Felicidad microbiológica (Universidad de La Habana)

Fue el primer día de clase de Laboratorio de mi carrera como microbióloga que yo me asomé al ocular de un microscopio y pude ver con mis ojos el movimiento constante que existe en la esencia de nuestra realidad física. Por mucho que el profesor pidió que miráramos a la pizarra, mis ojos no se despegaban de aquella extraña maquinita. Como si yo acabara de llegar a un mundo jamás visitado.

Allí vivían seres que mis ojos jamás habían visto. Y todos se movían. Temblaban frenéticamente como lo hago yo cuando tengo frío. Según el profesor, lo que observábamos eran bacilos, que son bacterias en forma de bastoncitos. Y mientras él explicaba la simplicidad de esos seres, yo estudiaba la complejidad en la cual coexistían. Entre ellos hacían una familia biológica, tal como nosotros la hacemos como especie. Entre ellos había conexiones, incluyendo atracciones y repulsiones, tal como existen entre nosotros en nuestra especie. Y vivían en constante movimiento, evolucionando e involucionando, en dependencia del medio. Y de todas las complejidades la más evidente era que compartían el más común de nuestro deseo de vida: ser felices.

Sí, los bastoncitos querían ser felices. Ante las gotas de químicos que el profesor pedía que añadiéramos, ellos o se acercaban, o se movían con más vivacidad, o se escabullían del área.

En esa clase resonó para mí la palabra: energía. La misma que por siglos los chinos llamaban en Yin y el Yang, la misma que dicen los meteorólogos que emite el sol, la misma que dice mi abuela que yo carezco en las mañana, la misma que emite un jarro de agua cuando hierve, la misma que empuja al viento a que me despeine cuando manejo con la ventanilla abierta, la misma que emitió el rayo que achicharró a mi vecino, la misma que empuja a los huracanes que cada otoño arrasan por mi isla. Necesito un libro de mil hojas para mencionar todo lo que ella es y lo que ella causa. Pero cortando camino a la esencia de lo aprendido, me vino a la mente lo que decía Einstein cuando afirmaba que la energía no muere, sino que se transforma. Y si se transforma, entonces ¿quién se atreve a decir que uno muere?

La energía de los bacilos pareció tan real, tan evidente, tan nueva, tan bella, que me costó un mundo contestar cuando el profesor llegó a mi puesto, tocó mi hombre y preguntó: “¿qué pasa que no atiendes a la clase?”.

La lección de aquellos bacilos jamás podría ofrecerla un humano, pensé. De decirlo haría reír a todos en el aula, y eso enfurecería al maestro. Curious Nerdy White Male

—Por casualidad usted sabe, si alguien nos ponen bajo un microscopio después que morimos, ¿nuestras células se verían tranquilas, inertes, o se moverían como estos bacilos? –le pregunté.

—Se moverían –respondió el maestro, después de una pausa.

Por la cara de burla con la cual regresó a la pizarra, la clase entera se murió de la risa. Al menos el chiste fue suyo, no mío. Mis ojos, con ganas de regresarse a los oculares, fueron al frente del laboratorio, donde él impartía su conferencia.

Mencionó los nombres de los bacilitos que veíamos. Todos con nombres larguísimos: Microbacterium tuberculosis, Microbacterium leprae. Los demás no me dio tiempo a apuntarlos antes que el maestro borrara la pizarra. Pero se hablaba de ellos como si fueran malos. El primero, por ejemplo, que se alojaba en el pulmón y causaba tuberculosis, era un bacilo genial ya que siendo unicelular sabía perfectamente las coordenadas de un pulmón como para llegar a él y allí plantar su casa, tener hijos, y vivir feliz para el resto de sus días. Como si para los bacilos la felicidad viniera en el ADN. ¿Será lo mismo para los humanos? ¿Será genética la felicidad nuestra?

Mientras más el profesor describía de qué se trataba esa asignatura, más claro quedaba que la microbiología no era la ciencia de los microbios, sino de todo lo invisible. Fue ese día que me convencí que Dios puede existir, y que no es un hombre con manos ni pies. Dios es un ser microscópico. De esos que uno no ve, pero sabe que se manifiesta. Porque aunque no vemos el viento, sabemos que existe cuando nos alebresta el cabello. Y aunque no vemos el calor, sabemos que existe cuando metemos la mano en el fuego. Y aunque no vemos la fuerza que empuja a un huracán, sabemos que existe mientras arrasa por nuestra isla. Y aunque no vemos a los bacilitos del microscopio, sabemos que existen cuando nos asomamos a los oculares del microscopio, pero más convencidos quedamos aun, el día que cogemos tuberculosis.

Ese día supe que mi abuelo nunca murió de cáncer. Ni de nada. No murió, punto. Simplemente pasó de una esencia a otra. O para usar los términos de Einstein, su energía se transformó. Me alegró saber que de poner los átomos de los restos de mi abuelo bajo el microscopio, se moverían. Mi abuelo existe, en otra forma de vida. Si existen otras dimensiones, mi abuelo habita en alguna de ellas y supo cómo llegar allá tal como un microbacterium tuberculosis sabe llegar al pulmón de un humano. Y desde allí mi abuelo sonríe todas las mañanas cuando tomo el café porque sabe que mi casa huele a algo que el ama, y desde allí recuerda cuan rico va el vino tinto con un plato de arroz con frijoles negros. Desde allí escucha mis deseos, sobre todo cuando yo los pido con el idioma que hablan nuestras células: los sentimientos.Basic CMYK

Ese día entendí que la felicidad es también una de esas cosas que no vemos pero sí existen. Y que como Dios, la felicidad es también microscópica. Y se manifiesta a nivel celular, casi atómico, cuando los electrones se aplacan y los protones se excitan. Cuando en pruebas químicas ambos reportan un perfecto balance, de positivo y negative: de Yin y Yang.

Sí, la felicidad más que un sentimiento es una energía. De esas que nunca vemos pero somos incapaces de negar su existencia. Un estado que logramos solo cuando aprendemos a manejar perfectamente el idioma de nuestras células. Y con “perfectamente” quiero decir “lograr la combinación correcta de sentimientos para cuando de pronto nuestras células hablen, emitan la voz de la alegría”. Porque la madre de los sentimientos son los pensamientos. Ellos dan a luz todo lo que sentimos, cómo lo sentimos y con qué energía lo sentimos. Ellos nutren. De ellos depende que la energía de la gran aglomeración de células que conforman el cuerpo pluricelular que somos los humanos se emita en forma de felicidad o en forma de tristeza. Y así es que, conectando una cosa con otra deduje, que Dios vive en los pensamientos, esos que luego decimos que se manifiestan. Por eso, lo que pensamos son nuestros deseos, pero también los de Dios, porque es todo lo mismo y sale del mismo nido.

A la mente vino mi bisabuela que siempre decía que para ser feliz había que saber sufrir. En otras palabras, que hasta en los momentos más tristes de la vida, debemos saber escoger cuidadosamente nuestros pensamientos al respecto. Esa es la clave de la felicidad para cualquier humano. Por suerte para los bacilos, ellos carecen del factor pensamiento porque en su pedacito de cuerpo unicelular no caben las neuronas que los generan. Entonces, por instinto biológico, no por raciocinio, es que los bacilos vibran rumbo a las sustancias por las cuales se sienten atraídos o se repelen cuando la vida los expone a aquellas sustancias que no hacen buena química con ellos. Para ellos, Dios vive en esos instintos. Por eso, en el mundo de los bacilos, la clave para ser feliz son los instintos.

El profesor concluyó la conferencia pidiendo que de tarea recapitularan todo lo que aprendimos en la primera clase, puntualizando que había que describir a los microorganismos que vimos en el microscopio. Esto que acaban de leer es el reporte que entregué de tarea.

Al día siguiente, de la catedra de Biología de la Universidad de la Habana me llamaron para informarme que había escogido la carrera incorrecta.

(de la colección de cuentos de Jocy Medina)

 

 

 

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Hugues H. Lhérisson dice:

    Es un placer leer este cuento filosófico, escrito con mucha ternura.

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