Paraíso (4) Un mulatón con salsa

Pedro se quedó mirándola, como deseando que alguna solución le viniera a la mente, antes que ella se metiera al pasillo, pero no se le ocurrió nada. Guardó la moto en su garaje, aún pensando cómo hacer para complacerla, pero al abrir la puerta de su casa, un remolino de mujer le desorganizó las ideas.

—¡Te vi! Te vi por entre las buganvillas, ¡zorreando[1] con la bruja esa! ―gritó Justina.

—Ya te he dicho que Dalia no es una bruja. Esa es mi vecina, mi amiga, mi hermana, y nunca dejaré de hablarle. ¡Así que estate tranquila!

—Tú andas en algo con esa zorra. ¡Tú andas raro! Y cuando lo descubra, te mato.

—Pero, ¿por qué tú dices eso?

—Porque enseguida que te ve, corre a babosearte todo. Y tú, ¡ni se diga!

—¡Que te va a oír, chica! Su cuarto está aquí mismo, detrás de esa ventana.

—¡Que me oiga, a ver si deja tranquilo a mi marido! ―gritó Justina, a todo pulmón, con su boca apuntando hacia la ventana.

—Pero Justina, ¿qué tú comiste hoy, pan con loco? A ver, explícame, ¿qué haces tú tan temprano aquí en la casa?

La pregunta derrengó a Justina sobre la silla del comedor, con sus puños sobre la mesa, sujetando su fallida frente. Sus ojos querían llorar, pero unos mejunjes de genios en el cerebro no los dejaban.

—Manda carajo, ¿y ahora qué pasó? ―insistió Pedro, que ya había agotado los pocos ánimos que traía para dramas.

—¡Me botaron del trabajo! Ya no entran medicinas a la farmacia. Las pocas que hay, las hacemos nosotras mismas con la materia prima que nosotras mismas resolvemos. Pero con los apagones, se nos echó a perder todo y nos mandaron para la casa. Ahora las medicinas son sólo para extranjeros. ¡No digo yo, si Cuba entera se tiene que meter a jinetera[2]! ¡No en balde todas estas puticas del barrio te andan detrás, Pedro!

—Ya Justi, deja eso. Yo solo te quiero a ti, mamita.

Justina lo miró de reojo, cruzó los brazos y lo porfió “friendo un huevo” con la boca.

—De veras, titi ―dijo Pedro―. Vamos para el cuarto, para que veas cuanto…

—¡Cásate conmigo y te lo creo! ―dijo Justina, dejándose halar hacia la cama.

—Oye, ¡no hables de eso, que tú sabes que me salen ronchas! Y ahora, no hay ni medicinas con qué calmar el salpullido.

El rechinar de los muelles de la cama de Pedro le aseguraron a Dalia que la pelea con Justina ya había terminado. Y pronto, las continuas carcajadas de los vecinos la convencieron de que el sexo era como una goma, que arreglaba roturas en las relaciones.

En el cuarto de Dalia, la sombra que dos velas proyectaban sobre el techo, creaban la silueta de un corazón que casi bailaba. Ella escuchó a Justina protestar porque no tenía nada que ponerse para ir a la discoteca. Y a Pedro cantar bajo la ducha, pretendiendo que no oía las quejas. Al rato, la casa de las buganvillas quedó en silencio total.

Ese día, la tranquilidad del apagón sabía a soledad en su forma más pura. Dalia llevó su mano derecha al pecho, sintiendo que allí, además de su abuela, no latía nadie. Miraba el insípido entorno, y a su mente venían reflexiones tan despintadas como las paredes de su cuarto: “El amor no es el pan de la vida, es el hongo que pudre el pan”. Según la canción favorita de su abuela “lo que enloquece a un hombre por una mujer” y como nadie quiere un loco de marido, ¿para qué casarse? Tales preguntas, en vez de respuestas creaban ansiedades. Cerró los ojos, y aunque se sintió sola, se sintió bien.

A la mañana siguiente, un “buenos días, mi vieja” despertó a Dalia. Pedro había ido a su casa mucho antes que la batidora de Rosa comenzara a picar piedras.

—Yo creo que su mermelada es afrodisiaca. ¡A las mamis como le gusta! Le ordeno un litrico para mañana ―dijo Pedro.

—A las mamis, ¿eh? El revoltoso atrae calabozo, Pedro ―advirtió Rosa refiriéndose a la tanda de “dame fuego” de hacía unos días atrás.

—¡Ya, mi vieja! No me diga eso, que hoy traigo el papi–dulce a mil. Lo que tiene que hacer es meter a la nieta ácida esa que usted tiene en un caldero y hervirla con un poco de azúcar.

—¿A Dalia? ¡Qué va! Esa guayaba todavía está verde.

—Yo creo que sí… ¡Si la cocinamos, nos sale una aspirina!

Las carcajadas de Pedro y Rosa sacaron a Dalia del cuarto. La falta de gracia que ella traía en el rostro puso fin a esa sesión de chistes entre Rosa y Pedro. Agarró a su amigo por la manga de la camisa y jalándolo rumbo a la sala le dijo:

—¡Ayer oí a tu bruja llamarme bruja! Se atreve una vez más y la que la va a “meter en el caldero”[3] a ella soy yo.

—Chica, pero con el enjambre de pelo, la peste a boca y la bata larga esa, lo único que te falta para bruja es la escoba ―respondió Pedro, muriéndose de risa otra vez.

Dalia le sonó un sopetón, buscando que él se dejara de burlitas.

—Ya bruji, relájate, que vine a darte una buena noticia ―dijo Pedro―. Conseguí una forma de llevarte a ver el juego de voleibol mañana.

—¿Cómo? ―preguntó Dalia, tapándose la boca con las manos y dejando que sus verdes ojos gritaran de alegría.

—Anoche, en la disco, me encontré con el pastor alemán que cuida el bar donde trabajo. Le pedí que me dejara entrarte al bar. Le dije que tú eras hermana mía. Primero me dijo que no. Pero él me debe favorcitos. Me hizo prometer que tú no eras una virulilla[4] sofoca–yumas[5]. Si te entro, tienes que andar más tiesa que el Quijote de la calle Jota[6].

—¡Te doy mi palabra de Chica Mermelada! ―dijo Dalia, extendiéndole una mano a Pedro y conteniendo las ganas de abrazarlo.

—Bueno, falta coordinar que alguien me dé el turno del miércoles, lo cual creo que será fácil, porque ese día no hay actividad en el bar, y no es bueno para propinas. Yo vengo mañana por la mañana y te lo confirmo todo.

Pedro salió de allí feliz de haber regresado tanto brillo al verde de los ojos de su amiga. Llegó a su casa anunciándole a Justina que había encargado un litro de mermelada de guayaba para ella. Pero su novia por poco lo convierte en mermelada a él. Buena Vista entera escuchó los gritos que ella le dio, por haber regresado a casa “oliendo a la vecina”. Como nada le bajaba el volumen a aquel ataque repentino, Pedro se montó en su moto y llegó al trabajo más temprano que nunca.

Al día siguiente, para ir a casa de Dalia a recoger su mermelada y ultimar los detalles del plan de llevarla a la Marina, Pedro casi tuvo que vestirse del Zorro. Se despertó mucho antes que Justina y en vez de salir por la puerta principal, subió al techo de su casa. De allí saltó al techo de casa de Dalia. Bajó por un muro y calló justo en frente de la puerta de casa de su amiga. Para su sorpresa, lo primero que vio, no fue a Dalia, sino el pelo lacio, negro azabache, de una joven que él bien conocía.

—China, ¿qué tú haces aquí? ―preguntó Pedro a la muchacha casi en secreto.

—¿Yo? Pasé a comprar mermelada ―respondió Mila, abriendo una sonrisa que achinaba aún más sus ojos.

—Y ustedes, ¿de dónde se conocen? ―preguntó Dalia con cara de rareza.

—De ningún lado ―respondieron a la vez Pedro y Mila.

—Ay, no… Pero, ¿ustedes se creen que yo soy mongólica? ―protestó Dalia.

—No, no, no. La gran pregunta es: ¿de dónde se conocen ustedes? ―interrumpió Pedro.

—Nosotras fuimos juntas a la secundaria ―respondieron a la vez Dalia y Mila.

—¡Mira eso, qué casualidad! ―dijo Pedro algo extrañado.

—Éramos mejores amigas Pero nos separó la bobería que esta niña tenía con el voleibol ―dijo Mila.

—¿Mejores amigas? ¿Y cómo es que yo nunca supe eso? ―preguntó Pedro.

—Yo no entiendo nada. Explíquense, por favor… ―interrumpió Dalia.

—¡A lo que vine…! Estate lista a la una de la tarde para llevarte a la Marina. Te recojo en la bodega ―dijo Pedro a Dalia, casi por seña.

Un raro desconcierto lo hizo salir de allí sin siquiera despedirse y olvidando por completo que debía recoger la mermelada.

—¿Tú estás chocando bola[7] con Pedro? ―le preguntó Mila a Dalia.

—No, pero por las miraditas entre ustedes, parece que tú sí.

—Bueno, para empezar, ese tronco de macho fue mi primer hombre, así que me toca chocar bola con él, cuando yo guste.

—Ah mira, yo no sabía que eso funcionaba así. Es que, yo me conozco el repertorio de mujeres de Pedro, y a mi mejor amiga de la secundaria no la tenía en esa lista.

—Bueno, tampoco era formal. Él me metía por las noches a su cuarto, por la puerta del patio… que, por cierto, era un suplicio, porque siempre llegaba a mi casa más arañada que si me hubiera fajado con un gato.

—¿Arañada?

—Sí. Las espinas de esas buganvillas en las rejas son siniestras.

—Mira, que yo entré por ahí desde pequeña. Esa enredadera nunca me hizo daño… ―reflexionó Dalia―. ¿Y por qué el muy desgraciado no te abría la puerta?

—Cuando aquello, su mamá vivía y ella no dejaba que chiquitas entraran al cuarto. Pero una vez me hice la ‘querer darle una sorpresa’ y aparecérmele a medianoche. La sorpresa me la di yo, cuando vi que él había metido a otra. ¡Yo lloré como nunca! Pero desde eso me prometí que, en el resto de mis relaciones, lloraría el hombre. Yo, más nunca.

—Créeme, la vida te dio esa triste sorpresa, para evitarte otras peores.

—¿A qué viene el consejito raro ese? ―preguntó Mila―. ¿A ti todavía te gusta Pedro?

—Oye, Pedro es mi amigo, ¿y por qué dices “todavía”?

—Ay, ¿a quién se le olvida aquella libretica de poemas? Llena de corazones atravesados con flechas, que de un lado decían Dalia, y del otro, Pedro.

—Yo no me acuerdo de eso…

—¿Y tampoco te acuerdas de aquel versito? “Pedro, con esos ojos de azabache, estoy metida contigo, como un camión en un bache…”

Mila se reía a pura carcajada, pero Dalia no mostraba indicios de gracia por el chiste. El recuerdo de la libreta de poemas, la trasportó a tiempos en los que su corazón, lleno de taradas ilusiones, por lo menos latía, pues alguien lo llenaba.

Desde la cocina, Rosa avisó: “¡La mermelada!”. Mila corrió a darle un pomo vacío a la abuela para que lo llenara. Cuando Rosa la vio, exclamó: “Ay mi madre, tú eres la que cruzaste el otro día por el patio, ¿no?”

—Ya abuela, hable bajito, que sus vecinos están ahí mismo… —dijo Mila, haciendo muecas en dirección a la casa de Pedro.

—Ay, mi hija, ya sabía que te había visto en alguna parte. Tú cuerpo ha estirado, pero esa carita de porcelana tuya es la misma.

Cuando Mila regresó a la sala, los ojos de Dalia, parecían más grandes que el reloj de pared de la casa, pues acababa de caer en cuenta, que su amiga de la secundaria era Dame Fuego.

—¿Y a ti qué te pasa? —preguntó Mila.

—Tú eres la que, hace poco, estaba en casa de…

—Sí, ¿y qué…? ¿Vas escribir otro poema?

[1] Cubanismo. Flirteando.

[2] Cubana que vende su cuerpo a un extranjero.

[3] Cubanismo. Frase que indica “hacer brujería”.

[4] Cubanismo. Una mujer mala.

[5] Cubanismo. Extranjeros de cualquier nacionalidad, aunque mayormente a estadounidenses.

[6] Calle en el Vedado, La Habana, que tiene un parque con la escultura de Don Quijote.

[7] Cubanismo. Expresión coloquial que indica “tener sexo”.


También por Jocy Medina: HABANA DURAPublicada en el 2016, Canadá amazon-5-star-imagebride

 

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