas, pican. Aunque allí mismo se mueran, ¡pican!”

—¿Qué quieres que haga? ¿Que dé paseítos con el estúpido ese, para que me borre de su listica?

—¡Eso no! Pero nunca le soples ninguna de tus ideas contrarrevolucionarias, que…

—¡Yo ni soy contrarrevolucionaria, ni soy lesbiana! ¡Y si lo fuera, a mucha honra, porque ninguna de las dos son desviaciones! Son preferencias. ¿Tú sabes lo que es desviación? Ser chivatón. Ser un viejo y andar buscado jovencitas para darles paseítos en su Lada. Tener a su mujer y a su hijo allá enfrente, y andar comprando mermelada para sus amiguitas. ¡Eso sí es desviación!

—Es que las mujeres le andan detrás, Dalia. Ya sabes… Tiene carro y se las da de temba[7] poderoso. A mí me conviene que tenga mil novias, porque compra más mermelada. Lo que no me conviene es esa fama que tú estás cogiendo, mi hija. ¿De dónde salió eso de lesbiana, si tú ni sales de esta casa?

—Alguien que quiere joderme, Nana. Yo tampoco entiendo. ¡Pero yo “me limpio” con esas listas!

—Pues no te limpies mucho. ¿Tú sabes para qué son las listas? Hay un tal Plan Limpieza andando, como el de los años 60, para guardar a los homosexuales, a los religiosos y a todos los que pillen en contra del Gobierno. Se los están llevando en camiones a centros de rehabilitación, o a la agricultura. Dicen que aquello es un infierno.

—Pues nos recogerán a todos, y este paraíso se les quedará vacío, porque aquí para comer siempre hay que romper alguna ley ―gritó Dalia.

Sintiendo que los tiros de la charla se iban por rumbos equivocados, Rosa se secó la gruesa capa de sudor que cubría su frente y, regresó a la cocina a envasar mermelada. Como ver a su abuela infeliz era para Dalia la peor condena del Periodo Especial, la siguió hasta la cocina y le sonó tantos besos cerca del oído, que Rosa no tuvo otra que sonreír y esquivarla.

—Disculpa, Nana bella… Es que a veces, en medio de las palizas, le damos por la nariz al que vino a ayudarnos.

—Yo sé, mi santa. Pero eso de la lista… Waldo me dijo que…

—Te pido por favor, olvida la lista y olvida a Waldo. Aquí las que luchan la vida son putas, las tranquilas son lesbianas, las lesbianas son desviadas y para cada uno aparece una lista. Tú seguro encabezas la lista de las que venden mermelada ilegal desde su casa.

—Claro, pero Waldo siempre me borra.

—¿Y por qué a mí no me borra, Nana? ¿Te has preguntado eso? A veces me da la impresión de que él mismo es quien mete mi nombre en esos enredos.

—No digas eso, hija. Si él me dijo que estaba tratando de conseguirte un trabajo como secretaria en su oficina.

—¿Secretaria? ¿Tú estabas presente cuando yo te dije que yo no quería ser secretaria?

Un burbujeo de nervios comenzó a asfixiar a Dalia y aunque su mente ponía frenos a la idea de salir de casa, sus pies siempre la sacaban. Ese día, en la punta del pasillo estaba el loco–sordo, aún en piyama que, al verla venir, empinó su quijada al cielo y la saludó emitiendo un fañoso: “Mermelada”. En vez de un saludo, Dalia le preguntó:

—Ven acá, chico. ¿Tú tienes que poner el programita ese tan alto, por las noches?

—¿Qué pasa? ¿Las canciones te recuerdan al amor que no tienes?

—No. No me recuerdan nada. ¡Yo estoy bien, sola!

—Sabes que no estás bien sola, cuando una canción romántica molesta. Y el corazón es como los ojos, si no se usa se atrofia.

Dalia dio con un pie contra el piso y se dio vuelta, de regreso a casa.

Siete días transcurrieron, tan idénticos uno al otro, que parecía que les había escrito el libreto, los había fotocopiado.

El domingo siguiente, Dalia miraba la Comedia Silente. Chaplin trasmitía gracias que ninguna palabra podría. La batidora rusa trituraba piedras en la cocina y ella no se había dado cuenta de que Waldo había entrado a su casa. Notó su presencia en el sofá cuando la fija mirada del hombre se atascó en el triángulo que su short[8] formaba con los dobleces de su pelvis.

—Chico, ¿y tú qué miras? ―preguntó ella, despectiva.

[1] Del inglés, pantalones de mezclilla, en Cuba también llamados “pitusas”.

[2] Expresión coloquial que indica poner los cuernos, ser infiel.

[3] Programa de la televisión cubana en que se proyectaban películas del cine silente de principios del siglo XX, animadas con voz y efectos sonoros, por Armando Calderón.

[4] Frase coloquial que indica “no me importa”.

[5] Encargado de observar y reportar actos que van en contra del sistema político del gobierno cubano, incluyendo de injerencia externa. Hay un responsable de Vigilancia en cada cuadra.

[6] Cubanismo. Informante del gobierno.

[7] Cubanismo para designar a hombres o mujeres de más de 35 años de edad.

[8] Del inglés. Pantalones cortos.

También por Jocy Medina: HABANA DURAPublicada en el 2016, Canadá amazon-5-star-imagebride

 

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. luigi dice:

    QUIEN CRE QUE LA REVOLUCIÓN CONTRA CASTRO LA VA LLEVAR UNA MUJER QUE LEVANTEN LA MANO?

    Me gusta

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