Habana Paraíso (3): El pan de la vida

El domingo siguiente, Dalia miraba la Comedia Silente. Chaplin trasmitía gracias que ninguna palabra podría. La batidora rusa trituraba piedras en la cocina y ella no se había dado cuenta de que Waldo había entrado a su casa. Notó su presencia en el sofá cuando la fija mirada del hombre se atascó en el triángulo que su short[1] formaba con los dobleces de su pelvis.

—Chico, ¿y tú qué miras? ―preguntó ella, despectiva.

—Mi mermelada… ¡Digo! Esperando mi mermelada ―titubeó él.

—¿Algún día tú vas a parar de acosarme o ya esto es para siempre?

—¿Acosarte, yo? ¡Incapaz! Yo solo digo que, si tú fueras mía, Rosa no tendría que hacer más mermelada, por el resto de su vida… ¡Vaya, hipotéticamente hablando!

Ante aquella hipótesis, la ceja derecha de Dalia se volvió a disparar en dirección al techo. Pero ni eso, ni la expresión de asco de sus labios parecieron decirle nada a Waldo. Él, de hecho, salió de casa de Dalia abrazando sus tres litros de mermelada, taradamente orgulloso de haber plantado la semilla para que su plan A de conquistar a Dalia funcionara. Para él, una táctica sencilla que consistía en embullarla a casarse con el mismísimo rey de la cuadra.

Dalia quedó en el butacón de flores mirando a Chaplin con inmenso desgano. Dejó a su comediante favorito bailándole a nadie y salió a coger aire. En la punta del pasillo, un intenso aroma a comino, limón, ajo y cebolla sazonando carne frenó su paso en seco. Ella solo tuvo que voltearse a su izquierda para ver a Vilma, la presidenta del CDR[2] más flaca de toda Cuba, con su rojísima pelambre enroscada en un pañuelo, pasando una frazada sobre el pulidísimo portal de su casa, pretendiendo no tener nada que ver con aquel olor a puerco. Dalia no le quitó la vista de encima hasta que Vilma notó que la miraba.

—¿A qué se dedica la compañerita Dalia estos días? ―preguntó Vilma, a modo de saludo.

—A nada ―respondió ella.

—¿A nada? ¡Pues mira! La Zona[3] envió una lista para reportar a los que ni estudian ni trabajan en la cuadra.

—¿Otra lista? ¡Oye, de verdad que los pocos que trabajan en este país están bastante ocupados!

—Tú sabes que el ocio no es un valor muy bien mirado por la Revolución.

—El ocio no, ¡pero recondenar al prójimo parece que sí!

—Bueno, te lo advierto, porque lo más probable es que tenga que poner tu nombre en esa lista.

—Al que debes poner en la lista es al que está cocinando la carne de puerco esa, que en vez de ir a la cárcel debería ir al infierno.

—¿Infierno? ¿Ahora eres religiosa también? Verdad que la desviación tuya no tiene fin ni medida.

—Desviación es la que sufrió la carne de puerco esa, que hace un siglo que no llega a la carnicería.

Vilma gritó algo, pero los pies de Dalia ya se habían motorizado, rumbo a la esquina de su casa, donde había un árbol inmenso cuya base olía a huevo podrido debido a la cantidad de brujería que la gente arrojaba ahí. Las raíces no solo ofrecían un tronquito donde sentarse sino también la inmunidad de los espacios a los que todos temen acercarse. Desde allí, ella vio que cuando Waldo salió del pasillo de su casa, hizo una parada en casa de Vilma. Y por muchas conjeturas que hizo, nunca se imaginó que el motivo principal de esa visita a la presidenta del CDR, era ella.

—¡Ya! ¡Me cansé de ayudarla! Es una malagradecida ―dijo Waldo, entrando a casa de Vilma.

—Ay, pero ¿qué pasó ahora? ¿Por qué tan genioso? ―preguntó Vilma desde la cocina.

—Después de tanto trabajo que pasé, para que le dieran el puesto de secretaria, Rosa me acaba de confirmar que Dalia no lo quiere. ¡Viré el mundo abajo por ella! Todo por gusto. Ella lo que quiere es vivir de la Revolución. Escuelas y hospitales gratis, y que su abuela siga luchando la comida.

—Ay, Waldy ¡Ya! no te preocupes más. La metemos en otra lista ―advirtió Vilma―. Mira, la del ocio está activa. ¿Tú no dices que a la tercera denuncia ella puede terminar en uno de esos centros…?

Waldo se sentó en una silla a mirar a Vilma, que viraba los pedazos de carne de puerco dentro del sartén con talentosa rapidez para que no se le quemaran.

—En mi trabajo manejamos un centro perfecto para ella. Si no quiere trabajar, tendremos que rehabilitarla.

—Me gusta ese plan. Y entonces, el puestecito de secretaria ese, me lo ofreces a mí.

—Es que, esos puestos son para casos sociales. Gente con problemas que necesitan integrarse al cuerpo laboral, ¿tú sabes?

—Ay, chico, y yo loca por insertarme al “cuerpo laboral” tuyo… ¡qué suerte tienen los delincuentes de este país! ¿Tú te imaginas tú y yo en una oficina a tiempo completo?

—Para eso tenemos las noches…

—¿Qué noches? Si a ti te dio por casarte con la Felicia esa y desde entonces jamás duermes conmigo. A ti qué falta te hacía ese hijo si jamás ni lo sacas. Ella sabe que estás aquí, en casa de una mujer soltera, comiendo, tomando, templando[4] y ni te recoge el hilo ni te lo corta. En vez de Felicia debió llamarse “Feliciana[5]” Mira, si fueras mi marido, te daría sexo mañana, tarde y noche, y no te dejaba energía ni para manejar tu Lada.

La respuesta de Waldo lanzó a Vilma a millas de ese tema:

—Dale, que quiero verte anotándola en la lista.

—¿A quién?

Él señaló a una carpeta que había encima de la mesa, titulada “Lista del ocio”. Ella enseguida dedujo de quién él hablaba.

Un torbellino de adrenalina corrió por las venas de Waldo, cuando vio a la presidenta del CDR escribiendo el nombre de Dalia en el reporte, seguido de apuntes que incluían apelativos como escoria, lesbiana y ente indeseable para una sociedad revolucionaria. Algo retumbó en su pecho cuando Vilma agregó: “y recomendamos rehabilitarla”.

—¿Y a la vieja, cuando la reportamos? ―preguntó Vilma.

—No, ¡a Rosa no!

—¡Ella tiene un altar con santos! Tú tienes que haberlos visto, porque ella no los esconde. Y además de religiosa es negociante. Si la denunciamos, matamos dos bandoleras con un tiro.

—No, a Rosa déjala tranquila, que yo no puedo vivir sin esa mermelada. A veces por la noche hasta la huelo y tengo que levantarme a comerme un plato. Lo cual me recuerda, uno de estos litros que compré es tuyo.

—¡Cuando yo lo digo que esa vieja es brujera! Yo no quiero eso…

—Cómetela. A ver si sacas un poco de nalgas.

Por el color y el olor, la carne de puerco estaba lista. Vilma revolvía todo en una de las gavetas de la cocina, buscando una espumadera[6] con la cual sacar la carne de la manteca. Waldo admiraba cuán profundo rajaban las costuras de la licra de Vilma, sobre las hendiduras de su flaquencia. De súbito, las manos del hombre agarraron las estrechísimas caderas de la presidenta y como si tuvieran bisagras, las dobló sobre la mesa de la cocina. Le bajó la licra y el blúmer[7]. Ya buscaba con sus dedos por dónde penetrar, cuando ella reaccionó para decirle:

—Waldi, espérate que se me quema la carne.

—¡Y a mí se me quema la mía! ―dijo él, adentrando su rectísimo pene en el hueco que más a la vista tenía.

La sequedad de su mimbro raspó contra los pliegues más tensos del cuerpo de Vilma. Y cuando ella chistó, Waldo la frenó diciendo: “Shhh… Si hablas es para decir cuánto te gusta”.

Los ojos del responsable de Vigilancia se cerraron y, detrás del oscuro telón que crearon sus párpados, apareció el bello cuerpo de Dalia, desnudo, en medio de un escenario, y alumbrado por dos grandes luces. Él la imaginaba cediendo, deseándolo. Y ya cuando la carne de puerco olió a pellejo quemado, Waldo soltó el chorro, en los adentros de Vilma.

En cuanto Dalia escuchó el estrepitoso ruido de la moto de Pedro avecinarse al barrio, corrió a la subidita de la acera por donde él siempre entraba a casa.

—¡Estás roja, Mermelada! ¿Tienes calor? ―preguntó Pedro, estirando el cuello para besarla en la mejilla.

—No me digas nada… Cada vez que el loco ese de enfrente va a mi casa yo termino de mal genio.

—¡Ay mamacita, se nos quema la mermelada!

—Al que van a quemar es a ti. A ver, ¿quién era esa que gritaba: “papi dame fuego, dame fuego”?

—Oye, ¿dónde tú oíste eso?

Por mucho que Dalia lo cuqueó para que él dijera quién era la chiquita, él nunca admitió haber tenido a otra mujer en su cama, que no fuera Justina. Y mucho menos haberla lanzado al patio de Dalia. Ella terminó riéndose de las caras de: “¡yo, incapaz!” que él hacía.

— ¡Sigue, que si Justina te pilla, te mata! ―le advirtió Dalia.

—Na´, si ella se piensa que mi jugada es contigo.

—¿Conmigo? Ay, la pobre tiene el “el cacharro de la intuición” roto.

La algarabía de un grupo de jovencitas de escuela secundaria que pasaba por la cuadra, dándose aires de universitarias, robó la entera atención de Pedro. Para recuperar el enfoque de su amigo, Dalia tuvo que darle un sopetón por la cabeza.

—¿Qué tú quieres, chica? Tú serás una mermelada, ¡pero estás ácida! ―protestó él, acariciándose el área del sopetón.

—Necesito que me ayudes.

—Oye, ¿pero no dicen que las mujeres, cuando quieren favores, se ponen todas melosas? Yo creo que a ti hay un gen que no te dieron.

—¡Ya, Pedro! Mira, el miércoles a las dos de la tarde juegan las cubanas contra las brasileñas en la Copa de vóleibol femenino. Yo quiero ver ese partido.

—¡Dale con el vóleibol! Mami, ya tú estás en edad de poner tu cabecita en otras pelotas. ¿Veinti-cuántos ya tú tienes?

—Te vas a ganar otro sopetón ―advirtió Dalia.

Pedro bajó la mano con que ella amenazaba sonarle el próximo.

—A la hora que trasmiten el partido, en Buena Vista hay apagón ―prosiguió Dalia―. ¿Tú me podrías llevar a algún lugar a ver el juego?

—Pero se ve que tú no sales del barranco este. ¿Tú no sabes que en toda La Habana a esa hora hay apagón?

—Bueno, ¿qué tal en tu trabajo? Para los extranjeros siempre hay luz, ¿no?

—En los hoteles no dejan entrar cubanos, Mermelada. Y ahora en la Marina, han puesto custodios por todos lados. Justo afuera del bar donde yo trabajo hay uno sentado, con cara de perro pastor alemán. El tipo me revisa la bolsa cuando entro y cuando salgo. Para robarse algo hay que metérselo en los huevos. Además, ¿dijiste el miércoles? ¡Imposible! Ese día yo descanso.

El globo de Dalia terminó pinchado por las mil excusas que ofreció Pedro. El desinfle la hizo dar un medio giro para irse. En vez de con un “adiós”, se despidió diciendo: “Ya, qué voy a hacer. No veo el juego”.

Pedro se quedó mirándola, como deseando que alguna solución le viniera a la mente, antes que ella se metiera al pasillo, pero no se le ocurrió nada. Guardó la moto en su garaje, aún pensando cómo hacer para complacerla, pero al abrir la puerta de su casa, un remolino de mujer le desorganizó las ideas.

—¡Te vi! Te vi por entre las buganvillas, ¡zorreando[8] con la bruja esa! ―gritó Justina.

—Ya te he dicho que Dalia no es una bruja. Esa es mi vecina, mi amiga, mi hermana, y nunca dejaré de hablarle. ¡Así que estate tranquila!

—Tú andas en algo con esa zorra. ¡Tú andas raro! Y cuando lo descubra, te mato.

—Pero, ¿por qué tú dices eso?

—Porque enseguida que te ve, corre a babosearte todo. Y tú, ¡ni se diga!

—¡Que te va a oír, chica! Su cuarto está aquí mismo, detrás de esa ventana.

—¡Que me oiga, a ver si deja tranquilo a mi marido! ―gritó Justina, a todo pulmón, con su boca apuntando hacia la ventana.

—Pero Justina, ¿qué tú comiste hoy, pan con loco? A ver, explícame, ¿qué haces tú tan temprano aquí en la casa?

Continuará…

Jocy Medina

[1] Del inglés. Pantalones cortos.

[2] Comité de Defensa de la Revolución (CDR). Organización con fines de vigilancia y control de los ciudadanos. Cada cuadra cuenta con un Presidente(a) del Comité y directiva que ejercer esas funciones.

[3] Comité de Zona. Organización comunista que abarca diez, veinte, o más CDRs. Reportan a la Circunscripción, que a su vez reportan al Municipio, a la Provincia y por último al sistema Nacional.

[4] Cubanismo. Forma vulgar de decir “hacer el amor”, “tener sexo”.

[5] Cubanismo. Apelativo para quienes no les importa nada.

[6] Utensilio de cocina utilizado para sacar los alimentos fritos del sartén.

[7] Bragas.

[8] Cubanismo. Flirteando.

 


También por Jocy Medina: HABANA DURAPublicada en el 2016, Canadá amazon-5-star-imagebride

 

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